Christian Castillo


¿Comunismo sin transición? Una crítica marxista a Toni Negri y los autonomistas
noviembre 9, 1999, 6:53 pm
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Debate Marxista
Revista Estrategia Internacional nro 17, Bs. As., otoño de 2001.

Por  Christian Castillo

En medio de un panorama intelectual dominado por la resignación ante el horizonte de la explotación y la dominación capitalistas (desde las distintas variantes de los posmodernos hasta los teóricos del “nuevo centro” y la “tercera vía”) la obra de Toni Negri, con sus apelaciones reiteradas a que “el comunismo vuelva a ser un proyecto de masas”, se ha transformado en punto de referencia intelectual para un vasto arco de la izquierda no stalinista ni socialdemócrata.

No es ninguna casualidad que haya sido un gobierno italiano -expresión del “poder constituido”- liderado por el ex “comunista” Partido Democrático de la Izquierda el encargado de recluir en la prisión de Rebibbia nuevamente a Negri. Los políticos italianos de la “centro-sinistra”, a quienes vimos con clásico cinismo imperialista durante la guerra de los Balcanes llenarse la boca hablando de la “necesidad de avanzar en una salida pacífica” mientras de la base italiana de Aviano partían los bombas asesinas de la OTAN, son los mismos que niegan la amnistía y la derogación de las “leyes de excepción” reclamadas por Negri y los presos y perseguidos de la izquierda extra parlamentaria italiana de los setenta. Si bien nosotros, como desarrollaremos en este artículo, no compartimos las ideas ni la práctica política de Negri, no podemos dejar de señalar que el “hospedaje carcelario” ofrecido por el mismo Estado que acaba de absolver a quien fue uno de sus más preciados “guardianes”, Giulio Andreotti, es una respuesta ante la persistencia en Negri de la convicción de que el comunismo es un camino no sólo deseable sino posible: que expresa, en términos de Marx, no un “estado ideal de cosas” sino el “movimiento real de las cosas”.

Las líneas finales de su trabajo teórico más ambicioso, El poder constituyente -en el que la brújula está puesta en el rastreo de un sujeto colectivo capaz de no ser contenido por los “poderes constituidos”, como según Negri ha ocurrido en todas las grandes revoluciones modernas- dan cuenta de esa perspectiva que el filósofo, ideólogo y militante de la izquierda autonomista sostiene: “Lo político sin poder constituyente es como una vieja propiedad, no sólo desfalleciente sino ruinosa a un tiempo para los trabajadores y para sus mismos poseedores. Nunca como hoy estas imágenes de tiempos pasados, en los que la inercia y el hastío de viejas clases dominantes dejaban disipar y perderse el imperio en una routine administrativa que empobrecía cada vez más el mundo de la vida; nunca pues, como hoy, son estas imágenes válidas y sugestivas. Un mundo político, muchos mundos políticicos, al Oeste y al Este, se están sacudiendo en el agotamiento del poder constituyente. Aquel político del pasado, que había hecho del poder constituido su única trama, se muestra ante nuestros ojos como dimensión corrompida y a la vez feroz. El tiempo de lo político parece absolutamente opaco. Y sin embargo es recorrido por el proceso continuo de la potencia de la multitud. De tanto en tanto, este movimiento sale a la luz. La materialidad metafísica del poder constituyente se muestra en enormes incendios que iluminan de multitudes las plazas de los imperios fastuosos. Entre 1968 y 1989, nuestras generaciones han visto como el amor por el tiempo se oponía a todas y a cada una de las manifestaciones del ser para la muerte. El movimiento de las multitudes ha expresado por todas partes su potencia, con aquella extraordinaria y sólida fuerza que no indica una eventual excepcionalidad, sino la necesidad ontológica (…) La constitución de la potencia es la experiencia misma de la liberación de la multitudo. Es indiscutible que, de esta forma y con esta fuerza, el poder constituyente no pueda dejar de reaparecer; y que no pueda sino imponerse como hegemonía en el mundo de la vida es necesario. A nosotros nos toca acelerar esta potencia y, en el amor del tiempo, interpretar su necesidad.”1

Sin embargo, con todo lo sugerente que la prosa libertaria de Negri pueda ser, una apreciación de sus trabajos en clave marxista no puede más que realizarse desde una postura abiertamente crítica sobre sus ideas fundamentales: en ellas se encuentran múltiples mistificaciones sobre la naturaleza de la sociedad contemporánea, así como una perspectiva estratégica que nos coloca “más acá” y no “más allá de Marx”, como pretendía Negri desde el título de uno de sus libros.

¿COMUNISMO SIN TRANSICIÓN?

Comencemos con los señalamientos que realiza Daniel Bensaid en su libro La discordance des temps, donde dedica un capítulo a la crítica de las posiciones sostenidas por Antonio Negri en su trabajo de 1979 Marx au delà de Marx. Allí el filósofo marxista francés sostiene que la visión de Negri que postulaba la superioridad de los Grundrisse sobre El Capital iba de la mano de una concepción política que implicaba la negación de toda transición entre el capitalismo y el comunismo. Esta negación de la transición venía, según Bensaid, acompañada con una política ultimatista, que expresaba a una intelectualidad radicalizada que veía bloqueada su posibilidad de ascenso social en momentos en que el movimiento obrero retrocedía después del ascenso de años anteriores; que, por así decirlo, quedaba suspendida en el aire: “Cuando el sujeto, que había emergido en la crisis de 1968, permanece suspendido por encima de una clase que se repliega en desorden, la voluntad se vuelve voluntarismo y el deseo de revolución, literalmente, izquierdismo… Esta subjetivización exacerbada del sujeto se encarna en un proyecto. Se inviste en el horizonte de un comunismo a menudo decretado al alcance de la mano. Es la época en que el grupo italiano Il Manifesto pone a la orden del día un comunismo sin transición, edificado sobre la hipermadurez de las fuerzas productivas, sobre la calificación de la clase obrera, sobre la cultura general compartida. Es la utopía pos-68 de una revolución feliz y próspera: todo y enseguida. Se comprende, en tal perspectiva, lo que podía representar una revolución cultural fantasmática pero gratificante para una nueva intelligentzia bloqueada en su ascenso social. Revolución sin revolución, ella borraba las duras ecuaciones estratégicas y retomaba a buena cuenta los elegantes líricos de heroísmo barato.”2

Según Negri los Manuscritos de 1857-1858, tendrían, al revés que la ciencia fría de El Capital, “una teoría del comunismo como teoría de la realización progresiva del sujeto, como síntesis de la teoría de la crisis y del sujeto”. Permítasenos citar un tanto en extenso nuevamente a Bensaid, con quien compartimos lo esencial de su crítica al Negri de los ’703: “este comunismo altamente subjetivizado es (¿paradójicamente?) tan incapaz, como el estructuralismo rígido y sin sujeto, de concebir los pasajes y las transiciones. Negri se niega a pensar la tansición como un ’después’ que implicaría el recorte en ’cualquier dialéctica de estadios y jerarquía’ de lo que constituye un proceso único de liberación: ’No es la transición que se da bajo la forma de comunismo, sino es el comunismo quien toma forma de la transición…: el comunismo no es en ningún caso producto del desarrollo capitalista, es la inversión radical de éste: es un nuevo sujeto que toma forma…’.

Se puede preguntar sobre lo que tal afirmación podía significar a fines de los años 70. El pensamiento de transición estaba abolido en provecho de la pura voluntad libre del sujeto, de la primacía de lo político, de la página blanca ofrecida a los caprichos de la escritura. Este trastorno típico perpetúa el del período stalinista, en que el hombre era remitido sin cesar del ángel a la bestia: tan pronto humillado frente a las leyes inflexibles del determinismo histórico, tan pronto relevado por la arrogancia burocrática que pretende desafiar las mismas leyes para situar en la piedra y la sangre la leyenda de su reino… Omnipresente, el sujeto de Negri sigue siendo misterioso y fantasmal. No toma carne y vida más que del conjunto histórico de sus necesidades…

A la ideología estructuralista del orden, el libro de Negri le opone la de la crisis creativa. Una y otra tienen en común la evacuación de lo político y de la estrategia, ya sea a beneficio de la mecánica de las leyes de la estructura, ya sea a beneficio de una ética fundadora de utopía. El esquema de Negri deduce sin mediaciones el comunismo, del sujeto, y el sujeto, de la crisis. Las condiciones para la liberación total siempre están dadas. No depende de una conquista, sino de una revelación violenta que las actualiza….

Decretar el comunismo inmediatamente, la abolición del trabajo y del estado, en lugar de trabajar para las condiciones efectivas de su decadencia, es el camino más corto hacia el ’comunismo grosero’, al culto productivista del trabajo y a la restauración totalitaria del estado… En direcciones opuestas, Althusser y Negri reducían la teoría de Marx a la impotencia. Disolviendo la política que ella funda, uno en la estructura, el otro en la violencia.”4

MÁS ALLÁ DE MARX… ¿FOUCAULT Y LA POSMODERNIDAD?

Veinte años han pasado desde que Negri publicara ese trabajo. En ellos se enfrentó dos veces a la prisión. De 1979 a 1983 y de julio de 1997 hasta nuestros días, producto de un proceso orquestado por el estado italiano hacia finales de la década del setenta, en el contexto de la guerra sucia lanzada contra las corrientes radicalizadas de la extrema izquierda que se oponían al “compromiso histórico” entre el Partido Comunista Italiano y la corrupta Democracia Cristiana, entre las que figuraban tanto la Autonomía Obrera de Negri como las Brigadas Rojas.

Entre sus dos detenciones vivió en Francia, donde ejerció como profesor universitario y dirigió desde 1990 la revista Futur Antérieur. Junto con esto Negri ha publicado en estos años un conjunto de trabajos en los que ha desarrollado sus elaboraciones anteriores. Después de su trabajo sobre Spinoza, La anomalía salvaje, los principales trabajos de Negri han sido Fin de siglo y El poder constituyente. Conjuntamente con este trabajo (quizás su principal obra) existen un conjunto de reportajes y artículos donde desarrolla su visión sobre el mundo contemporáneo.

En estos veinte años, Negri pasó casi 15 en Francia. En un reportaje antes de retornar nuevamente a Italia señalaba: “He aprendido mucho de los intelectuales y de los movimientos sociales franceses. He intentado utilizar a Francia como una pantalla en la que proyectar (y por tanto ampliar para analizar) muchas nociones elaboradas por el pos-marxismo italiano. Eso no me ha salido mal. La obra de Foucault, Deleuze y Guattari me ha permitido dar consistencia, por contaminación, a nuevos conceptos tales como trabajo inmaterial, explotación y poder constituyente”5. Esta ubicación histórica y geográfica no es secundaria a la hora de anotar la evolución (en realidad, involución) teórica de Negri: la Francia de la segunda mitad de los ’70, de los ’80 y del primer lustro de los ’90, y los autores posestructuralistas que tanto lo han impactado, han estado en la base de uno de los principales focos de reacción ideológica de los últimos 25 años6. Como los posestructuralistas y sus predecesores estructuralistas la obra del Negri de estos años va también a estar cruzada por lo que Perry Anderson llamó, a principios de los ’80, “la exhorbitancia del lenguaje”. En un diálogo con su compañero de ideas Paolo Virno señala con más precisión sus desplazamientos teóricos desde el obrerismo original: “Un paso principal fue la desprovincialización del obrerismo. Se produjo una contaminación no ocasional entre nuestros temas y el léxico conceptual del pos-estructuralismo francés (Foucault, Deleuze, Guattari); nos dirigimos hacia la filosofía del lenguaje para determinar mejor el concepto actual de producción (centrado precisamente en prácticas comunicativas); y luego, es importante recordar una relación fecunda con la nueva antropología norteamericana y también, y desde hace no poco tiempo, con algunos extraordinarios economistas hindúes, como Amartya Sen.”7

El andamiaje teórico actual de Negri, entonces, está construido por un intento de simbiosis entre el posestructuralismo, el marxismo y la filosofía spinoziana (sazonado esto con dosis de condimentos variados), en el que la tonalidad creciente está dada por su consideración de que ha sido superado el horizonte histórico en el cual el marxismo fue formulado. Aunque en Negri intentos de vuelta a ciertos aspectos del marxismo aparecen recurrentemente, el posestructuralismo opera en sus elaboraciones como un verdadero “viaje de ida”… Su adaptación a los clichés y las modas de la intelectualidad parisina tamizan todas sus elaboraciones en estos años.

Este desplazamiento de las ideas de Negri no es casual. Después de cada acto revolucionario fallido es común que gran parte de los participantes quieran encontrar las razones de la derrota acontecida en “algún problema esencial” y se aboquen al encuentro de “nuevas verdades”. En un conocido trabajo escrito en medio de la derrota de la revolución española Trotsky señalaba: “Las grandes derrotas políticas, provocan inevitablemente una revisión de valores, la que en general se lleva a cabo en dos direcciones. Por una parte el pensamiento de la verdadera vanguardia, enriquecido por la experiencia de las derrotas, defiende con uñas y dientes la continuidad del pensamiento revolucionario y se esfuerza en educar nuevos cuadros para los futuros combates de masas. Por otra, el pensamiento de los rutinarios, de los centristas y de los diletantes, atemorizados por las derrotas, tiende a derrocar la autoridad de la tradición revolucionaria y vuelve al pasado con el pretexto de buscar una ’nueva verdad’.”8 Los mismos bolcheviques habían vivido este proceso en sus filas luego de la revolución de 1905, donde surgieron corrientes influidas por la mística y el irracionalismo. Recordemos que contra ellas escribe Lenín su Materialismo y empiriocriticismo9. Todo el período de ascenso revolucionario abierto a nivel mundial en 1968 fue un “1905” generalizado, en el sentido de “ensayo general revolucionario” (Lenín) contra el orden mundial dominado por el imperialismo norteamericano y el stalinismo. La reacción ideológica posterior, el subjetivismo posestructuralista, se apoya en la desilusión creada en amplios sectores de la intelectualidad de los centros imperialistas “defraudadas” por las “promesas incumplidas” del ’68. Después de haber coqueteado en los ’60 y los ’70 con el marxismo ahora es tiempo de proclamar su sentencia de muerte. La evolución del pensamiento de Negri se explica como una adaptación a esta corriente de ideas.

Aunque lo que diferencia a Negri de tantos otros en su adaptación al posestructuralismo es que no ha seguido el camino de renuncia a la perspectiva de la emancipación de la explotación y la dominación humanas, es decir, de la perspectiva del comunismo, ni su carácter de perseguido por el estado italiano ni su actitud militante pueden, sin embargo, ser tomados como excusa para evitar confrontar con sus posiciones. Tras su estación posestructuralista no es un materialismo histórico enriquecido lo que encontramos en Negri, sino uno difuso, parcializado y, frente a las pretensiones del autor, mucho más esquemático que las explicaciones más ricas del marxismo clásico.

EL CAMBIO HISTÓRICO

Veamos primero la concepción del desarrollo histórico. La historia es concebida por Negri esencialmente en términos de transformaciones contingentes de diferentes “dispositivos de poder”, a lo Foucault, y no como desarrollo de diferentes modos de producción históricos a partir de las contradicciones entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción y el resultado de la lucha de clases. Hay en Negri una suerte de inversión de la explicación irracionalista nietzschiana de la voluntad de poder como motor histórico: en vez de la búsqueda incesante de poder es la búsqueda de liberación de la “multitud” lo que se sitúa en el primer plano de la explicación de las grandes transformaciones históricas. En este sentido Negri continúa un camino comenzado por Foucault, que planteaba que el poder engendra resistencia y ésta se transforma en contrapoder.

Sin embargo, esta inversión deja invariable a la contingencia como explicación del cambio histórico. Aunque en un caso (Nietzsche-Foucault) el poder engendra resistencia, contrapoder; y en el otro (Negri) el énfasis está puesto en su polo antagónico, viendo el “poder constituido” como intento de frenar las tendencias a la liberación de los explotados; hay también aquí un reduccionismo de la historia real a una visión inmanentista de las distintas sociedades, que capta los cortes y las desigualdades pero que es incapaz de percibir el aspecto de continuidad que se manifiesta entre un tipo de organización social y la que que le sucede. Esta concepción del movimiento histórico está muy por debajo de la teoría dialéctica del desarrollo histórico del marxismo clásico.

Esto aunque señalemos que la perspectiva que plantea Negri, quien ve que los antagonismos locales y parciales tienden a manifestarse como conflictos molares, como lucha de clases, es superior a las versiones (aún militantes, como en el caso de Foucault) escépticas sobre la potencialidad liberadora de todo sujeto “concentrado” (particularmente de la centralidad de la lucha del proletariado), que centran sus expectativas en la capacidad de resistencia local; y ni hablar de quienes de la lectura del propio Foucault llevan hasta el cinismo los contenidos pesimistas y escépticos del filósofo francés.

La adopción de Negri de un “materialismo histórico no dialéctico”, que opone la concepción spinoziana a la dialéctica, es en realidad un retroceso filosófico. Spinoza desarrolló su obra en la Holanda del siglo XVI (una isla democrática en un mar absolutista), una sociedad que, aún cuando permitía pensar en términos de totalidad y era en cierto sentido “el centro del mundo”, podía verse como relativamente excepcional en relación al desarrollo histórico general (El mismo Negri señala el carácter excepcional que presentaba la república holandesa en la que desarrolla su filosofía Spinoza). En Hegel el mercado capitalista mundial ya es una realidad que va derrumbando progresivamente las fronteras que se oponen a su avance. Estas condiciones de existencia son las que lo empujan hacia el desarrollo de la dialéctica, aún con todos los límites que tiene su punto de vista idealista y teleológico. El desarrollo capitalista posterior (con la emergencia de la lucha de clases proletaria y también, los desarrollos científicos ocurridos) no hizo sino favorecer la conversión del idealismo dialéctico hegeliano en el materialismo dialéctico de Marx y Engels. La interpretación materialista del desarrollo histórico está en su obra signada por la relación entre continuidad y discontinuidad de la historia humana, por nuevas generaciones que le dan un nuevo sentido a la historia pero partiendo de lo acumulado por las generaciones anteriores. En la renuncia de Negri al pensamiento dialéctico, donde Hegel es tan sólo considerado como filósofo del “poder constituído” -al igual que lo hace un reaccionario como Fukuyama-, está posiblemente una de las claves principales que explican las absolutizaciones y unilateralidades que el filósofo italiano comparte con los posestructuralistas.

La tensión de la determinación mutua entre estructura y sujeto en que se mueve la explicación del marxismo clásico no encuentra en Negri una concepción superior. Todo lo contrario: hay, con su hallazgo de la “multitud”, el encuentro de un sujeto omnipresente, un tipo de “idea absoluta”como aquella con que finaliza Hegel la “Ciencia de la Lógica”10 que implica una regresión de la determinación histórica del sujeto, más allá que en Negri, como en Foucault, intente esto disfrazarse de “materialismo inmanente”. Es la llegada del filósofo a la cumbre de su sistema ya que, conocido el secreto de la multitud, ¿qué nos queda por hallar?

Negri asume como propio el enfoque teórico de Foucault donde no tiene lugar la clásica distinción marxiana entre la “clase en sí” y la “clase para sí”, es decir, entre la definición objetiva de las clases (en Foucault, sujetos resistentes definidos según antagonismos de poder en vez de clases) y las manifestaciones políticas que de ellas emanan. La relación entre lucha de clases y una política de clase desaparecen como los factores clave para la transformación del proletariado de objeto de explotación del capital en sujeto revolucionario autónomo. No extraña por esto que cuando la explicación se desplaza de una subjetividad que puede brotar de la mera situación de resistencia a encontrar una base materialista, el resultado sea la identificación mecánica entre sujeto y objeto común a estructuralistas y posestructuralistas. Según Negri, “El sujeto, como Foucault ha comprendido bien es, al mismo tiempo, un producto productivo, que constituye las amplias redes del trabajo en sociedad y viceversa. El trabajo es a la vez sujeción y subjetivación -’el trabajo de sí sobre sí mismo’- de tal manera que hay que descartar toda idea de libre arbitrio o de determinismo del sujeto. La subjetividad se define simultáneamente, tanto por su productividad como por su productibilidad, tanto por sus capacidades de producir como de ser producida”11. De ahí, como veremos después, esta búsqueda mecanicista del “nuevo sujeto revolucionario” en las mutaciones objetivas del capitalismo.

Surgido como oposición a la determinación rígida y mecánica del “proceso sin sujeto” (Althusser) estructuralista, afín al “sujeto sin proceso” de los posestructuralistas, Negri oscila entre un sujeto que surge resultado de la mera contingencia del conflicto antagónico y un sujeto emancipador que es poco más que mera expresión de las condiciones en que produce, donde sus conductas políticas vienen prácticamente pre-programadas por las condiciones de producción y reproducción del sistema12.

LA DEGENERACIÓN DE LA REVOLUCIÓN RUSA SEGÚN “EL PODER CONSTITUYENTE”

En su obra más ambiciosa, El poder constituyente, la historia moderna (en el sentido en que la historiografía sitúa el comienzo de la modernidad, esto es, aproximadamente con el Renacimiento) es vista en términos del enfrentamiento de las tendencias al poder constituyente de las masas (en la terminología filosófica de Negri, la multitudo) y los intentos por contener este poder expresado en el “poder constituido”. El rastreo del concepto de “poder constituyente” a lo largo de las grandes revoluciones modernas -de Maquiavelo a Marx, pasando por Spinoza, en lo que sería una tradición “materialista histórica no dialéctica” que Negri se propone continuar- tiene sin lugar a dudas pasajes interesantes y sugerentes y una crítica demoledora a las concepciones fundantes de la escena de la acción política en la institucionalización burguesa. En particular resalta la crítica a Hanna Arendt, quien ha estado -junto al “gramscismo sin Gramsci”- en la base de los ideólogos contemporáneos de la “revalorización de la democracia”. Pero sus conclusiones y muchas de sus observaciones históricas concretas son completamente antojadizas. Señalemos al menos dos.

Una, en cuanto a su interpretación de Maquiavelo, su afirmación de que el político y diplomático florentino consideraba que “el Príncipe era el pueblo en armas”, resulta, a pesar de toda la evidencia que intenta volcar Negri, difícil de sostener. Aparece como mucho más convincente la interpretación dada por Perry Anderson en El Estado Absolutista sobre los límites históricos del sujeto sobre el que Maquiavelo construye su visión de la política. Allí señala que el mundo de Maquiavelo “era el de los aventureros fugaces y el de los tiranos arribistas de las signorie italianas; su modelo, César Borgia (…) su teoría política, aparentemente tan moderna en su intención de racionalidad clínica, carecía significativamente de un concepto seguro y objetivo del Estado (…) La incongruencia lógica de una milicia ciudadana bajo una tiranía usurpadora, como fórmula para la liberación de Italia, es únicamente el signo desesperado de la imposibilidad histórica de una signoria peninsular. Aparte de eso, sólo quedaban las recetas banales de engaño y ferocidad a las que se ha llegado a dar el nombre de maquiavelismo. Esos consejos del secretario florentino eran tan sólo una teoría de la debilidad política: su tecnicismo era un empirismo inconsciente, incapaz de descubrir las causas sociales más profundas de los hechos que narraba, y confinado a su vana, superficial, mefistofélica y utópica manipulación. Así pues, la obra de Maquiavelo refleja fundamentalmente, en su estructura interna, el callejón sin salida de las ciudades Estado italianas en vísperas de su absorción. Es la mejor guía hacia su definitivo final.”

La segunda es su interpretación de la revolución rusa o, en palabras de Negri, “de la grandeza y límites de la apuesta leninista”. Aquí sus conclusiones se remiten a la adopción de clichés que buscan explicar el “fracaso del leninismo” en querer hacer un “socialismo de empresa” copiando el modelo de organización taylorista de occidente en las fábricas rusas. Aún cuando está correctamente descripta la evolución de la posición que va teniendo Lenín en relación a la aparición de los soviets, su análisis sobre la degeneración burocrática es extremadamente pobre, no más que otra versión (incluso con la admiración que Negri destila por Lenín) del supuesto de que el stalinismo estaba contenido en el bolchevismo13. Así en su “explicación” todas las circunstancias históricas concretas (el carácter peculiar -atrasado- del capitalismo ruso, la relación entre el proletariado y el campesinado, la falta de triunfo de la revolución proletaria en el resto del mundo, etc.) que explicaron el triunfo y la degeneración de la revolución bolchevique son dejadas de lado por el “descubrimiento” de una falla de raiz (la copia de los países capitalistas la forma de organización del proceso de trabajo) que serviría como explicación de cualquier proceso de burocratización, ya se diese la revolución en un país atrasado o en uno imperialista de desarrollo capitalista avanzado14. En auxilio de tales afirmaciones -dejando de lado toda referencia al carácter “desigual y combinado” del desarrollo ruso- a Negri no le queda otro remedio que recurrir a la remanida descontextuatilización de los trabajos de Rosa Luxemburgo sobre la revolución rusa15 y a… ¡la interpretación de Max Weber!, quien habría “previsto” la burocratización a partir del desarrollo inexorable de la “racionalidad burocrática” a toda la sociedad propia de la industria moderna. No seremos los primeros en recordar el error de matriz del razonamiento weberiano que parte de considerar la organización empresarial como la unidad de partida de su análisis de la moderna racionalidad capitalista, error metodológico que se repite en Negri. ¡Cuánto simplismo! Baste compararlo con la interrelación de las diferentes determinaciones que juegan en los análisis sobre la burocratización de la Rusia soviética realizados por Trotsky y los oposicionistas de izquierda y se tendrá en claro la superioridad del método dialéctico sobre el de Negri. Sin embargo, todos estos señalamientos se vuelven ociosos si tomamos en cuenta que Negri impugna la empresa bolchevique y más en general el socialismo científico planteado por Marx por no haber “logrado nunca liberarse plenamente del concepto progresivo de lo moderno, de su trama de racionalidad”. Negri, rechazando la dialéctica, deja de lado lo que precisamente es una de las grandes conquistas del pensamiento marxista: que es del propio desarrollo capitalista de donde emerge el proletariado, la fuerza social antagónica capaz de ponerle fin a la sociedad de clases y abrir el camino del socialismo. De ahí que no extrañe que la negación no dialéctica de Negri de la modernidad termine negando al proletariado mismo en aras de un sujeto antagónico de la posmodernidad cuya fisonomía busca en la premoderna multitud de Spinoza.

La explicación marxista parte de señalar la debilidad de los proyectos igualitarios expresados por las distintas clases explotadas en los modos de producción precapitalistas; estos tenían un límite material en la escasez de la producción existente en dichas sociedades. Para el comunismo, para la supresión de las sociedades de clase, no bastaba el deseo de liberación o la lucha contra la opresión. Las revoluciones ocurridas en las sociedades precapitalistas no llevaban al fin de la explotación ya que permitían una redistribución de la propiedad de los medios de producción. Ya en La ideología alemana Marx afirmaba: “Las cosas, por tanto, han ido tan lejos, que los individuos necesitan apropiarse la totalidad de las fuerzas productivas existentes, no sólo para poder ejercer su propia actividad, sino, en general, para asegurar su propia existencia. Esta apropiación se halla condicionada, ante todo, por el objeto que se trata de apropiarse, es decir, por las fuerzas productivas, desarrolladas ahora hasta convertirse en una totalidad y que sólo existen dentro de un intercambio universal. Por tanto, esta apropiación deberá necesariamente tener, ya desde este punto de vista, un carácter universal en consonancia con las fuerzas productivas y con el intercambio… Sólo los proletarios de la época actual, totalmente excluidos del ejercicio de su propia actividad, se hallan en condiciones de hacer valer su propia actividad, íntegra y no limitada, consistente en la apropiación de una totalidad de fuerzas productivas y en el consiguiente desarrollo de una totalidad de capacidades. Todas las anteriores apropiaciones revolucionarias habían tenido un carácter limitado…”17

Todo El poder constituyente está cruzado por la ambigüedad en cuanto si las tendencias a la “democracia absoluta” que Negri rastrea podrían haberse materializado si triunfaba cualesquiera de los sujetos que encarnaban proyectos antagonistas en el período de ascenso de la burguesía; o bien la conclusión de que sólo la actualidad brinda las posibilidades del desembolvimiento pleno del poder constituyente. En este sentido la apreciación histórica del marxismo, de que sólo el desarrollo de las fuerzas productivas forjadas en el interior mismo del capitalismo al entrar en contradicción con las relaciones de producción basadas en la propiedad privada capitalista crea las bases materiales a la vez que el sujeto histórico con la potencialidad para superar este estadio del desarrollo histórico y encarar, previa liquidación revolucionaria del orden capitalista, la construcción del socialismo, sigue siendo una afirmación de alcance histórico superior a lo sostenido por Negri.

Esto se ve más claramente si lo consideramos a la luz de los procesos que culminaron con la caída de los regímenes stalinistas entre 1989 y 1991. En Negri la explicación es más o menos sencilla: el movimiento expresó las tendencias de la multitud a ejercer su poder constituyente. Lo que se expresó aquí fue la desobediencia al “mando” en el trabajo, en este caso, un “mando socialista”. Pero la realidad no es tan simple. No han significado lo mismo estos eventos desde el punto de vista de lo acontecido interiormente en estos países que sus consecuencias internacionales. No hay tampoco identidad entre el inicio del proceso y su resultado. Pero ¿cómo explicar la complejidad de un proceso vivo sin recurrir a la dialéctica?

El proceso de movilizaciones revolucionarias iniciadas en 1989 en Europa del Este y la ex URSS partían efectivamente de un rechazo progresivo de las masas a los dictados de una burocracia gobernante que crecientemente se entregaba a los dictados del capital imperialista y que en la última década venía aplicando “ajustes fondomonetaristas” similares a los sufridos por las masas de los países del llamado “tercer mundo”. Contenían la posibilidad de una revolución política contra la burocracia gobernante. Pelear porque estas movilizaciones se desarrollaran en tal sentido era la obligación primordial de todo revolucionario. Sin embargo, siete décadas de dominio stalinista -entre otros aspectos centrales- dieron lugar a revoluciones “ciegas, sordas y mudas”, donde el proletariado no actuó como centralizador y donde no existían fuerzas marxistas revolucionarias que disputaran la dirección del movimiento18. Las legítimas aspiraciones de las masas a liberarse de la tutela burocrática pudieron ser canalizadas por fuerzas contrarrevolucionarias internas -los burócratas que se reciclaban en “demócratas”- y externas -las potencias imperialistas- que empujaron el proceso en el sentido de la restauración capitalista. Mientras que estos procesos produjeron el estallido del aparato stalinista mundial -es decir, del principal gendarme contrarrevolucionario con que contaba el imperialismo para frenar cualquier proceso revolucionario-, provocando una crisis del “orden de dominio” forjado a finales de la segunda guerra mundial en las conferencias de Yalta y Potsdam, las consecuencias inmediatas para las masas de estos países fueron terribles: en menos de una década la expectativa de vida entre los rusos cayó en más de siete años. Rusia está gobernada por pandillas de oligarquías mafiosas y ninguna de las aspiraciones por las que las masas voltearon al régimen anterior se materializaron. No hubo mero conflicto entre “multitud” y “poder constituido” sino lucha entre distintas clases y fuerzas sociales y políticas concretas (la clase obrera, la pequeño burguesía, la burocracia -cada una con sus fracciones respectivas- las potencias imperialistas, etc.) con un resultado contradictorio si analizamos las relación de fuerzas más general en la situación política mundial que han producido19.

UN REDUCCIONISMO SOCIOLOGIZANTE DE LA CLASE OBRERA

Al igual que los nouvelles phillosophes devenidos profetas de la era posmoderna, Negri quiere demostrar que sus reflexiones se apoyan en cambios materiales ocurridos en las condiciones de producción de las sociedades contemporáneas. Igual que ellos no se esfuerza mucho en demostrar sus “descubrimientos” sobre la “nueva época” que estamos viviendo. Asume como propia la definición de que nos encontramos en una sociedad post-industrial20. Aquí no va mucho más allá de repetir sin demostrar lo que serían ciertas “verdades evidentes” que sólo los marxistas nos negaríamos a ver.

“Lo que parecía evidente para la mayoría de la gente dotada de buen sentido se revelaba tan difícil de digerir para la izquierda que, incluso cuando la evidencia se imponía (la informatización de lo social, la automatización en las fábricas, el trabajo difuso, la hegemonía creciente del trabajo inmaterial, etc.) sólo la aceptaba con fuertes gestos de repugnancia … No se quería admitir a ningún precio, en fin, que todo había cambiado después de 1968 -y por tanto durante los últimos veinte años, y que, en particular, el rechazo del trabajo expresado por la clase obrera, combinándose con la innovación tecnológica que le siguió (precisamente los fenómenos de inmaterialización del trabajo a gran escala), había determinado una situación nueva e irreversible, tanto en la organización del trabajo como la del Estado, y que obligatoriamente tenía que derivarse una emancipación total del movimiento obrero frente a toda su tradición, y la invención de formas de lucha y organización adecuadas.”21. Sin embargo, lo que la “gente dotada de buen sentido” mostró como tan evidente en estos años no fueron más que unas cuantas mistificaciones construidas sobre la absolutización de ciertos fenómenos. Estas mistificaciones son presentadas por Negri en una de sus versiones más absolutizantes, al punto de haber conducido según él (a tono con las visiones “egoepocales” de los posmodernos, ya sea en su visión celebratoria o apocalíptica) a una nueva época en la cual todo se plantea de una manera completamente distinta. A tal punto que de ella se deriva “una emancipación total del movimiento obrero frente a su tradición”22.

Los elementos que caracterizarían esta nueva época serían los siguientes: “La nueva época comienza en los años inmediatamente posteriores a 1968. Se caracteriza por el hecho de que: 1.- Los procesos laborales se van modificando cada vez más debido a la automatización de las fábricas y a la informatización de la sociedad. El trabajo inmediatamente productivo pierde su centralidad en el proceso de producción, mientras que el ’obrero social’ (es decir, el conjunto de las funciones de cooperación laboral vehiculadas en las redes productivas sociales) cobra hegemonía. 2.- Las normas de consumo son nuevamente reconducidas a elecciones de mercado, y desde este punto de vista un nuevo tipo de individualismo (basado en el presupuesto necesario de la organización social de la producción y de la comunicación) encuentra la manera de manifestarse. 3.- Los modelos de regulación se extienden en torno a líneas multinacionales y cada vez más la regulación pasa a través de dimensiones monetarias que cubren el mercado mundial. 4.- La composición del proletariado es social, desde el punto de vista del territorio de pertenencia; es del todo abstracta, inmaterial, intelectual, desde el punto de vista de la sustancia del trabajo; es móvil y polivalente desde el punto de vista de su forma.

Resumiendo, ¿qué nos lleva a decir que nos encontramos en el comienzo de una nueva época, y no, más simplemente, en la fase conclusiva del proceso de abstracción del trabajo? Nos lleva a decirlo la observación de que, mientras en el período de la ’manufactura’, y más aún en las dos fases del período de la ’gran industria’, el desarrollo de la abstracción del trabajo y la formación de los procesos de cooperación social de las fuerzas productivas eran consecuencia del desarrollo de la máquina capitalista, industrial y política, ahora la cooperación se sitúa antes de la máquina capitalista y como condición independiente de la industria. El tercer período del modo de producción capitalista, tras la ’manufactura’, y después de la fase del ’obrero profesional’ y del ’obrero masa’, se presenta como período del ’obrero social’ que reivindica su propia autonomía de masa, su propia capacidad de autovalorización colectiva respecto al capital. ¿Tercera revolución industrial o tiempo de la transición al comunismo?”23

Negri periodiza las épocas o fases del capitalismo industrial partiendo del análisis de las modificaciones del proceso de trabajo. Cada gran modificación de este proceso es lo que daría cuenta de las distintas pautas de acción política desarrolladas por la clase trabajadora. Comparte en esto el abordaje de la tradición dominante en la sociología del trabajo que se desarrolló fundamentalmente en Francia a partir de los años ’50 (Touraine, Mallet, Gorz, etc.) que focaliza su mirada en la figura del productor directo generada por la evolución del proceso de trabajo. Prácticamente Negri repetirá las fases de la evolución general del trabajo industrial que había distinguido Touraine en sus análisis efectuados en 1955 en la fábrica Renault24. Este distinguía una primer fase A, correspondiente a la del “obrero profesional”, que era un obrero con oficio y disponía de una autonomía importante en el trabajo. A ésta continuaba una fase B, de descomposición del oficio y generalización del taylorismo, la del “obrero masa”. Por último, una fase C, la de la automatización. Siguiendo en esta línea de elaboración, Serge Mallet y otros utilizaron esta periodización para dar cuenta de la historia del movimiento obrero francés: la del obrero profesional correspondería al predominio del sindicalismo revolucionario (anarco-sindicalismo); la del “obrero masa” sería el período de burocratización del movimiento obrero; la última fase, con la automatización y la polivalencia daría lugar a una “nueva clase obrera” favorable a una alternativa autogestionaria. La periodización y el método de análisis de Negri es el mismo. Lo que él agrega es, desde mediados de los ’70, la teorización de que hemos entrado en una nueva mutación en las condiciones del proceso de trabajo que están dando lugar a un nuevo tipo de trabajador, el “obrero social”. En sus últimas elaboraciones aún esta categoría parece ir siendo dejada de lado por una nueva definición del sujeto productivo: la de la “multitud”. Pero sobre esto volveremos más adelante. Aquí sólo señalemos el reduccionismo sociologizante de estas definiciones25. De las condiciones del proceso de trabajo se derivarían las pautas racionales de acción de los sujetos implicados. Pero la relación capital-trabajo asalariado de ninguna manera es reductible sólo a esto, que inevitablemente tiende a transformar en absolutas las condiciones que son propias de un aspecto de la vida de un sector del proletariado. El mismo error mecanicista de análisis se mantiene aún si esta visión se amplía un poco, como hace Negri agregando en su análisis de las diferentes fases del proceso de trabajo predominante determinadas pautas de consumo y un tipo de regulación política estatal, de manera similar a como analizan los períodos del capitalismo los teóricos regulacionistas. Así, por ejemplo, durante el “fordismo” la lógica racional de acción proletaria sería el “reformismo obrero”, que se encontraría interiorizado en la subjetividad del obrero fordista en general. Son esquemas donde todos las esferas de análisis (económica, sociológica, política y, hasta, psicológica) se corresponden plenamente, perdiendo toda autonomía relativa. Y donde las condiciones de existencia de los sectores más cualificados de la clase obrera, aquéllos donde se emplean las técnicas productivas “de avanzada” se absolutizan hacia el conjunto del proletariado, al que se identifica con la suerte de la “aristocracia obrera”26. De ahí el despropósito completo de querer desprender de las condiciones del proceso de trabajo la evolución política de la clase obrera. Es precisamente la posibilidad de la clase obrera de organizarse políticamente más allá de sus diferencias en el proceso de trabajo, de la relativa independencia entre estos factores, lo que está en la base de la teoría política marxista. Dejar esto de lado es simplificar de una manera muy burda la historia real del movimiento obrero moderno. Y, además, esta definición que establece una continuidad mecánica entre clase y dirección, nos lleva a absolver de responsabilidad a los dirigentes reformistas socialdemócratas y stalinistas (o nacionalistas burgueses en las semicolonias) que traicionaron una y cada una de las oportunidades revolucionarias que existieron en el siglo27.

Sin embargo, ¿no había Marx distinguido en el libro primero de El Capital la evolución del modo de producción capitalista desde la “cooperación”, pasando por la “manufactura” hasta la llegada al modo específicamente capitalista de la “gran industria”, períodos que dan cuenta de la evolución sufrida en el proceso de trabajo? Sí, pero Marx no señaló que de ellos se desprendía mecánicamente la identidad política de la clase obrera como colectivo ni la subjetividad inmediata del trabajador individual. En El Capital los cambios en el proceso de trabajo son importantes para mostrar la génesis del desarrollo capitalista, pero de ninguna manera pueden deducirse mecánicamente de ellos los contornos de toda la organización social. La sociedad capitalista no es una mera reproducción de las condiciones de trabajo en la fábrica sino un conjunto mucho más complejo, sólo explicable en su dinámica tomando en cuenta la interrelación del conjunto de los factores estructurales y superestructurales. Y si esto no era posible en tiempos de Marx, ¿qué decir cuándo el trabajo asalariado se ha expandido geográfica y socialmente abarcando procesos de trabajo de la índole más variada? El reduccionismo sociologizante nada tiene que ver, pues, con el marxismo.

¿Y LA ECONOMÍA?

Esta misma visión reduccionista es la que lleva a Negri a dar un papel subordinado a los elementos específicamente económicos del funcionamiento del capitalismo. Comparte la informalidad en el tratamiento de las cuestiones económicas de que adolecen todos los “teóricos” posmodernos con los que tiene un abordaje común de la época contemporánea. Para el esquema explicativo de Negri juegan un papel completamente subordinado (o directamente inexistente) las leyes tendenciales del desarrollo capitalista (como la tendencia decreciente de la tasa de ganancia o aún a su manifestación como crisis de sobreproducción), llegando a señalar como uno de sus “descubrimientos clave” que hemos llegado al fin del alcance histórico de la teoría del valor, que según sus postulados debe sufrir una reformulación completa28. Es interesante notar que en la nueva teorización de Negri la competencia capitalista deja de jugar rol alguno. ¿Qué sentido tiene hablar de la competencia capitalista y los efectos anárquicos que ésta inevitablemente genera si toda la sociedad se ha convertido en una “sociedad fábrica”? Se entiende por qué todos los movimientos económicos, en particular las crisis, son analizados por Negri como meras expresiones de relaciones de fuerza, sin ninguna consideración por su efecto económico inmediato. En realidad Negri no llega a explicitar la conclusión lógica de toda su elaboración: que para él estamos ante un capitalismo… que ya no es capitalismo, sino otro tipo de sistema tiránico y opresor. ¿Qué otra cosa en el fondo es estar “más allá de Marx” sino estar “más allá del capitalismo”? A la luz de sus últimas elaboraciones no es improbable que Negri dé pronto este paso teórico.

Así la desaparición de las leyes del movimiento del capital en su análisis no es más que la otra cara de la moneda de las posiciones de los análisis economicistas que quieren deducir el funcionamiento del capitalismo mecánicamente de las leyes de El Capital. Si a estos últimos no podemos menos que recordarles que este fue un libro sin terminar, donde no se escribieron los capítulos que hacen a las relaciones entre los estados, al comercio mundial y a la lucha de las clases por el poder político, ¿qué decir de quien, simétricamente, quiere deducir los antagonismos sin siquiera mencionar tales leyes económicas? Cualquiera de estas dos posiciones no puede competir con la integración de los distintos elementos estructurales y superestructurales presentes en los análisis de los marxistas de la Tercera Internacional en su época revolucionaria: de la teorías del imperialismo en Lenín o Rosa Luxemburgo, al análisis de Trotsky29 sobre las condiciones de la permanencia y la ruptura del equilibrio capitalista; en todas ellas el equilibrio entre estructura y sujeto, entre determinación de las condiciones, lucha de clases y acción consciente transformadora de las mismas, ha alcanzado cumbres que es necesario intentar imitar si queremos dar cuenta de las reales circunstancias que nos moldean en este fin de siglo.

LAS FANTASÍAS SOBRE LA INTELECTUALIDAD DE MASAS Y LA SOCIEDAD POSTINDUSTRIAL

Pero vayamos a las definiciones sobre las características que darían cuenta de la “sociedad postindustrial”. En este plano todas las transformaciones que Negri presenta como completamente evidentes no lo son en absoluto. Para Negri las condiciones de producción de la “gran industria” habrían sufrido una mutación trascendental desde 1968 (aunque el proceso venía en gestación durante el “fordismo”), materializándose una época que Marx había intuido donde, bajo la presión de la revolución del 68, el desarrollo capitalista se automatizó e informatizó al punto de haber encontrado un límite donde la inversión de capital fijo deja de ser relevante para la producción30. Estaríamos en la época de la vigencia de la “intelectualidad de masa” o del “general intellect”31, los conocimientos generales de la población, transformados en el principal capital necesario para una producción que se habría vuelto más cooperativa y social; habríamos pasado de la época de la “subsunción formal” a la de la “subsunción real”32 al capital.

Recordemos algunos de los elementos que menciona como característicos de este período: informatización de lo social, automatización de las fábricas, trabajo difuso, hegemonía del “trabajo inmaterial”, pérdida de centralidad del trabajo inmediatamente productivo. En todos estos terrenos sus afirmaciones son tan vagas e imprecisas que está por detrás de todas las discusiones y polémicas entabladas en cada una de estas cuestiones. Al contrastar las “certidumbres” de Negri, iremos dando cuenta de algunos de los elementos centrales que caracterizan el capitalismo imperialista de fin de siglo.

En relación a la “informatización de la sociedad” la discusión que hoy existe no es sobre si se venden o no computadoras y productos derivados con su uso, sino si verdaderamente la incorporación de las computadoras al proceso productivo ha provocado un salto en la productividad del trabajo en general y es capaz de jugar en la economía mundial el papel que otras industrias jugaron en el desarrollo del “boom” de la posguerra. La industria informática se desarrolló en las últimas tres décadas: en los ’70 se incorporó a la producción, en los ’80 al trabajo de oficina y en los ’90 se transformó en objeto de consumo hogareño. Con todo lo que se ha extendido da cuenta, sin embargo, de tan sólo un 1,2 % del total de las manufacturas norteamericanas. Está lejos de haber unanimidad al respecto de su influencia sobre el conjunto de la economía, tanto entre los economistas y teóricos marxistas como entre los burgueses. El mismo Premio Nobel de economía, Robert Solow fue el que pronunció la sentencia de que “uno puede ver la era de la computación casi en todas partes en estos días, excepto en las estadísticas de productividad”. O Paul Krugman mismo, para dar cuenta de la incidencia del cambio real que ha generado en la producción la masificación del uso de ordenadores, es quien ha remarcado el hecho de que con las computadoras se sigue tardando el mismo tiempo en volar de una punta a otra de los Estados Unidos… Es decir, que están en discusión aún entre los economistas burgueses los efectos reales que ha tenido la informatización para la producción capitalista. Donde efectivamente no han sido secundarias las posibilidades brindadas por la informatización es en el terreno financiero, donde efectivamente la conexión de las bolsas de valores y demás mercados especulativos y el procesamiento de la información acumulada ha permitido el auge de los negocios especulativos en niveles nunca vistos en la historia del capitalismo. Negri se deja llevar por esta ilusión de que el capitalismo puede vivir simplemente de girar dinero “inmaterial”.

Sobre la automatización de las fábricas, ninguna de las previsiones sobre el “fin del trabajo” presentes desde principios de los ochenta y hoy nuevamente resurgentes, fundamentalmente en Europa y Latinoamérica debido a las altas tasas de desempleo crónico, se han materializado. Mientras hay ramas de producción donde la automatización recién comienza, hay industrias donde ésta se ha estancado e, incluso, otras donde retrocede. En el marco de tendencias generales a la pauperización y la precarización, con altos niveles de desocupación estructural desde hace cerca de 20 años, con la tendencia en los países imperialistas centrales a un crecimiento del total de asalariados a la vez que al peso de los trabajadores empleados en los servicios entre el conjunto de la clase obrera, estas tendencias de ninguna manera se expresan unilinealmente. Mientras que en Europa ha avanzado menos la precarización y son muy elevados los niveles de desempleo, Estados Unidos tiene uno de los mayores índices de precarización (“empleos basura”), a la vez que niveles de desempleo muy bajos. El sudeste asiático vivió en los veinte años anteriores a 1997 la industrialización (mejor dicho, pseudo-industrialización, en el sentido que daba a este término el marxista argentino Milcíades Peña). Allí se multiplicó el número de los obreros industriales, lo mismo que en China, aunque el desempleo de masas se transformó en fenómeno actuante luego de la crisis del ’97. En Rusia, la catástrofe de descomposición del proletariado sufrida en estos diez años ha sido brutal, aunque menor que lo que ha sido la catástrofe social en su conjunto. Internacionalmente, el crecimiento del desempleo es acompañado por el aumento de la jornada laboral para los que están empleados. Según la última estadística publicada por la Organización Internacional del Trabajo en septiembre de este año, las horas trabajadas por año no han dejado de aumentar en los últimos diez años, a la vez que el total de desempleados no cesa de crecer en muchos de los países de la OCDE (¡qué actual es ante todo esto el reclamo del reparto de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados, aumentando el salario minimo al nivel de la canasta familiar!).

Aún cuando indiquemos las tendencias más generales operantes, el panorama del proletariado no puede presentarse como igualmente homogéneo a nivel mundial. Paradojalmente, quien escribe una y otra vez hablando del sujeto plural y no unitario, con su definición del “obrero social” primero y ahora con la de la “multitud”, se contenta con una categoría unitaria y tranquilizadora, ideal para una lógica binaria no dialéctica, pero completamente insuficiente para dar cuenta de la realidad del proletariado mundial. Más abajo volveremos con más detalle sobre las implicaciones de esta definición.

Por último, digamos que para hacer frente a lo que hemos llamado “crisis de acumulación”33, la utilización que ha hecho la burguesía mundial de la automatización de la producción ha sido completamente selectiva, combinándola con lo que ha sido lo esencial de su política en estos 25 años: el ataque a todas las conquistas logradas por el movimiento obrero (precarización de la fuerza de trabajo) que hacen que grandes sectores de la misma se encuentre empleada en condiciones similares a las del capitalismo de principios y mediados del siglo XIX. ¿Qué decir de la liviandad con que Negri en pos de la supuesta liberación del trabajo a la que habría respondido la reestructuración del “paradigma productivo” encarnada por el posfordismo ha escrito que “nosotros estamos a favor de la desreglamentación” y que “no hay que dejar a la mistificación de los neoliberales la interpretación de este nuevo paso de la liberación de la fuerza de trabajo”?34

EL OBRERO SOCIAL Y LA MULTITUD

A mediados de los años ’70 Negri y los autonomistas habían elaborado el concepto de “obrero social”. En un reportaje reciente que citamos anteriormente explica retrospectivamente la génesis de esta idea: “… a mediados de los años setenta el fordismo está en crisis, comienza la reestructuración del mercado de trabajo y de la jornada social de trabajo. Estamos pues en una clásica fase de transición, aprisionada entre un ’ya no’ y un ’todavía no’. Para dar un nombre al sujeto que habitaba esta tierra de nadie utilizamos la fórmula ’obrero social’: ningún misterio, fue sólo un modo de señalar la pérdida de centralidad de la gran fábrica, la inestabilidad del empleo, el alto grado de escolarización de la fuerza de trabajo.”35

Veamos con un poco más de precisión lo que Negri denomina el “obrero social”, la nueva subjetividad que se correspondería con los cambios acaecidos luego del 6836.

“… la nueva época en la que hemos entrado a partir del 68 [es] la época en la que el trabajo material es sustituido por el trabajo inmaterial, la organización de fábrica por el de la sociedad informatizada, el mando directo sobre el trabajo por el control de la cooperación social productiva. Este es un cambio fundamental de los paradigmas del poder. La microfísica se transforma en micropsicología, la dimensión del control se hace interna, la acumulación de capital es una acumulación de saber y de ciencia, porque el trabajo se ha hecho, al mismo tiempo, trabajo intelectual y trabajo cooperativo social (…) El primer tema es el del paso del ’obrero masa’ al ’obrero social’. Un paso real, materialmente connotado, una mutación que sitúo en torno a 1968, en la revolución social y productiva que toma nombre de aquel año. ¿En qué consiste esta revolución? Consiste en el hecho de que el ’rechazo del trabajo’ asalariado, esto es, de la sociedad disciplinaria, pone en crisis, definitivamente, el sistema capitalista de producción y de reproducción social. La revolución del 68 no es tanto una revolución política, como una revolución social que afecta a los niveles ontológicos decisivos de la historicidad humana. Del rechazo del trabajo asalariado generalizado, de la autocrítica que los trabajadores, como sujetos individuales y como masa, llevan a cabo del sistema de la modernidad capitalista y de sus valores, derivan, y se organizan en una impetuosa corriente, una nueva concepción del trabajo productivo y un nuevo deseo de valores de uso. El progreso, la modernidad, la racionalidad instrumental han llegado a su fin. El trabajo es concebido como ’inmaterial’, creativo, como expresión de la esencia creativa del individuo, y queda sometido a la ’cooperación colectiva’. Intelectualidad y cooperación devienen el valor de uso fundamental. El trabajo vivo se propone en el centro del sistema social de producción como base exclusiva de toda productividad. El análisis histórico y sociológico han de perseguir, pues, esta modificación en la composición de la clase obrera; ésta pierde su centralidad para transformarse en sujeto social de producción, para identificarse con todo el trabajo que en la sociedad está todavía comandado por el capital. Esta transformación social del sujeto productivo modifica radicalmente sus condiciones de existencia y de expresión. Al socializarse, al presentarse de forma intelectual y cooperativa, el trabajo vivo se autoorganiza. Ya no hay necesidad de patrono, se llame capitalista o burócrata, sea Estado capitalista o Estado socialista. La posibilidad del ’comunismo’ está inscripta en la forma social de la organización y de la expresión del trabajo vivo.”37

A principios de los ’90, cuando Negri escribía Fin de siglo, estaba en auge la literatura sobre las bondades “desalienantes” que tenían la “polivalencia” y los “círculos de trabajo” (ejemplificados por la organización de la producción utilizada por la fábrica japonesa Toyota) frente al trabajo rutinario taylorista. Decenas de trabajos han mostrado como esto era una completa mistificación, al servicio de favorecer la estrategia burguesa de resolver “que hacer para aumentar la productividad cuando las cantidades que se deben producir no aumentan”, como señalaba el fundador del “toyotismo”, Taichi Ohno.

La definición de Negri del “obrero social” es ciertamente ambigua. Por un lado él parece desprenderse de los cambios ocurridos en seno del proceso de trabajo en los establecimientos. Negri hace suyas las mistificaciones del fenómeno, embelleciendo increíblemente las condiciones reales en que se realiza la producción capitalista en las empresas “toyotizadas”38. Si uno lee a Negri por momentos parecería que ahora todos los obreros producen autónoma y cooperativamente, manejando una computadora y organizando la producción de acuerdo a sus decisiones creativas. Obviamente, nada de esto ocurre en la realidad39. Una minoría de trabajadores con mayor calificación descansa sobre el aumento de las condiciones de precarización sufridas por la mayoría del proletariado mundial. Para la inmensa mayoría del proletariado mundial, a la vez que la disminución general de sus ingresos debido a los ataques al “salario indirecto” incluido en los recortes a las prestaciones sociales, la dictadura del capital en las fábricas no ha disminuido sino aumentado. La polivalencia ha significado que el capital se apropie no sólo de su trabajo muscular sino que exprima sus saberes en la producción para aumentar la productividad (vía intensificación del trabajo) y, con ella, la plusvalía (ah! perdón, ¿no era que la ley del valor ya no regía “en su formulación clásica?”). A su vez la desocupación y la ampliación del “ejército industrial de reserva” en el plano del mercado mundial ha sido utilizada a fondo como herramienta de chantaje por los capitalistas para precarizar el empleo en gran escala. Claro que Negri no desconoce esto. ¿Pero cómo entra esto en su definición de que todo el trabajo se ha vuelto abstracto y que estamos en el reino de la “intelectualidad de masas”? Negri busca una salida incorporando estas condiciones de precarización general y aumento de la desocupación a las características del “obrero social”, transformado en un concepto apto para dar cuenta de la situación de cualquier trabajador… ya que la sociedad toda se ha transformado en una “fábrica social”. Producción y reproducción tienden a identificarse, en un proceso creciente de cooperación productiva social. Crecen los trabajadores de lo “inmaterial”, concepto también ambiguo y apto para uso múltiple, desde cualquier asalariado en el sector de servicios (enfermeros, maestros, actores, etc.) hasta los publicistas o diseñadores de moda que lo hacen por cuenta propia. Nuevamente transformación en un absoluto de lo que son fenómenos puntuales de la realidad. En este caso la enorme ampliación de la esfera de acción del capital -muchas de ellas motivadas por la necesidad de multiplicar las industrias vinculadas a las ventas, es decir, producto de las dificultades surgidas en la realización de la plusvalía en un contexto de subreacumulación en la economía mundial; aquéllas ligadas al ocio y la “industria cultural”; o el crecimiento de la inversión en “investigación y desarrollo” con su legión de científicos y técnicos empleados por los estados y las grandes corporaciones- se confunde con el vulgar pronóstico de que estaríamos en la era “post-industrial”.

Con una definición de “obrero social” que prácticamente podría aplicarse a todo aquél que no perteneciese directamente al plantel dirigente de los grandes monopolios y a los funcionarios gubernamentales, la gran categoría social que desaparece es la pequeño burguesía (la cual, obviamente, no surge directamente de la organización del trabajo en la fábrica capitalista). También la diferencia entre el campesinado y el proletariado. Todos serían sujetos portadores de comunismo, que se van constituyendo en un antagonismo radical que preanuncia la acción de una subjetividad positiva manifestada como “poder constituyente”. Una concepción que trastoca la realidad para presentar un sujeto irreal, surgido de transformar en un absoluto las tendencias a la abstracción del trabajo en sectores específicos del proceso de producción, que se encontraría repartido a lo largo y ancho de la geografía mundial. Una concepción que desarma frente a las contradicciones reales a los que debe enfrentarse la clase obrera mundial a la hora de unificar sus filas contra el ataque capitalista.

En sus últimos escritos el concepto de “obrero social” es reemplazado por el de “multitud”, tomado de Spinoza. Es éste el término utilizado en El poder constituyente y el que es retomado en El exilio: “La multitud era el conjunto de personas que vivían en un mundo pre-social, que se trataba de transformar en una sociedad política, una sociedad… El hombre de Estado es aquél que se ve frente a una multitud que debe dominar. Todo ello sucede en la época moderna, y por tanto antes de la formación del capitalismo. Es evidente que el capitalismo ha modificado las cosas, porque ha transformado la multitud en clases sociales. Esta ruptura de la mulitud en clases sociales ha fundado toda una serie de criterios que eran criterios de redistribución de la riqueza, y a los que esas clases estaban subordinadas a través de una división del trabajo muy específica y completamente adecuada. Hoy, en la transformación de la modernidad en posmodernidad, el problema vuelve a ser el de la multitud. En la medida en que las clases sociales en cuanto tales se disgregan, el fenómeno de la auto-concentración organizativa de las clases sociales desaparece. Nos vemos pues frente a un conjunto de individuos, y sin embargo esta multitud se ha vuelto absolutamente diferente. Es una multitud resultado de una masificación intelectual; ya no se la puede llamar plebe o pueblo, porque es una multitud rica…Hoy existe una multitud de ciudadanos, pero hablar de ciudadanos no basta, porque es sencillamente calificar en términos teóricos y jurídicos a individuos que son formalmente libres. Habría que decir más bien que hoy existe una multitud de trabajadores intelectuales. Pero esto tampoco es suficiente. De hecho, hay que decir que existe una multitud de instrumentos productivos que han sido interiorizados, encarnados dentro de los sujetos que constituyen la sociedad. Pero aun así resulta insuficiente: porque hay que añadir la realidad afectiva, reproductiva, los deseos de goce. Ahí está, eso es hoy la multitud -una multitud que quita al poder toda transcendencia posible, y que sólo puede ser dominada de forma parasitaria, y por tanto feroz”40. Una definición tan abarcadora… que no define nada. O mejor dicho, que dice lo necesario para considerar de modé toda política clasista (que de una manera completamente antimarxista Negri engloba como economicista) en pos de buscar “nuevas formas” de acción paradigmáticas del nuevo sujeto.

¿Y cómo se mantiene esa minoría de capitalistas ante una fuerza tan poderosa que ya en la producción misma se autonomiza, que se autovalora en ella? Negri señala tres instrumentos utilizados por el capital: la “reconstrucción del mercado, la segmentación de la fuerza de trabajo y la fuerte semiotización ideológica (de la selección, de la jerarquía, de los valores individuales, etc.)”41. También agrega después el papel jugado por la amenaza nuclear. Su explicación a este respecto es muy poco satisfactoria.

En primer lugar, porque no es posible dar cuenta de una contrarrevolución económica y social de la magnitud de la que la burguesía ha descargado en estos años sobre el movimiento obrero mundial sin necesidad de apelar directamente a regímenes fascistas, sin señalar el papel de apoyo a los regímenes democrático burgueses por parte de la pequeño burguesía acomodada. Las tendencias a la pauperización y a la asalarización (proletarización) de vastas capas de las clases medias producida en los últimos años, que acentúan las tendencias generales de polarización social, no pueden, sin embargo, ser absolutizadas. Incluso, porque es de sectores arruinados de las clases medias (y de la aristocracia obrera) donde se incuban las tendencias más retrógradas, incluso neofascistas (milicias en EE.UU., neonazis en Alemania, lepenismo en Francia) que se han manifestado en los últimos años.

Segundo, porque tampoco puede esto entenderse sin tomar en cuenta la acción de las burocracias obreras (ellas mismas capas pequeño burguesas) que se entregaron sin más a la ofensiva capitalista “neoliberal”.

En tercer término, porque no permite dar cuenta de la distinta potencialidad social de las distintas clases y sectores de clase que resisten y enfrentan la ofensiva capitalista. Aún con el apoyo esencial que pueden ser para el combate anticapitalista las luchas campesinas por la tierra, que hemos visto reaparecer en los últimos años (Chiapas, campesinos sin tierra en Brasil, cocaleros bolivianos, etc.), o las protestas de los pobres urbanos (como la rebelión negra de Los Ángeles en 1992 o el Caracazo venezonalo de 1989) sólo la clase obrera tiene la capacidad objetiva que deriva de su propia ubicación en el proceso de producción para golpear decisivamente al régimen de propiedad capitalista.

Cuarto, porque tampoco es cierto que se hayan elevado de conjunto los conocimientos intelectuales de todo el proletariado mundial y que el trabajo se haya vuelto universalmente “abstracto”. El proceso es, también en este campo, “desigual y combinado”. No todas las ramas de producción capitalista buscan trabajadores más cualificados. No es debido a un mayor nivel educativo y técnico con respecto a sus pares estadounidenses que en el norte de México las multinacionales norteamericanas instalaron las maquiladoras. La dualización de la sociedad de la que Negri habla también se expresa en los saberes. A su vez, el crecimiento del nivel de abstracción del trabajo en ciertas ramas de la producción no ha eliminado ni mucho menos la tiranía de la división del trabajo. Sostener que esto el capitalismo puede lograrlo es una más (quizás una de las más increíbles) mistificaciones de la tesis de la “intelectualidad de masas” de Negri y sus amigos.

Y en quinto lugar, porque esta definición tiende a liquidar la distinción entre naciones imperialistas y naciones atrasadas. Permítasenos una digresión sobre este último punto, reproduciendo parte de un reportaje realizado en julio de 1997 donde Negri respondía de la siguiente forma a la pregunta de Gabriel Albiac sobre si el modelo actual de capitalismo se diferencia esencialmente del que caracterizaba al imperialismo clásico definido por Lenín:

“Sin duda. Hay algo absolutamente nuevo ahora y es que el centro y la periferia no son ya elementos que puedan ser definidos espacialmente; están uno en otro. En Estados Unidos puedes hallar el tercer mundo más profundo, de la misma manera en que, cada vez más, puedes encontrar en África o en Asia el primer mundo más opulento. La clase mundial de los explotadores y la clase mundial de los explotados no conocen fronteras geográficas”.

GA: Hasta cierto punto sólo, Toni. No es del mismo orden la miseria de un suburbio de Bombay o de Freetown que la de un suburbio de Nueva York o Londres.

TN: No es cierto.

GA: ¿Lo piensas de verdad?

TN: Sí. Porque el sentimiento de miseria es reactivo.

GA: Pero yo no hablo del sentimiento de la miseria. Hablo de la miseria. No es comparable. Puede incluso sonar un tanto cínico -por retornar sobre tus categorías- que las sitúes a ambas en el mismo plano.

TN: No sé… Pero tengo la impresión de que el nivel de integración que existe ya, más allá del Estado-Nación, la transversalidad del proceso de explotación y exclusión están en curso de acabar con cualquier diferencia. Si analizas los niveles de exclusión en ciudades como Los Ángeles -o como los que se están produciendo en las grandes ciudades de los antiguos países del bloque soviético, en donde quienes mueren de hambre no son los niños, sino los viejos- puede que no des con las mismas cifras de muerte por hambre, pero si sumas los muertos a través de la droga, los abusos policiales, en las cárceles…, las cosas quedan bastante más equilibradas. Son márgenes diferentes, pero igualmente definitivos, irreversibles, de exclusión de la vida.”42 Sobran comentarios.

En todos los casos, vemos la misma operación “teórica”. Absolutización de alguna tendencia presente en la realidad para querer “demostrar” el cambio fundamental que nos tiene que hacer dejar atrás “150 años de prácticas del movimiento obrero”. En todos los casos, vemos la manifestación del método “no dialéctico” de Negri y su inferioridad con respecto al del marxismo clásico para dar cuenta de la realidad del capitalismo imperialista de fin de siglo.

¿ADÓNDE NOS CONDUCE NEGRI?

A pesar de todas las mistificaciones sobre la sociedad posindustrial de que hemos dado cuenta, las elaboraciones de Negri mantienen elementos sugerentes en tanto y en cuanto deben aún acercarse a ciertas tesis elementales del materialismo histórico, como cuando describe el contraste explosivo entre la socialización creciente de la producción y la apropiación privada de la riqueza social. Efectivamente, en los últimos 25 años hemos visto un incremento de las tendencias irracionales del capitalismo, del contraste entre la apropiación privada, que no ha cesado de enriquecer a los 700 monopolios que dominan el mundo y a sus socios destacados, y el extenderse de la miseria social y la explotación de la clase obrera. El crecimiento de este antagonismo hace la situación siempre tensa, en ebullición, reabre conflictos, crea nuevos, es objeto de lucha de clases que se repite. Pero aquí, ¿qué hay de nuevo más que el intento de Negri de rearticular con el posestructuralismo conceptos elementales del materialismo histórico y a lo que son las “oposiciones molares” del capitalismo tras una vuelta por las “microfísicas del poder” y las resistencias locales foucaultianas? ¿Adónde apuntan las definiciones de Negri? ¿En qué consiste esa práctica tan novedosa que propone para su nuevo sujeto, la “multitud de los trabajadores intelectuales”?

Su elaboración teórica no puede apuntar sino hacia dos posibles vías políticas. Una, voluntarista, que puede llevar si surgen movimientos de vanguardia al desprecio del conjunto de las masas, y a una visión facilista del desarrollo de la sociedad comunista, a la que Negri plantea como al alcance de la mano. Es un voluntarismo completamente ilusorio, que evita las reales dificultades y objetivos que tienen que resolver los explotados para construir una sociedad socialista, ni que hablar el comunismo. Y al hacerlo plantea una vía inevitablemente reformista. Porque si el comunismo está al alcance de la mano podríamos hacerlo “localmente”43. ¿Para qué la revolución si podemos ya mismo construir una nueva subjetividad desalienada y liberada? Sólo se trataría de aislarnos de las relaciones de mercado y actuar con otra “lógica”, con una “lógica ética y solidaria”. Un comunismo sin necesidad de revolución proletaria ni dictadura del proletariado44, no ya internacional, sino, quizás, ni siquiera en el terreno nacional. Aunque Negri no es completamente claro en esto, ya que a veces habla de una acción internacional conjunta que debería responder a la multinacionalización de la sociedad, la salida de un “comunismo local”45 entra perfectamente en su estructura de su proyecto “autonomista” reformulado.

Esta idea se refuerza si tomamos en cuenta el centro de la crítica que Negri realiza de la burocratización de la Unión Soviética. Para él el desarrollo y usurpación del poder por la casta burocrática encabezada por Stalin no fue un proceso cuyos principales elementos determinantes fueron el retraso de la revolución mundial y el bajo nivel de las fuerzas productivas existentes en Rusia, la imposibilidad material de avanzar hacia una sociedad socialista en los marcos de las fronteras de una sola nación. No. Lo principal es haber copiado el patrón de mando vertical del capitalismo, haber avanzado aún en los tiempos de Lenín hacia un “socialismo de empresa”46, no haber ido más allá de buscar reproducir en forma alternativa el mismo patrón de producción que el capitalismo. Es decir, el viejo argumento reiterado decenas de veces por todas las corrientes anarquizantes para quienes cómo una revolución proletaria encara su consolidación en el terreno de la economía nacional mientras se plantea como trinchera de la revolución internacional, en suma, la contradicción entre la forma nacional de la revolución proletaria y su contenido internacional (Marx) sencillamente… no es un problema. Obviamente esta posición deja de lado que aún de haberse dado una revolución política triunfante en estos estados y haberse restituido la democracia soviética en ellos, los límites económicos seguirían existiendo para avanzar en la construcción socialista (ni hablar del comunismo). El objetivo estratégico a perseguir seguiría siendo el mismo, el desarrollo de la revolución proletaria internacional. Esa bandera planteada por Marx y desarrollada por la III Internacional (y luego por la IV Internacional) mantiene toda su vigencia. En este terreno no hay formulación estratégica que haya superado los lineamientos de la teoría-programa de la revolución permanente47. Es evidente que quienes combatimos contra el “socialismo en un solo país” no nos podemos sentir atraídos por la absurda idea de algo que podría plantearse como “el comunismo en una sola localidad”.

Señalemos también que la mediación de lo político no desaparece porque la política burguesa se “superestructuralice”. Justamente el gran juego burgués del presente es combinar el desencanto de las masas en la política con su voto desesperanzado a las “opciones” de los grandes partidos, sus verdugos, “cada dos o cuatro años”. La relación entre lo social y lo político, desde el ángulo revolucionario, continúa siendo inevitablemente mediada. En tanto el estallido periódico de lo social no desemboca en construcción política alternativa, revolucionaria, este puede ser reconducido por la burguesía y el imperialismo. Lo hemos visto en los ejemplos de resistencia y formación de sujeto antagonista que analiza Negri, de los estallidos más espontáneos (como Los Angeles en 1992) hasta la lucha de los estatales franceses de noviembre de 1995, en los que se desarrollaron elementos presoviéticos. Con lo importante de los elementos de subjetividad proletaria mostrados en las tendencias a la autoorganización (que la caída del aparato stalinista mundial y la crisis y profundo aburguesamiento de las burocracias obreras en general ha potenciado) éstas por sí mismas no permiten recomponer un antagonismo verdaderamente radical y proletario.

Las tesis de Negri conspiran contra el desarrollo de esta subjetividad revolucionaria de dos formas. La primera porque su concepción de un “comunismo a la altura de la mano” lleva a que cada sector del movimiento de masas que sale a la lucha se detenga en la tarea de cambiar el “poder local”, evitando poner en el centro de la estrategia revolucionaria la generalización de la lucha de masas en la lucha contra el estado burgués. Esta misma estrategia evolutiva (hoy un poquito de “comunismo”48 aquí, mañana otro poco más allá…) y localista es aquella desde la que han justificado su accionar una serie de movimientos políticos reformistas de distinta índole, empezando por el “reformismo armado” del Sub-comandante Marcos, no casualmente apodada “guerrilla posmoderna”, encargado de proclamar que su meta “no es la conquista del poder político”. Y esto no en nombre de consideraciones tácticas sino como parte distintiva de su “nueva” estrategia… El régimen mexicano dominado por el PRI ha sabido valerse de esta política reformista de los comandantes zapatistas para superar el pico de su crisis y avanzar en su “autorreforma” de la mano del PAN y el PRD y de la estrategia de represión y “diálogo” con el que ha evitado la generalización de la protesta chiapaneca.

Nadie debe confundirse con los llamados a la “autoorganización” y su alusión a los “soviets”49. Negri no reproduce sino que niega en este aspecto lo mejor de las enseñanzas de Lenín. Los bolcheviques trascendieron en la historia porque fueron capaces de plantear “todo el poder a los soviets” y que estos no siguieran el camino de la conciliación con el gobierno provisional que tenían en sus orígenes. Su grandeza política, poniendo la toma del poder por los soviets como meta del proceso pos-revolución de febrero, consistió en desarrollar hasta el final las tendencias al doble poder que éstos expresaban, ya que las situaciones de doble poder tienen tiempo y duración limitada y se resuelven a favor de uno u otro de los poderes contendientes. El siglo XX ha dado sobradas muestras de la forma en que la burguesía logra mantenerse en el poder aún en circunstancias donde el poder obrero, control del armamento incluido, estaba ampliamente extendido (Alemania 1919, España 1936, Bolivia 1952, etc.).

El segundo aspecto es que la subestimación de la lucha política lleva a la liquidación de la otra gran enseñanza a la estrategia revolucionaria en la que Lenín dejó su sello, el partido revolucionario, máxima expresión de la subjetividad revolucionaria del proletariado. Este partido revolucionario no surgirá de dejar atrás 150 años de experiencia del movimiento obrero, como Negri llega a afirmar. Por el contrario, se trata de recrear lo programáticamente más avanzado de las experiencias realizadas por los revolucionarios de este siglo. Y si la Tercera Internacional antes de su stalinización expresó esto a nivel de masas, fue la Cuarta Internacional fundada por Trotsky la que mantuvo viva la llama del marxismo revolucionario, recreando el programa y la teoría ante los acontecimientos políticos (stalinismo, fascismo, crisis del 30, “frente popular”, guerra mundial…) de la convulsionada década de los treinta. ¿A quién puede servir el llamado a olvidar estas lecciones? Ya todos los días la lucha de la clase obrera se confronta a variantes del reformismo que en sus nuevas acepciones retoman el bloqueo del paso hacia la independencia política de la clase obrera.

Para terminar, digamos que una revolución proletaria triunfante también se las vería en problemas con las ideas de Negri. Inevitablemente para construir una nueva sociedad tirar todo lo que heredamos del capitalismo por la ventana no sólo que no sería posible sino tampoco aconsejable. Recordemos que, contra las aspiraciones libertarias de Negri, algunas de las formas más bárbaras del stalinismo se caracterizaron por un voluntarismo exacerbado y la eliminación “por decreto” de la fase de transición, de la eliminación de todos los resabios de la sociedad burguesa (Pol Pot) hasta los planes voluntaristas faltos de toda racionalidad de Stalin hechos sobre las espaldas de los trabajadores.

No es raro entonces, ver como en Negri, sus oscilaciones entre el maximalismo y el minimalismo, muestran la esencia de una práctica política donde se desprecia una herramienta ineludible para la época que vivimos: el programa transicional50. Voluntarismo impotente que deviene cobertura de reformismo: son los dos derroteros a los que empuja las posibles interpretaciones del autonomismo renovado de fin de siglo.

Presentado como superación del horizonte de la modernidad, tanto en el análisis de la realidad, como en el camino a seguir para transformarla, Negri y los “autonomistas” y “autogestionarios” que en él se inspiran representan una verdadera vuelta atrás teórica y política del marxismo revolucionario.


Notas:

1. Antonio Negri, El poder constituyente. Ensayos sobre las alternativas de la modernidad. Pág. 407-408. Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1994.

2. Daniel Bensaid, La discordance des temps. Essais sur les crises, les classes, l’histoire. Capítulo 8. Les Éditions de la Passion, París, 1995.

3. Esto a pesar que Bensaid dirige sus dardos contra el “gauchisme” (ultraizquierdismo) de Negri de los ‘70 para abrirse él mismo hacia posiciones polítcas cada vez más oportunistas, que abandonan la perspectiva de clase por una completamente democratizante. Basten citar sus reclamos durante la guerra de la OTAN a favor de “la intervención de una fuerza multinacional liderada por la ONU”.

4. Daniel Bensaid, Op. cit..

5. Entrevista concedida al diario Liberation, publicada el 3 de julio de 1997.

6. En Tras las huellas del materialismo histórico, publicado originalmente en 1983, Perry Anderson sostenía: “Hoy día París es la capital de la reacción intelectual europea, casi de la misma forma que lo fue Londres hace treinta años.” (Tras las huellas del materialismo histórico, Ed. Siglo XXI, México, 1986, pág. 34). Esta tendencia tuvo un claro quiebre con el giro a izquierda de la situación política francesa de la segunda mitad de los ’90, especialmente luego de las grandes huelgas de los trabajadores de los servicios públicos en noviembre-diciembre de 1995.

7. Toni Negri, El exilio, Ed. El viejo topo, Barcelona, 1998.

8. León Trotsky, Bolchevismo y stalinismo, 29 de agosto de 1937, ediciones varias.

9. Este libro, pese a cierta visión esquemática que luego va a ser superada en los Cuadernos Filosóficos, tiene el mérito de afirmar los fundamentos del materialismo contra el subjetivismo de Bogdanov, que defendía las ideas de Mach.

10. A su vez, Negri también coquetea con el determinismo lingüístico de los autores pos estructuralistas.

11. Toni Negri y Michael Hardt, Mutación de actividades, nuevas organizaciones, en El Rodaballo nº9, Buenos Aires, 1998; originalmente en Blocnotes nº 12, París, abril-mayo 1996.

12. Señalemos, sin embargo, que la posición de Negri, abrevando en Foucault, Deleuze y Guattari, se aleja de los desarrollos celebratorios o paralizantes que con respecto a la conformación de un sujeto antagónico al orden dominante profesan la mayoría de los “teóricos” posmodernos: “El gran paso que estamos llevando a cabo entrando en la posmodernidad…sólo puede concebirse como producción de subjetividad. Estamos prácticamente dando la vuelta a las cosas respecto a la teoría posmoderna. Cuando tomas a los productores del concepto de posmodernidad, los Lyotard, Baudrillard, etc… comprendes que han aferrado el marco biopolítico y lo han vaciado de todas sus dimensiones productivas, y cuando hablo de productivo, quiero decir actividad subjetiva de producción. Lo han vaciado y han obtenido ese horizonte liso sobre el cual todo circula en términos completamente insensatos, si no se da un orden que trascienda la insensatez de los movimientos sociales y de la vida social. Hemos hecho un intento de dar la vuelta verdaderamente a las cosas: aferrar el proceso desde el punto de vista de la dinámica subjetiva que lo determina y de la posibilidad que tiene cada una de esas dinámicas subjetivas dadas de interrumpir el marco, de interrumpir la síntesis.” (El exilio, Op.cit., págs. 43 y 44)

13. “El ‘occidental’ Lenín encierra el poder constituyente de las masas, los soviets, con plena conciencia de lo que hacía, en la malla de la organización política y de la organización de empresa… ¿Un compromiso? Ciertamente; un compromiso ante la vitalidad y la potencia real del movimiento de transformación… Movimiento social, partido político, regla de empresa: he aquí el dislocamiento leninista del concepto (…) [Lenín] intenta unificar espontaneidad democrática y racionalidad instrumental (…) La crisis del poder constituyente leninista no está determinada por sus condiciones sino verificada por sus resultados (…) Hoy en día no es imaginable un ejercicio cualquiera del poder constituyente más que si se libera de la necesidad de la relación con la empresa…” (Toni Negri El Poder Constituyente, op. cit., capítulo VI.

14. En el ya citado Bolchevismo y stalinismo Trotsky da una magnífica respuesta a quienes utilizaban un razonamiento similar al de Negri: “El error de este razonamiento comienza con la identificación tácita del bolchevismo, de la Revolución de Octubre y de la Unión Soviética. El proceso histórico, que consiste en la lucha de fuerzas hostiles es reemplazado por la evolución abstracta del bolchevismo. Sin embargo el bolchevismo es solamente una corriente política. Aunque estrechamente ligado a la clase obrera, no se identifica con ella. En la URSS , además de la clase obrera existen más de cien millones de campesinos de diversas nacionalidades; una herencia de opresión, de miseria y de ignorancia. El estado creado por los bolcheviques refleja, no solamente el pensamiento y la voluntad de los bolcheviques, sino también el nivel cultural del país, la composición social de la población, la influencia del pasado bárbaro y del imperialismo mundial no menos bárbaro. Representar el proceso de la degeneración del estado soviético como la evolución del bolchevismo puro, es ignorar la realidad social, pues considera uno solo de sus elementos, aislándolo de una manera puramente lógica. Basta con llamar a este error elemental por su verdadero nombre, para que no quede nada de él.” (Op. cit.)

15. No viene de más recordar que en los tres aspectos centrales que Luxemburgo cuestiona de la política bolchevique de los dos primeros años de la revolución (haber sostenido el derecho a la autodeterminación nacional de los pueblos no rusos oprimidos por el zarismo, el reparto de la tierra y la disolución de la Asamblea Constituyente) aparecen como enormemente más acertadas las tácticas adoptadas por los bolcheviques que las sugeridas alternativamente por la revolucionaria polaca.

16. Este poder consituído que en la modernidad se ha expresado como un continuo “miedo a la multitud”, en una de las definiciones más sugerentes que hace Negri sobre la esencia del discurso burgués sobre la democracia.

17. Carlos Marx y Federico Engels, La ideología alemana, pág 79, Ed. Pueblos Unidos.

18. Si bien el carácter desestabilizante que estos procesos tuvieron para el orden político imperialista a nivel mundial fue de una magnitud tal que sus consecuencias se extienden hasta nuestros días, las movilizaciones del ’89-’91 tuvieron una conciencia política muy inferior a la que mostraron los levantamientos antiburocráticos en procesos anteriores (Berlín 1953, Hungría y Polonia en 1956, Checoslovaquia y Yugoslavia 1968, Polonia 1970, Polonia 1980-81). Esta constatación no debe llevar, sin embargo al análisis inverso de las movilizaciones del ‘89-’91 -pero metodológicamente igual de antidialéctico que el de Negri- en el que, partiendo de la “baja conciencia socialista” de las mismas, se niega a reconocer su carácter progresivo.

19. Para mayor ilustración sobre estos procesos remitimos al lector a Estrategia Internacional Nº 8. Para un análisis estratégico de la situación mundial ver Estrategia Internacional Nº 13.

20. Aunque con poco rigor (y a menudo contradiciéndose) los principales exponentes de la posmodernidad han buscado en las elaboraciones de Alan Touraine y Daniel Bell sobre la sociedad post-industrial el apoyo “sociológico” a sus teorizaciones sobre la nueva época. Así Lyotard afirmaba en La condición posmoderna que en el período posterior a la segunda guerra mundial “las sociedades entran en la edad llamada postindustrial y las culturas en la edad llamada posmoderna”. Bell formuló sus tesis en 1973 en El advenimiento de la sociedad postindustrial.

21. Toni Negri, La primera crisis del posfordismo.

22. Es evidente que uno no podría más que estar de acuerdo si Negri hablara de la necesidad de emanciparse de la “tradición reformista” que en sus formas stalinista y socialdemócrata moldeó el movimiento obrero durante los tiempos de Yalta. Pero Negri no se remite sólo a eso, sino que lo hace poniendo tradiciones reformistas y revolucionarias en la misma bolsa.

23. Toni Negri, Ocho tesis preliminares para una teoría del poder constituyente, en Contrarios nº 1, Madrid, abril de 1989

24. Véase en este sentido la crítica muy atinada que realiza a esta interpretación Antoine Artous en André Gorz o la miseria de lo posible, en Critique Communiste Nº 153.

25. Un método de análisis similar de periodización es el utilizado por los teóricos de la “escuela de la regulación” y sus “modos de acumulación”, corriente cuyas elaboraciones son compatibles con las afirmaciones de los teóricos posmodernos (y también de Negri). Lo peculiar que hace que los esquemas regulacionistas sean asequibles a estos pensadores es, entre otras cuestiones, que en ellos la acción política conciente de las clases es completamente secundaria.

26. Y en el caso en de los análisis de los defensores de la “nueva clase obrera” en los años 60 de un sector muy reducido del mismo.

27. Señalemos que en su momento el mayo del 68 fue un claro golpe a los defensores de estas teorías, ya que del mismo participaron los trabajadores de las fábricas más diversas y con las más distintas cualificaciones.

28. “Lo que aquí se somete a crítica es el criterio de la explotación. Su concepto ya no es revisable bajo la categoría de la cantidad. La explotación es por el contrario el signo político de la dominación sobre y contra la valorización humana del mundo histórico-natural, es mando sobre y contra la cooperación social productiva. Ahora bien, todo ello representa un concepto adecuado a la filosofía de Marx y a la metafísica del valor como crítica de la explotación, pero no está desde luego contenido en los límites históricos de la teoría”. (Ocho tesis sobre el poder constituyente)

29. Sobre los análisis de Trotsky en esta cuestión ver Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, Ediciones CEIP León Trotsky, Buenos Aires, 1999.

30. La crisis real de la economía capitalista para sostener, en el marco de una economía con una altísima composición orgánica del capital en sus principales ramas, una reproducción ampliada acorde a sus expectativas de ganancia, es transformada en Negri en un absoluto, en una situación en la cual ya la ley del valor (“según su formulación histórica”) no regiría la economía capitalista. La intuición genial de Marx sobre la crisis que el capital no podría resolver con la creciente socialización de la producción y con el crecimiento de las tendencias a la automatización, mostrada por Marx como una situación de exacerbación de las contradicciones del régimen capitalista de producción, es tomada por Negri como justificativo de una posición que también en este terreno peca de toda unilateralidad. Precisamente lo que muestra todo el movimiento del capital son intentos de la burguesía de salida a la “crisis de la ley del valor” (financierización, precarización, tercerización, relocalización, ejército industrial de reserva, etc.). Es correcto que estratégicamente una salida a esta crisis necesitaría de un cambio drástico en las relaciones entre las clases (mucho más drástico que el ya duro vivido en estos últimos 25 años) así como entre las potencias imperialistas que se disputan (cada vez más agresivamente) el mercado mundial. Es decir, que tanto los factores que hacen al análisis del equilibrio ecónomico y su ruptura (las crisis de sobreproducción, llamadas por Negri sólo la crisis y consideradas como un fenómeno prácticamente no económico), como los desequilibrios políticos entre las potencias dominantes no entran como factor de análisis. Vemos con claridad cómo la tradición clásica del marxismo aparece así como mucho más rica y compleja a la hora de analizar la dinámica del capitalista que nuestros “marxistas deconstruccionistas”.

31. Este concepto está tomado de una frase al pasar señalada por Marx en los Grundrisse sobre lo que podría provocar la generalización de la automatización del proceso de producción, en el marco de sus afirmaciones sobre la creciente utilización de los conocimientos científicos en el proceso productivo. El aspecto de genial intuición que tiene lo afirmado por Marx a este respecto es, obviamente, utilizado en forma totalmente abusiva por Negri y quienes comparten sus tesis sobre la “intelectualidad de masas”. El párrafo de Marx en cuestión dice: “El desarrollo del capital fijo indica en qué grado el nivel general de los conocimientos de una sociedad, knowledge, se ha vuelto fuerza productiva inmediata y en qué grado, en consecuencia, las condiciones del proceso vital de una sociedad [están] sometidas al control del general intellect…”.

32. El traslado de categorías precisas que Marx utiliza para dar cuenta de lo que ocurre en el proceso de producción al de “lo social” en su conjunto, también está presente en la utilización de las categorías de “subsunción formal” (que caracteriza la producción de plusvalía absoluta) y “subsunción real” (que caracteriza la producción de plusvalía relativa). Marx se refiere aquí a la subsunción del trabajador no “de la sociedad”, como utiliza Negri sus categorías. El abuso de Negri en la utilización de estos términos ayuda a su prosa figurativa y metafórica y a su esquema general sobre la “sociedad fábrica” pero no a la comprensión científica de los acontecimientos. Sus utilización de estos conceptos no es una mera aplicación de los que formuló Marx sino una completa deformación de los mismos. Esto no sería problemático si nos ayudara a comprender mejor el fenómeno. Pero, como hemos intentado demostrar, esto no es el caso.

33. Ver Estrategia Internacional nº 7 nº 11-12, especialmente.

34. Toni Negri, Fin de siglo, Ed. Paidós, pág. 65.

35. Toni Negri, El exilio, Op. cit., pág. 91.

36. Es completamente parcial y unilateral afirmar que el 68 fue “una revolución contra el trabajo”. Efectivamente parte de las demandas levantadas por las huelgas y manifestaciones de ese entonces, fundamentalmente en algunos países de Europa (como la experiencia que vivió Negri en la planta de Fiat en Italia) tenían distintos aspectos vinculados al control obrero y la crítica al taylorismo como un eje central. Pero esto no es así en otros casos, donde las luchas tuvieron un contenido más directamente político y menos con las cuestiones vinculadas a la producción. En realidad, eso que Negri llama “el 68” dio lugar a un ascenso revolucionario obrero y popular que cuestionó desde distintos ángulos las bases del orden imperialista de Yalta. La crítica al taylorismo fue sólo un aspecto de esto, pero es completamente unilateral considerarlo como el aspecto fundamental y clave (¿qué papel jugó, por ejemplo, en la revolución portuguesa, o durante la formación de los “cordones industriales” chilenos?). Da la impresión que en Negri esto resalta debido a su tendencia a transferir al conjunto sociedad de una manera mecanicista los procesos que se dan en los sectores más cualificados de la clase obrera.

37. Toni Negri, Fin de siglo, pág. 38, 39 y 40. Más adelante en el mismo libro su definición del obrero social se plantea desde el ángulo de su subjetividad: “Estamos así hoy en condiciones de comenzar a definir la figura subjetiva del obrero social. Es a través del alto grado de cooperación que su figura es productiva, y es pues, a través de esta potencia de cooperación que su figura es productiva, y es pues, a través de esta potencia de cooperación que la organización capitalista contemporánea ha permanecido en movimiento: siguiendo el proceso de liberación social del productor. Lo que pone el obrero social delante de la industria es como un proceso de incubación, es decir, en general, como un impulso a las modificaciones de paradigma de la organización industrial, al cambio que, oculto y sustancial, ha conocido el siglo XX. Pero, de nuevo, no sólo desde un punto de vista general, sino también particular. En los sectores particulares, en las actividades singulares. Así, el obrero social produce ’naturalmente’ valor, una cantidad de valor que la organización capitalista en su conjunto subdivide en cantidades conocidas de trabajo necesario y plusvalías, de salario y de beneficio. De valor y plusvalía (…) Bien, volvamos al obrero social. Es un productor, pero no es sólo productor de valor y plusvalía, es también productor de cooperación social del trabajo. Esta función, propia del patrono (y, hablando más ampliamente, de las instancias, diversas y múltiples, del mando sobre la fuerza de trabajo a lo largo de siglos de construcción y desarrollo del capitalismo), ahora es del obrero. La primera e inmediata cualidad del trabajo productivo del obrero social consiste en producir cooperación social. Así podremos reconocer que el funcionamiento del mercado se ha invertido. En él avanzan subjetividades obreras que impiden al capital afirmar la exclusividad de su punto de vista. Con fuerza y con dureza … es la reapropiación de la función de mando sobre la cooperación por el proletariado. Es natural, en consecuencia, que se haga más difícil todavía el mantenimiento de viejas categorías para la descripción de los nuevos fenómenos…

El obrero social es, pues, el productor de la cooperación social trabajadora. El no quiere tener patronos porque no puede haber patronos, si esto se diera, desaparecería la definición misma de obrero, y no serían tales ni su naturaleza ni su identidad. Identidad colectiva -porque la conciencia obrera es siempre colectiva, y también lo es la conciencia de sí en el momento que se reconocen como exclusivos organizadores del trabajo colectivo. Esta función es, como se ha dicho, reapropiada. La reapropiación deriva del hecho de que el colectivo se reconoce como expropiado, y por tanto delega a miembros del colectivo mismo la recomposición del poder de organización en torno a las finalidades productivas del colectivo. Desde este punto de vista las cosas devienen finalmente claras e irreversibles. El obrero social es un término definitivo en el desarrollo de la lucha de clases, es la última inversión de la subjetividad del proceso y su última atribución; del explotador al explotado. El obrero social representa el momento en el que la dialéctica de emancipación y liberación se resuelve definitivamente sobre el polo de la liberación; de ahora en adelante, la emancipación será un subproducto de la liberación. Atendiendo a este giro -el obrero social como ordenador, organizador directo de la cooperación laboral- el rechazo de la función capitalista de mando sobre el trabajo se hace extremo; tanto que tiene que transformarse en exclusión material, dotada de la violencia del dispositivo físico capitalista. Toda justificación histórica, progresiva, de la función del capital desaparece. El obrero social es una suerte de actualidad del comunismo, su condición desarrollada. El patrono, por el contrario, no es siquiera condición del capitalismo (…)

Cuando… la producción y la capacidad de regirla y desarrollarla quedan en manos de los sujetos sociales colecivos (que constituyen el nuevo proletariado), cuando la integración de la sociedad en el capital hace estallar las jaulas que este último, en tanto detentador del mando y expropiador de la comunicación, trata de imponer, y de manera directa lo expone a la acción antagónica de los sujetos sociales, entonces la revolución ha iniciado su cumplimiento, el principio de la gran transformación se determina y la forma intensa de la transformación se adecua a los contenidos innovadores, a las nuevas dimensiones productivas. El colectivo se da como sujeto.” (Fin de siglo)

38. Aún cuando sus consideraciones teóricas generales resulten tan mistificadoras como las de Negri (ver Estrategia Internacional nº 11-12), son interesantes las críticas que formula André Gorz a Negri y demás sostenedores de las tesis de la “intelectualidad de masas”: “Los partidarios del control obrero, de la ’autogestión’ obrera partían de la hipótesis … de que no sería posible limitar las reivindicaciones de autonomía y de poder a partir del momento en que hubieran podido logrado realizarse [los trabajadores] en los lugares de trabajo. Yo mismo defendí esta tesis a comienzos de los años sesenta. La reencuentro hoy en una forma radicalizada y muy esquemática en la mayoría de los teóricos de la ’intelectualidad de masa’. Siempre con la diferencia de que, para ellos, autonomía y emancipación totales han dejado de ser una exigencia a la que se tiende para ser una realidad actual …En la base de este delirio teórico, cuyo influjo no es despreciable en el seno de la esfera de influencia marxista, se encuentra siempre el postulado implícito de que la autonomía en el trabajo engendra por sí misma la exigencia y capacidad de los trabajadores de suprimir todo límite y toda traba al ejercicio de su autonomía. Eso evidentemente no es nada: la autonomía en el trabajo es poca cosa en ausencia de una autonomía cultural, moral y política que la prolongue y que no nace de la cooperación productiva misma, sino de la actividad militante y de la cultura de la insumición, de la rebelión, de la fraternidad, del debate libre, de la puesta en cuestión radical (la que va a la raíz de las cosas) y de la disidencia que ella produce”. (Miserias del presente, riquezas de lo posible, págs. 50 y 51, 1998, Paidós, Buenos Aires, [destacado en el original])

39. Y no lo es siquiera para la fábrica Toyota. Aún el sector de la fuerza de trabajo que se encuentra regida por los principios de organización del trabajo de Ohno no es en esta empresa más del 10 al 15% de la utilizada en la producción del producto completo, la de la fábrica de montaje final. Esta fábrica de montaje es la punta de una pirámide asentada sobre un total de 45.000 empresas subcontratistas, cada vez más taylorizadas a medida que nos alejamos de la cima.

40. Toni Negri, El exilio, Op. cit., págs. 39-40.

41. Toni Negri, Fin de siglo, pág. 131.

42. Gabriel Albiac, Luego del fin del mundo. Entrevista con Toni Negri.

43. Es demostrativo de esto que Negri crea ver una manifestación de este nuevo sujeto en la lucha de los activistas contra el SIDA (fundamentalmente por ACT-UP y otros nucleamientos similares en los EE.UU.) que “no se han conformado con criticar las acciones del mundo médico y científico en los dominios de la investigación sobre el SIDA y del tratamiento de la enfermedad, sino que han intervenido también directamente en el dominio técnico y han tomado parte en los esfuerzos científicos (…) El grado tecno-científico, extremadamente elevado, del trabajo de los miembros de este movimiento abre la vía a una figura del sujeto, una subjetividad que no sólo ha desarrollado las capacidades afectivas necesarias para vivir con la enfermedad e instruir a otros sujetos sino también asimilado las técnicas científicas de punta. A partir de que se considera el trabajo como inmaterial, altamente científico, afectivo y colectivo (o, que en otros términos, se revelan sus relaciones a la vida y a las formas de vida y que se hace de él una función social de la comunidad), se observa que de los procesos de trabajo se desprenden la elaboración de redes de valorización social y la producción de otras subjetividades.” (Toni Negri y Michael Hardt, Mutación de Actividades, nuevas organizaciones, en El Rodaballo nº 9, Buenos Aires, 1998 [originalmente en Blocnotes nº 12, París, abril-mayo 1996])

Con lo fundamental que es la lucha contra el SIDA, con lo que ella revela sobre las características del capitalismo contemporáneo (no en vano son varios países africanos donde los índices de crecimiento de la enfermedad son más altos), con lo importante que puede resultar para la lucha anticapitalista, en particular si es tomada como suya por la clase obrera, el despropósito de mencionarla como el ejemplo de las nuevas generalidades de los subjetividad productiva es manifiesto.

44. No viene mal recordar la lógica entre dictadura del proletariado y posterior advenimiento del socialismo y el comunismo que Marx consideraba como uno de sus aportes fundamentales:

“Y ahora, en lo que a mí respecta, no ostento el título de descubridor de la existencia de las clases en la sociedad moderna, ni tampoco de la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, los historiadores burgueses habían descrito el desarrollo histórico de esta lucha de clases, y los economistas burgueses la anatomía económica de las clases. Lo nuevo que aporté fue demostrar: 1) que la existencia de las clases está vinculada únicamente a fases particulares, históricas, del desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura sólo constituye la transición de la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases” (Carta de Marx a Weydemayer, 5 de marzo de 1952, en Marx y Engels, Correspondencia, Ed. Cartago, Buenos Aires, pág. 55 [destacado en el original]).

45. Y del “comunismo en una sola facultad” si siguiéramos los postulados de algunos de los seguidores de Negri en el movimiento estudiantil…

46. Una vez más citemos el razonamiento de Trotsky en Bolchevismo y stalinismo: “..si no es fácil interpretar todo un proceso histórico viviente, no es por el contrario, nada difícil interpretar de una manera racionalista la sucesión de sus etapas, haciendo proceder lógicamente el stalinismo del ’socialismo de estado’; el fascismo del marxismo; la reacción de la revolución. En una palabra: la antítesis de la tesis. En este dominio como en tantos otros, el pensamiento anarquista queda prisionero del racionalismo liberal. El verdadero pensamiento revolucionario, es imposible sin la dialéctica.”

47. Volvamos por última vez a recordar los señalamientos de Trotsky con los que comenzaba el trabajo recién citado: “Épocas reaccionarias como la actual, no sólo debilitan y desintegran a la clase obrera aislándola de su vanguardia, sino que también rebajan el nivel ideológico general del movimiento, rechazando hacia atrás el pensamiento político, hasta etapas ya superadas desde hace mucho tiempo. En estas condiciones la tarea de la vanguardia consiste, ante todo, en no dejarse sugestionar por el reflujo general: es necesario avanzar contra la corriente. Si las desfavorables relaciones de fuerzas no permiten conservar las antiguas posiciones políticas, por lo menos hay que conservar las posiciones ideológicas, pues la experiencia tan cara del pasado se ha concentrado en ellas. Ante los ojos de los mentecatos, tal política aparece como ’sectaria’. En realidad no hace más que preparar un salto gigantesco hacia delante impulsada por la oleada ascendente del nuevo período histórico.”

48. En realidad este término es claramente un abuso ya que en tal definición entraría para Negri todo tipo de práctica colectiva no regida por la lógica mercantil capitalista.

49. En el conflicto estudiantil ocurrido en Argentina durante mayo de este año, parte del activismo estudiantil de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, influído por las ideas de Negri, llevó su negativa a toda “representación” al punto de oponerse a la organización de cuerpos de delegados basados en la democracia directa en nombre del asambleísmo permanente, retrocediendo a una visión “roussoneana” de la democracia directa. Estos mismos estudiantes quedaron sin respuesta en una asamblea donde una representante del movimiento estudiantil mexicano explicó como sin representación delegativa (en este caso el CGH, Consejo General de Huelga) no hubiera podido sostenerse una huelga que abarcaba a una universidad de 250.000 estudiantes repartidos en más de 20 establecimientos… La huelga de los estudiantes mexicanos ya está llegando a su sexto mes.

50. No es casual su oposición a poner en el primer plano de las reivindicaciones obreras la reducción de la jornada de trabajo aduciendo que los empleados y desempleados son todos trabajadores de la “sociedad fábrica”…

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