Christian Castillo


Desvíos a la latinoamericana
febrero 22, 2002, 6:42 pm
Filed under: Artículos

Estrategia Internacional N° 18
Febrero 2002

Christian Castillo

En el artículo “Crisis de dominio burgués: reforma o revolución en Argentina” desarrollamos los planes de “reforma política” que está preparando la clase dominante para desviar el proceso revolucionario en curso. Uno, el que preserva, maquillándolo, el viejo régimen, expresado en el proyecto gubernamental de “bajar el gasto político” y que, posiblemente, sea insuficiente para recrear la confianza de las masas. El otro plan en marcha es el anunciado por Elisa Carrió y la centroizquierda, que va desde la convocatoria a elecciones generales hasta el llamado a una asamblea constituyente y la incorporación de las “asambleas populares” a las instituciones de una “segunda República”.

Pero, incluso estas salidas, podrían fracasar debido a la profundidad de la crisis. Debemos prever otra variante con la cual se busque contener la acción de la clase obrera y las masas populares: la de gobiernos nacionalistas burgueses o pequeñoburgueses.

Durante su exilio en México, Trotsky desarrolló la peculiaridad que tenía la relación entre las clases en los países semicoloniales. Las burguesías locales son clases “semiopresoras, semioprimidas”, explotadoras de las masas obreras y campesinas a la vez que oprimidas por el capital imperialista. Después de una década en la que la burguesía local se entregó como nunca a los brazos del imperialismo, la combinación entre la crisis económica mundial y ascenso de masas en la nueva etapa revolucionaria abre la posibilidad de resurgimiento de gobiernos de los que Trotsky llamaba “bonapartistas sui generis ‘de izquierda’”, que ante un aumento de la presión imperialista o una profundización de la acción de la clase obrera, busquen maniobrar con las clases explotadas “incluso haciéndole concesiones” y tomando alguna medida “antimperialista”, buscando poner un freno al curso revolucionario y, a la vez, conseguir cierta autonomía respecto del capital imperialista. La historia latinoamericana es rica en gobiernos de este tipo que frenaron la acción revolucionaria de las masas obreras y populares y posibilitaron el posterior triunfo de golpes contrarrevolucionarios.

En Chile en 1973, el gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende impulsó la nacionalización del cobre, hasta entonces en manos de compañías imperialistas. Un colosal ascenso obrero y campesino recorría el país, pero las masas confiaban en Allende. El entonces secretario de estado norteamericano, Henry Kissinger, personalmente intervino en la preparación del golpe de estado orquestado por el imperialismo yanky y la oligarquía local. Pese a las tendencias al armamento mostrado por obreros y campesinos, y al desarrollo de organismos de doble poder como los “cordones industriales”, la política del Partido Comunista y del Partido Socialista en el gobierno enfrentó los ánimos revolucionarios de los trabajadores, desarmándolos y llamando a confiar en la “lealtad de las fuerzas armadas”. El resultado de esto fue la imposición de la sangrienta dictadura pinochetista.

En Bolivia, después de la derrota en la “guerra del Chaco” se abrió un proceso de agitación social y fragmentación de la clase dominante que duró varios años, llevando al triunfo electoral del candidato del Movimiento Nacionalista Revolucionario, Víctor Paz Estenssoro, que sostenía un discurso marcadamente antimperialista y de denuncia de la “rosca” (nombre dado al grupo dominante local odiado por las masas). Un intento de golpe que buscaba burlar el resultado electoral provocó el estallido de un proceso revolucionario que tuvo como vanguardia a la clase obrera minera. Las masas irrumpieron derrotando y desarmando al ejército y formando milicias basadas en los sindicatos que tenían el control del armamento. Los campesinos tomaban las tierras y expulsaban a los terratenientes. El gobierno nacionalizó las minas y sancionó la reforma agraria. Pero los trabajadores no avanzaron hacia la conquista del poder. Pasado el primer embate, el ejército se reorganizó y buscó retomar lazos con el imperialismo norteamericano. Paz Estenssoro fue progresivamente entregándose al FMI, pero los imperialistas y la clase dominante local querían un gobierno aún más confiable. Finalmente, en 1964, se impuso un golpe de estado liderado por el general Barrientos que impuso una dura dictadura militar.

El surgimiento de gobiernos de este tipo, a la vez que un síntoma de la radicalización del movimiento de masas, son un obstáculo para que la clase obrera logre su independencia política e imponga su hegemonía en la alianza obrera y popular tomando la dirección de la lucha contra el imperialismo. Un “desvío” al que recurren las burguesías locales para evitar que los trabajadores se hagan del poder. Toda la experiencia histórica muestra que la burguesía “nacional” (o sus “sombras” pequeñoburguesas en los “frentes populares”), aunque se enfrenten circunstancialmente con el imperialismo, prefieren entregarse a este antes que permitir que se desarrolle la movilización independiente de las masas.

En especial si crece la presión imperialista y se profundiza el ascenso de masas, podemos ver en el futuro repetirse fenómenos de este tipo en nuestro país, aunque muy probablemente se den en forma de “farsa” por las características “seniles” que tienen hoy las burguesías latinoamericanas.

Hoy, cuando variantes de este tipo aún no se han desarrollado, ya estamos viendo la política de quienes desde la “izquierda” impulsan la colaboración de clases, en la que la clase obrera no es más que un actor subordinado de algún sector de las clases dominantes nativas. El maoísta PCR busca una y otra vez “su” burgués o militar “nacionalista” (ahora han vuelto a la reivindicación abierta de Seineldín) con el cual concretar su “gobierno de unidad popular”, del que parecieron ver un paso en el fugaz gobierno de Rodríguez Saá y sus “auténticos decadentes”. Por su parte, el Partido Comunista (integrante de Izquierda Unida) ha reflotado la vieja tesis stalinista de una “revolución democrática y popular”, tras la cual buscan evitar que la clase obrera avance hacia su independencia política. Estas políticas deben ser enfrentadas desde el vamos: preparan la derrota de los trabajadores. A ellas hay que oponer la combinación de la lucha consecuente contra la dominación imperialista con la búsqueda intransigente de la indendencia política de la clase obrera, sin la cual ésta no podrá hegemonizar la alianza obrera y popular y superar obstáculos del tipo de los “frentes nacionales” o los “frentes democráticos”, con los que se busca adormecer la voluntad revolucionaria de la clase obrera y las masas populares.

La vía de la contrarrevolución abierta

Pero así como en la etapa la clase trabajadora puede enfrentarse a los “desvíos” de las “reformas políticas” e incluso a nuevas manifestaciones del nacionalismo burgués (o pequeñoburgués), también debemos prepararnos ante las posibles respuestas abiertamente contrarrevolucionarias de la burguesía. En Argentina, la perspectiva de un golpe de estado tradicional no es inmediata. Las fuerzas armadas continúan con un gran desprestigio entre las masas. Nunca se recuperaron del doble descrédito de la dictadura y de la derrota en la guerra de Malvinas. En lo inmediato, además, la base necesaria de todo golpe de estado, sectores importantes de las clases medias, están en la oposición frente a la confiscación de sus ahorros que hizo el gobierno para salvar a los bancos. Pero como marxistas sabemos que las clases medias no son homogéneas y tenderán a dividirse frente a una futura irrupción de la clase obrera. Sin recurrir necesariamente a un golpe de estado clásico, la burguesía puede encontrar base social para una salida a favor del “orden” entre los sectores más acomodados de las clases medias, sobre todo si entran en escena las clases más explotadas y realizan acciones revolucionarias. Puede buscar ir creando el terreno para esto provocando derrotas parciales a sectores de vanguardia que le permitan imponer diversos grados de un estado más policial o, al menos, sacar las masas de escena por un tiempo. Si se profundizan las condiciones revolucionarias, también posiblemente veamos multiplicarse las formas de represión parapolicial (que embrionariamente ya actuaron en la “Batalla de Plaza de Mayo”), junto con el recurso a bandas de “lúmpenes” con el objetivo de atacar a los activistas y a la izquierda, como ya hemos visto hacer a “punteros” del peronismo y a la burocracia sindical. Frente a todas estas alternativas, cobra importancia plantear la formación de piquetes de autodefensa (que sean base de futuras milicias de trabajadores) entre los distintos organismos obreros y populares.

En cualquiera de las variantes, el avance de la clase obrera en conquistar su independencia de clase es la clave para que esta nueva irrupción de masas no termine en una derrota o en un aborto.

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