Christian Castillo


EL MOVIMIENTO OBRERO ARGENTINO TIENE PLANTEADO UN NUEVO “GIRO HISTORICO”
febrero 22, 2002, 6:44 pm
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Estrategia Internacional N° 18
Febrero 2002

Por Christian Castillo y Fredy Lizarrague

Introducción

Las Jornadas Revolucionarias del 19 y 20 de diciembre marcan un antes y un después en la lucha de clases en nuestro país. En el largo plazo, son acontecimientos que vienen a cerrar definitivamente el ciclo de la lucha de clases marcado por la derrota del ascenso revolucionario anterior con el golpe militar del ’76 y la masacre de la vanguardia obrera y popular. El carácter en general defensivo de este ciclo, aunque incluyó importantes ascensos obreros y populares en la década del ‘80 y grandes luchas en los ‘90 -que nunca llegaron a provocar un cambio revolucionario en la relación de fuerzas-, fue profundizado por la derrota nacional en la Guerra de Malvinas en 1982 (que aunque llevó a la caída de la dictadura militar facilitó los avances en la dominación imperialista en los años siguientes) y la derrota que significó la consolidación del gobierno de Menem en 1991 como consecuencia del proceso hiperinflacionario iniciado en 1989. Durante este ciclo, y sobre todo en la década del ’90, la posibilidad de cambios revolucionarios a escala nacional estaba por fuera del horizonte de la clase obrera y los sectores oprimidos de la sociedad. La caída revolucionaria del gobierno De La Rúa-Cavallo, a pesar de las grandes limitaciones de la acción de masas, ha sido un golpe en la conciencia y voluntad de lucha de millones. La juventud ha jugado un papel preponderante en estos eventos, especialmente en la “Batalla de Plaza de Mayo”, donde miles de jóvenes enfrentaron valientemente a las fuerzas represivas. Todo lo acumulado en años anteriores ha dado un salto cualitativo. En esto reside el carácter histórico de las acciones independientes de las masas que hemos presenciado. Se vuelve a abrir en la Argentina una nueva etapa revolucionaria, lo que no acontecía desde que el golpe militar del 24 de marzo de 1976 cerró la etapa abierta por el Cordobazo en mayo de 1969. En el artículo precedente analizamos porqué no creemos que este sea un proceso rápido y cuáles son las dificultades para erigirse en actor revolucionario que enfrenta la clase obrera en los inicios de la nueva etapa. El desafío es que los trabajadores puedan vencer los enormes obstáculos que se le presentan para superar su crisis de subjetividad revolucionaria y dar los saltos necesarios para colocarse a la altura del momento: a) conquistar su independiencia política frente a la burguesía mediante la cristalización de su experiencia en nuevas instituciones de autoorganización para la lucha y en un programa obrero adoptado concientemente por sectores cada vez más amplios, b) transformarse en caudillo de los estratos arruinados de las clases medias y el resto de la nación oprimida, hegemonizando la alianza obrera y popular, y c) dotarse de un partido revolucionario con influencia en amplios sectores de las masas que pueda conducir a la victoria, que no surgirá por generación espontánea sino que sólo podrá nacer como fusión de la vanguardia obrera y juvenil y los marxistas revolucionarios. La subjetividad revolucionaria, en última instancia, no podrá desarrollarse hasta el final sin que la acción consciente de los marxistas revolucionarios influya en la experiencia de lucha de los trabajadores, la juventud y los sectores más oprimidos de las clases medias. Como se ve, la tarea es enorme. La ventaja para los explotados es que la buguesía atraviesa una crisis económica pavorosa, una crisis política histórica, y hemos vivido “la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos” (Trotsky).

Aunque su materialización esté llena de obstáculos, se abre la posibilidad de un giro histórico en el cual la clase obrera argentina, la única clase verdaderamente nacional (capaz de dotarse de un programa y métodos de lucha para ofrecer una salida progresiva a la nación oprimida), retome y profundice el camino revolucionario emprendido con el clasismo, las huelgas heroicas y las coordinadoras en los años ‘70, y alumbre una nueva subjetividad revolucionaria que, a su vez, reactúe sobre los trabajadores y la juventud latinoamericanos y con los movimientos juveniles anticapitalistas que se vienen desarrollando tortuosamente en Estados Unidos y Europa (opacados luego del 11 de setiembre), con las organizaciones de izquierda y los agrupamientos de vanguardia obreros que existen en varios países a pesar de la enorme crisis que los ha sacudido durante los ‘90. Por la magnitud de la crisis económica, política y social, a pesar de no ser actor protagónico en los momentos iniciales de la nueva etapa, es difícil que la clase obrera argentina salga de ella tal como entró. Nuestra apuesta es que esta vez sí sea capaz de superar su crisis de dirección revolucionaria y avanzar hacia la conquista del poder.

1. La disposición de la clase obrera como “fuerza social objetiva”

La clase obrera argentina1 de comienzos del siglo XXI, que debe enfrentarse a la nueva etapa revolucionaria abierta con las jornadas revolucionarias del 19 y 20 de diciembre, no es la misma que protagonizó el ascenso revolucionario de los ‘70 ni tampoco la que empantanó la ofensiva burguesa durante el gobierno de Alfonsín en los ‘80. Pero, contra lo que sostiene cierta visión vulgar, está lejos de haber sido “destruída” o haber “desaparecido de escena”, sino que fue reconfigurada al calor de la aplicación de los planes “neoliberales” durante la década de los ‘90. De conjunto podemos decir que existe en Argentina una “nueva clase obrera” que ha sufrido un retroceso sin precedentes de sus condiciones de vida, que soporta una creciente superexplotación en las fábricas y empresas, tasas de desocupación inéditas que superan al 20 % de la “población económicamente activa” -y otro tanto de subocupación, que en conjunto ya sumaban unos cinco millones de personas antes del aceleramiento de la crisis en diciembre.

El retroceso de la participación de los asalariados en la renta nacional ha venido en descenso desde hace 25 años. En 1975, llegaba a cerca de un 50%. Hoy, oscila entre el 18 y el 20 %. La precarización ha sido impresionante. El trabajo en negro creció, si tomamos un índice 100 para 1990, a 229 en el 2000. En el mismo lapso, un índice 100 de trabajadores subocupados aumentó a 217. Los trabajadores bajo alguna forma de contrato eventual se calcula que abarcan cerca del 50% del total.

Durante los ‘90, los trabajadores han sido reconcentrados en grandes conglomerados que dan cuenta del grueso de la producción industrial y los servicios. Las principales 1000 empresas ocupaban a mediados del año 2000 a 650.000 trabajadores. La reestructuración capitalista, a la vez que ha expulsado a miles del proceso de producción ha reconcentrado nuevas fuerzas de sus esclavos asalariados que están en relación directa con las empresas imperialistas y el gran capital nacional en las automotrices, grandes fábricas de la alimentación, siderúrgicas, servicios públicos, gas y petróleo, hipermercados y bancos.

A pesar de los despidos de comienzos de la década del ‘90 con las privatizaciones, se mantiene una importante cantidad de asalariados en el sector público (trabajadores de dependencias estatales y docentes), incluso con un leve incremento a partir del ‘98, especialmente en las provincias del interior. Además se ha potenciado el proceso de asalarización de sectores de las capas medias (incluso profesionales, como los médicos), de las que amplios sectores se han pauperizado. A diferencia de otros países latinoamericanos, en Argentina puede verse un lento crecimiento en el conjunto de la población asalariada en detrimento de los sectores por “cuenta propia”. Según datos del INDEC de octubre de 2000 los asalariados dan cuenta de un 72% de la población económicamente activa, mientras que quienes trabajan por “cuenta propia” son sólo un 21,9%, un 2% menos que en 1980 y casi un 4% menos que en 1989, cuando se dio el pico del cuentapropismo en nuestro país2.

Los asalariados urbanos constituían en el año 2000 una masa de 8.000.000 de trabajadores, el 61 % de una población económicamente activa de alrededor de 12.000.000, porcentaje que sube al 72 % si consideramos los “aglomerados urbanos” que toma como referencia la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC. Con sus familias, los asalariados constituyen la fuerza social decisiva por su papel en la producción, su peso social y su rol histórico. Del total, más de 1.000.000 (el 12,6%) son obreros industriales, y existe una cantidad similar de trabajadores rurales en sus distintas modalidades3.

Las nuevas concentraciones de trabajadores moldeadas por la reestructuración capitalista de los ‘90, a pesar de disminuir su número absoluto, han incrementado el peso decisivo de los trabajadores en todos los centros nerviosos vitales de la economía del país, en torno a un puñado de grandes ciudades y distritos urbanos, lo que aumenta su potencialidad para paralizar la producción y dislocar la distribución. Es la franja del proletariado sobre la que descansa todo el edificio de la acumulación capitalista.

De acuerdo a cómo deben enfrentar sus condiciones de existencia, podemos agrupar a los trabajadores en tres grandes sectores:

– los trabajadores en actividad en el sector privado;

– los trabajadores en actividad en el sector público;

– los trabajadores “en situación de reserva”, los desocupados.

A su vez, el conjunto de los trabajadores en actividad está cruzado por la división entre los trabajadores “efectivos” y aquellos en alguna de las múltiples formas de empleo eventual.

En la nueva clase trabajadora argentina conviven tendencias de distinto signo. A la fragmentación entre “ocupados y desocupados”, “permanentes y contratados”, “del sector público y privado”, etc., se le contrapone la tendencia al frente único que imponen la disminución de conquistas de todos los sectores, la pauperización generalizada y los ataques de conjunto, así como la asalarización de importantes franjas de las capas medias que las acercan a la situación de la clase obrera como nunca antes en la historia. Es una clase obrera más fragmentada y sociológicamente debilitada respecto a los ‘70 y los ‘80, pero a la vez más explosiva por el agudo deterioro de sus propias condiciones de existencia. La superestructuralización y mayor coptación de las burocracias sindicales (algunos de los cuales se han convertido en “sindicalistas-empresarios”) convive con el mantenimiento de las estructura de base del movimiento obrero argentino (una de las principales conquistas logradas bajo el primer peronismo), las comisiones internas y los cuerpos de delegados, que cuando surgen tendencias a romper con el conservadurismo impuesto por la ofensiva patronal permite el surgimiento de delegados de base antiburocráticos y comisiones internas opositoras en varios gremios. Aunque de conjunto el debilitamiento de los sindicatos ha favorecido la ofensiva capitalista, en ocasiones ha permitido, debido al menor control burocrático, el surgimiento de formas de autoorganización de trabajadores, como distintas organizaciones de “autoconvocados” lo expresan, especialmente entre docentes y estatales.

Resumiendo: la “nueva clase obrera” ha sufrido la pérdida de importantes conquistas. Ha sido precarizada y un número creciente de sus miembros se encuentra formando parte del “ejército industrial de reserva”. Hay un leve crecimiento porcentual de la población asalariada respecto a los trabajadores “por cuenta propia”, a la vez que los obreros industriales han perdido peso relativo y absoluto, pero siendo reconcentrados bajo el control de grandes firmas (al igual que los trabajadores de los servicios y el comercio) como parte del propio proceso de concentración y centralización capitalista. Siguen siendo los trabajadores quienes tienen el lugar central en la estructura económica de la sociedad argentina.

2. Las Jornadas Revolucionarias y la subjetividad de la “nueva clase trabajadora”

La nueva etapa revolucionaria abierta en Argentina se inicia sin que los trabajadores -especialmente los trabajadores ocupados de la industria y los servicios- hayan dado en el período previo saltos cualitativos hacia su independencia de clase, a pesar de haber sido trabajadores desocupados y ocupados quienes más enfrentaron y contribuyeron a socavar las bases del gobierno de De la Rúa. No es sólo el hecho que en las Jornadas Revolucionarias de diciembre la clase obrera no haya intervinido como tal. Hoy los principales sindicatos se encuentran apoyando a Duhalde y el conjunto de los trabajadores ha iniciado nuevamente una experiencia con el peronismo en el poder. Si bajo De la Rúa los paros generales convocados por las centrales sindicales fueron la principal forma de intervención del proletariado ocupado, esa perspectiva hoy sólo puede imponerse desde abajo. Cada lucha tiene como enemigos no sólo a la patronal y al gobierno, sino también a la burocracia sindical. Con la desocupación creciendo, no son pocas las dificultades con que se enfrentan los que salen al combate.

Esta situación del proletariado de la industria y los servicios contrasta con la actividad de las clases medias, quienes dan la tónica de las protestas de masas; y, en menor medida, con la de los desocupados, que han vuelto a los piquetes y movilizaciones en los últimos días.

Frente a los nuevos desafíos que tiene por delante, todo lo conseguido por la clase obrera en el período anterior resulta claramente insuficiente. Si el proletariado no quiere cargar nuevamente sobre sus hombros los costos de la crisis (como inicialmente está sucediendo) son imprescindibles nuevos saltos en sus niveles de conciencia y organización.

Ni las experiencias de lucha de los últimos años ni la respuesta actual del proletariado es homogénea. Los desocupados fueron quienes protagonizaron las más duras batallas y quienes más avanzaron en lograr nuevos niveles de organización bajo el gobierno aliancista4. Las acciones más radicalizadas se produjeron en Salta. Allí, los piqueteros de Mosconi y Tartagal votaron un programa avanzado que reclamaba “trabajo genuino” y tuvieron sucesivos enfrentamientos en el año 2000 y en 2001 con la gendarmería que desataron verdaderos levantamientos locales, hasta la derrota sufrida en el mes de julio de 2001, con una fuerte represión y persecución por parte de los gobiernos provincial y nacional.

Durante el año 2000, acciones “piqueteras” de envergadura se generalizaron en el gran Buenos Aires. Los primeros días de noviembre se produjo un corte de 17 días de la ruta 3 en La Matanza, protagonizado por la Federación Tierra y Vivienda (FTV-CTA) de Luis D’Elía y los desocupados de la Corriente Clasista y Combativa (CCC) de Juan Carlos Alderete, organizaciones con un programa limitado a la exigencia de planes trabajar y una actitud conciliadora con la intendencia peronista local. También, en este período, realizaron importantes acciones en la zona sur del Gran Buenos Aires los MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados) de distintas localidades, más combativo que los movimientos de La Matanza, y se desarrollaron nuevas organizaciones con diferentes denominaciones a lo largo y ancho del país.

Las dos Asambleas Piqueteras (realizadas en julio y septiembre de 2001), a pesar de estar bajo la dirección conciliarora de la FTV y la CCC (con la subordinación a estas del Polo Obrero, orientado por el Partido Obrero) que buscó difuminar los aspectos más radicalizados de la lucha de los desocupados, mostraron un importante avance en la subjetividad de este sector de la clase obrera; especialmente las resoluciones de la Segunda Asamblea que planteaban la posibilidad de que surja un organismo pre-soviético (de autoorganización democrática para la lucha superando los límites “gremiales”) de unidad de ocupados y desocupados. El gran aspecto negativo fue que, si bien la Segunda Asamblea votó como programa de lucha de los desocupados el “trabajo genuino” o “trabajo para todos”, la práctica de los movimientos “piqueteros” quedó cada vez más subordinada, en particular luego del duro golpe sufrido por los piqueteros salteños, a la puja por obtener y administrar Planes Trabajar o similares, es decir, a una lucha cada vez más “corporativa”5. La estrategia de tomar la lucha por los planes como elemento táctico inicial para ponerla en el plano superior de la pelea por “trabajo para todos” (que lleva a la unidad con los trabajadores ocupados alrededor del reclamo del reparto de las horas de trabajo entre todas las manos disponibles con salarios equivalentes a la canasta familiar), estuvo prácticamente ausente en los principales movimientos. La ausencia de esta estrategia es la razón de fondo que potenció las tendencias a la coptación al régimen de las organizaciones de desocupados, muchas veces a través de las intendencias. La escasa presencia de los movimientos de desocupados en la Batalla de Plaza de Mayo del 20 de diciembre, está inscripta en esta lógica de reducir la lucha política para terminar con la desocupación, a una lucha “económica” por los subsidios estatales, mientras la “acción política” nacional queda subordinada a variantes centroizquierdistas de índole diversa (D’Elía6), como es hoy el FRENAPO, o la búsqueda de aliados patronales, burocráticos (y hasta militares7) por parte de la CCC.

Con el peronismo en el poder, el movimiento de desocupados posiblemente se enfrente a una política combinada de coptación y represión a los que no acepten las “reglas del juego” impuestas por el gobierno. Duhalde, para tener alguna posibilidad de supervivencia, tratará de amortiguar una situación social explosiva, con más de 15.000.000 millones viviendo bajo la línea de pobreza. Para ello cuenta con la extendida red de “punteros” del peronismo de la Provincia de Buenos Aires y con el apoyo de la Iglesia Católica. La esposa del presidente, que fue quien organizó la red de “manzaneras” cuando Duhalde era gobernador, es quien está a cargo de instrumentar el llamado “plan social”. Al día de hoy no está claro si el gobierno apelará sólo al clientelismo tradicional peronista para la distribución de los subsidios a los desempleados, o si lo combinará con un intento de coptación de los movimientos de desocupados más burocatizados mientras reprime a los movimientos piqueteros más combativos. Pero en cualquier caso, para evitar que la política del gobierno tenga éxito es clave que el movimiento de desocupados supere el estadío de la mera lucha por los planes “trabajar” y alrededor de la lucha por el “trabajo para todos” busque la unidad con los ocupados, llevando adelante y profundizando el camino de la Segunda Asamblea Piquetera que los dirigentes conciliadores dejaron de lado. Un paso en este sentido puede ser la Asamblea Nacional de Trabajadores (ocupados y desocupados) convocada para el 16 de febrero.

Los destacamentos más concentrados de la clase obrera, el proletariado de la industria y los servicios, dieron pasos mucho menores que los desocupados en poner en pie nuevas organizaciones para la lucha. Los siete paros generales realizados bajo ese gobierno tuvieron el mérito de tensar los músculos de los trabajadores y de tirar por la borda las argumentaciones de quienes afirmaban la imposibilidad de que la clase obrera volviera a utilizar este método de lucha debido a los altos niveles de desocupación. Estas acciones (que retomaron la experiencia de los grandes paros del año ‘96 bajo el gobierno de Menem que voltearon a Cavallo del Ministerio de Economía, obligaron a postergar la reaccionaria “reforma laboral” y a retroceder con la anulación de los tickets canasta y las horas extras), mostraron la importancia de los gremios del transporte para contrarrestar la presión de la desocupación y el chantaje patronal para garantizar la efectividad de los paros. De conjunto, y a pesar del alto desprestigio de los dirigentes burocráticos en las bases obreras, estos paros no se salieron del control de la burocracia sindical, que luego de cada uno de ellos iniciaba una tregua con el gobierno y le restaba efecto a la medida de fuerza. Dos de estos paros fueron particularmente importantes. El paro de 36 horas de noviembre de 2000, en el que 150.000 trabajadores “ocupados” -algunos de las principales fábricas del país- y “desocupados” participaron de piquetes conjuntos cortando rutas en todo el país, tuvo características ” (como lo calificara el diario La Nación). Desde el punto de vista del “momento de la relación de fuerzas militares” (Gramsci) o de los “elementos de guerra civil” (Trotsky), las masas ponían en alerta a la burguesía. Si bien sabían que el poder del estado no estaba en cuestión porque la burocracia sindical nunca perdió el control en este paro, el hecho de que los piquetes ejerciendo poder territorial se vieran en todo el país simultáneamente mientras la industria y los servicios se paralizaban masivamente por la huelga general, días después que en la pequeña ciudad salteña de General Mosconi los desocupados y la juventud ajustaran cuentas con la Policía y la Gendarmería, eran luces de alerta. Era el espectro de la insurrección. Aunque pasivo, fue también de importancia el paro general del 13 de noviembre del 2001, de una masividad impactante, que fue un verdadero pronunciamiento político nacional que antecedió y tonificó las fuerzas de las masas que poco después protagonizaron las jornadas revolucionarias.

Bajo De la Rúa, destacó entre las luchas ocurridas la protagonizada por los trabajadores de Aerolíneas Argentinas, que marcó un salto en la conciencia del movimiento de masas en relación a las privatizaciones8. Y hubo algunos duros conflictos que, protagonizados por direcciones combativas, han dado ejemplos de cómo enfrentar los cierres y despidos (ceramistas de Zanón, mineros de Río Turbio, metalúrgicos de Emfer, etc.). Por su parte, estatales y docentes fueron protagonistas de numerosas acciones.

De conjunto, a pesar de su desprestigio, la burocracia sindical mantiene el control del movimiento obrero. Romper con su dominio de las organizaciones de la clase obrera es el primer desafío que tienen los trabajadores.

El período anterior mostró, en forma molecular, una serie de fenómenos sintomáticos, donde en distinto grado la clase trabajadora buscó orientarse por un camino distinto al de los dirigentes oficiales:

(a)  sindicatos de servicios relativamente “grandes” donde comienza a haber posibilidades de discusión más abierta de distintas tendencias políticas, como en los cuerpos de delegados de FOETRA Buenos Aires (telefónicos) y el de Luz y Fuerza de Córdoba, situación que también se da en sindicatos grandes de empleados públicos y de la enseñanza (ATE, seccionales de gremios docentes);

(b)  desarrollo de sindicatos seccionales obreros con direcciones antiburocráticas con rasgos clasistas, como el de los ceramistas neuquinos (SOECN), basados en la fábrica Zanón, y de los mineros del carbón de Santa Cruz (ATE Río Turbio);

(c)  existencia de comisiones internas independientes de la burocracia en fábricas grandes como Terrabusi (alimentación, 2800 obreras/os) aunque viene de una derrota el año pasado, fábricas medianas como Pepsico Snacks (alimentación, 480 obreras/os), Reckitt-Benkiser (química), y EmFer (metalúrgica, más de 300 obreros), aparte de las mencionadas en el punto anterior, junto con muchos delegados de izquierda en distintas fábricas y empresas de servicios.

(d)  seccionales de sindicatos docentes en varias provincias en manos de corrientes de izquierda, los más importante de los cuales son el SUTEBA de La Matanza (una de las seccionales docentes más grandes del país) y ADOSAC de Santa Cruz, así como algunas seccionales de ferroviarios (UF Haedo). En los distintos gremios estatales también hay muchos delegados de izquierda o influidos por ésta (varias reparticiones de La Plata, hospitales en la Provincia de Buenos Aires, Astilleros Río Santiago, etc.)

(e)  organización incipiente de sectores de trabajadores jóvenes precarizados, como es el caso de los “motoqueros” agrupados en el Sindicato de Mensajeros y Cadetes (SIMECA), de destacada actuación en la “Batalla de Plaza de Mayo”, y los pasantes de las empresas telefónicas, 90 de los cuales realizaron una importante ocupación victoriosa de un edificio de Telefónica a principios de diciembre, a pesar de la indiferencia del sindicato.

En muchos de estos casos las “nuevas direcciones” no lograron (y muchas veces ni se lo proponen) generar “militancia obrera”, es decir, que los activistas y trabajadores asuman como propia la defensa de su propia organización y la lucha por sus demandas generales, más allá del interés inmediato. Nuevos fenómenos de “militancia obrera”, como el del sindicato ceramista de Neuquén, son más bien excepciones. Esto, junto con el terror a la desocupación, la división entre permanentes y contratados y el control que aún mantiene la burocracia sindical, son los obstáculos que debe vencer la clase obrera para empezar a actuar en forma independiente.

Pese a que había un “cuarto acto” de las Jornadas Revolucionarias en gestación (el de la huelga general activa), la debilidad en superar a la burocracia fue central a la hora de evitar que la clase obrera sea protagonista de los eventos del 19 y 20 de diciembre9. La clase obrera, como dijimos, entra a la nueva etapa revolucionaria sin haber conquistado su independencia de clase.

La superación de la situación de fragmentación que sufre la clase obrera en su conjunto no es una cuestión sociológica sino política: hay que avanzar en la unidad de las filas del conjunto de la clase obrera tras una estrategia de independencia de clase. Al contrario de lo que dicen los dirigentes burocráticos, que siempre siguen a uno u otro de los intereses patronales en pugna, la única forma que cada lucha pueda obtener algún éxito, aún en sus intereses “inmediatos”, pasa porque los trabajadores asuman una estrategia en función de sus intereses “históricos” de clase. Sacarse de encima las direcciones burocráticas es más que nunca una necesidad de vida o muerte para la “nueva clase obrera”.

3. Las lucha por la independencia de clase

El conjunto de las condiciones que hacen a la actual etapa revolucionaria han abierto la posibilidad que la clase trabajadora protagonice un nuevo “giro histórico”. Si contabilizamos los grandes cambios que sufrió a lo largo de su historia, es el cuarto momento donde se le presenta esta oportunidad. En medio de un camino que inevitablemente será tortuoso, los trabajadores enfrentan el desafío de completar su experiencia histórica con el peronismo y conquistar en forma revolucionaria su independencia de clase10. Cuanto más avance en esta dirección en esta etapa, más probabilidades habrá de que la próxima insurgencia obrera lleve a los trabajadores a la victoria.

¿Cómo avanzar hacia la independencia de clase? La puesta en pie de organismos de democracia directa, que expresen el frente único de las masas en lucha es una necesidad que surge de cada conflicto importante. Cada lucha seria muestra la necesidad de crear nuevos organismos de clase que permitan superar los límites “gremiales” o corporativos que imponen las formas sindicales tradicionales. La burocracia fomenta la división de las filas obreras e impide que se exprese el frente único que necesitan los trabajadores. Por eso está planteado echar a los dirigentes burocráticos, en primer lugar, de las comisiones internas y cuerpos de delegados, para que estos se coordinen por gremio, región y nacionalmente, pongan en pie asambleas o coordinadoras comunes con las organizaciones de desocupados y avancen en la unidad con las asambleas de vecinos y demás formas de organización de los sectores empobrecidos de las clases medias urbanas y rurales que hoy se están desarrollando. Toda comisión interna, cuerpo de delegados o sindicato combativo que no desarrolle una política de este tipo, demostrará no estar a la altura de los acontecimientos y será completamente impotente para responder al ataque patronal en curso. En la historia de la clase obrera argentina, la puesta en pie de las Coordinadoras en 1975, basada en las comisiones internas de fábrica, fue la experiencia más avanzada en desarrollar este tipo de organismos. El desarrollo de los mismos enfrenta la oposición no sólo del gobierno y la patronal, sino de la burocracia sindical, que es su enemiga más acérrima y hoy está apoyando al gobierno de Duhalde. Pero si la clase obrera supera su situación actual y entra en movimiento, las tendencias a la recuperación de las comisiones internas y cuerpos de delegados y al desarrollo de organismos de democracia directa que expresen a los trabajadores en lucha son muy probables. Ya las clases medias, poniendo en pie las Asambleas Populares, están mostrando esta tendencia al nacimiento de nuevos organismos, antes anticipados por el recurrente surgimiento de grupos de “autoconvocados” ante cada lucha docente o de estatales y por las “interfacultades” durante los conflictos estudiantiles. Más allá de su desarrollo inmediato y sus límites de clase, estos procesos, al expresar algún paso hacia formas de democracia directa, pueden provocar algún tipo de “efecto contagio” entre los trabajadores que salgan al combate, que, por sus propias características de clase, tenderán a imprimirle tendencias más abiertamente “soviéticas” -es decir, con delegados revocables y mandatados, electos por lugar de trabajo- que las actuales asambleas populares. Nuestra insistencia en que la primer tarea de la hora es pone en pie Asambleas de trabajadores ocupados y desocupados, con delegados mandatados por la base, a nivel nacional, provincial y local, expresa esta necesidad imperiosa.

Pero, como señalamos, la conquista de la independencia de clase, implica también que sectores cada vez más amplios de la clase obrera sostengan un programa que permita soldar la alianza obrera y popular e impulsar a los trabajadores hacia su propio gobierno11. Aspectos parciales de ese programa han cobrado vida en manos de los fenómenos de lucha y organización obrera y piquetera más avanzados (como la demanda de “estatización bajo control de los trabajadores” frente a los cierres planteado por los obreros de Zanón o las demandas votadas en el programa de la segunda asamblea piquetera) y hoy puntos como la nacionalización de la banca y el no pago de la deuda externa se discuten en forma generalizada en las Asambleas Populares. Frente al charlatanerismo irresponsable y desmoralizado de tanto “socialista a la violeta”, los primeros pasos del movimiento de masas en la Argentina, muestran la enorme vitalidad de las consignas “transicionales” del tipo de las que formulara la III Internacional en sus primeros congresos y que sintetizara León Trotsky en el Programa de Transición a fines de los ‘30.

Desde ya que, para que estas demandas sean resueltas íntegra y efectivamente deben estar integradas en un programa de conjunto que lleve al triunfo de la revolución obrera y socialista. Sin embargo, que sean tomadas rápidamente por sectores del movimiento de masas es un síntoma de los cambios que están ocurriendo en la conciencia política de sectores de las masas en Argentina.

La lucha por la independencia de clase tiene su punto más elevado en la construcción de un partido revolucionario, que no surgirá por generación espontánea sino que sólo podrá nacer como fusión de la vanguardia obrera y juvenil y los marxistas revolucionarios. Trotsky decía en Lecciones de octubre que “el proletariado no puede apoderarse del poder por una insurrección espontánea. Aun en un país tan culto y tan desarrollado desde el punto de vista industrial como Alemania, la insurrección espontánea de los trabajadores en noviembre de 1918 no hizo sino transmitir el poder a manos de la burguesía. Una clase explotadora se encuentra capacitada para arrebatárselo a otra clase explotadora apoyándose en sus riquezas, en su ‘cultura’, en sus innumerables concomitancias con el viejo aparato estatal. Sin embargo, cuando se trata del proletariado, no hay nada capaz de reemplazar al partido”. Esta definición sigue siendo completamente válida y el PTS ha dicho una y otra vez que lucha por poner en pie un partido revolucionario de la clase trabajadora con influencia de masas.

¿Por qué vías la clase obrera puede dar pasos en la construcción de este partido, rompiendo con el peronismo y el conjunto de los partidos patronales? Sabemos que no será el producto evolutivo del desarrollo de nuestra organización y que nuevas variantes tácticas que hoy no contemplemos pueden plantearse al calor de los cambios de la situación. Podemos sin embargo, trazar una dirección de cómo puede darse este proceso, no como analistas sino para tener una política activa que permita desarrollar los elementos más progresivos en curso.

Ya señalamos la importancia fundamental que tiene la recuperación de los cuerpos de delegados y comisiones internas de manos de la burocracia.

Pero una política verdaderamente clasista para las organizaciones obreras significa pelear para que ellas intervengan de lleno en la vida política nacional. La burocracia sindical peronista ha sido en toda su historia la correa de trasmisión del Partido Justicialista para subordinar las organizaciones obreras a la dirección burguesa del peronismo. Las organizaciones obreras independientes de la burocracia deben enfrentarla en todos los terrenos. Por ello, bajo el gobierno de De la Rúa, a partir de las huelgas generales y del desarrollo del movimiento de desocupados y de nuevas direcciones combativas entre los trabajadores ocupados, desde el PTS planteamos la necesidad que los sindicatos, comisiones internas y cuerpos de delegados combativos junto con las organizaciones de desocupados impulsen un movimiento o partido político propio de los trabajadores, en base a un programa  revolucionario12. Es decir, apoyarnos en los elementos de subjetividad obrera conquistados para impulsarlos al terreno de la lucha política abierta. No somos ingenuos. Sabemos que muchos dirigentes y activistas de las nuevas organizaciones, influidos por corrientes políticas populistas o por posiciones sindicalistas, no estarán de acuerdo con esta perspectiva. Sin embargo, es necesario abrir la discusión ampliamente en las principales organizaciones del movimiento obrero (ocupados y desocupados) y de la juventud estudiantil. Esto  permitirá reagrupar y fortalecer a los sectores más avanzados de la clase trabajadora, en un proceso de fusión con los marxistas revolucionarios, cualitativamente superior a todo acuerdo logrado en los procesos cotidianos de la lucha de clases. Permitirá también influenciar sobre los sectores más radicalizados de las clases medias y evitar que estos sean ganados por nuevas variantes parlamentaristas (y paradógicamente) antipartido, como la que impulsa el diputado Luis Zamora, o frentepopulistas como Izquierda Unida, donde uno de sus dos principales socios, el Partido Comunista, es también impulsor del Frenapo junto a banqueros como Heller y diputados del semi-oficialista Frepaso.

Lamentablemente, corrientes como el Partido Obrero llevan adelante una política centrista frente a todo fenómeno transitorio (en su momento los movimientos piqueteros, hoy las asambleas barriales) que combina un electoralismo autoproclamatorio febril con el embellecimiento a direcciones burocráticas como la de la Asamblea Piquetera13. Sin embargo, mantienen un discurso general en favor de la “independencia política de la clase obrera” y la necesidad de un partido revolucionario. Por ello, desde el PTS los hemos llamado insistentemente a impulsar en común un Bloque de la Izquierda Obrera y Socialista no sólo para el frente único cotidiano en la lucha de clases sino para impulsar un Movimiento o Partido político de los trabajadores en base a un programa revolucionario.

Creemos que esta táctica es la más adecuada hoy para avanzar lo más rápidamente posible en la formación de un partido de trabajadores revolucionario con influencia en las bases obreras y populares que se constituya en el estado mayor que necesita la próxima revolución obrera y socialista.

Esta política general hacia el movimiento de masas y hacia otras organizaciones con las que tenemos acuerdos programáticos sólo parciales, debe complementarse, sin embargo, con la fusión con todos aquellos elementos o grupos con los que compartamos acuerdos programáticos y estratégicos profundos y que entiendan la construcción de un partido revolucionario en Argentina como parte de la construcción del Partido Mundial de la Revolución Socialista, una Internacional Revolucionaria. En este sentido, hemos planteado la táctica de construcción de un Comité de Enlace Abierto constituido alrededor de los “test ácidos” de la lucha de clases. Esta táctica es útil tanto a nivel internacional como nacional. Todo paso que demos en la fusión con otros marxistas revolucionarios fortalecerá, por supuesto, la táctica planteada más arriba hacia la construcción de un gran partido revolucionario en nuestro país.

Notas

1 Consideramos a la clase obrera en un sentido amplio, comprendiendo a todos aquellos que, desprovistos de todo medio de producción, están obligados a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario.

2 Debe tenerse en cuenta que las categorías utilizadas en los censos y demás fuentes estadísticas oficiales (como la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC) sólo permiten una aproximación gruesa a la composición de la población por clase social. Por ejemplo, en la categoría “asalariados” aparece una pequeña minoría de quienes cumplen funciones de dirección del capital (planta gerencial, capataces, etc.), que no reciben un salario en sentido estricto sino que se apropian de la plusvalía en tanto funcionarios del capital; o como “cuenta propia” figuran muchos que son parte del proletariado y semiproletariado a quienes no se emplea en relación de dependencia directa.

3 Aunque no existen datos actualizados, la continuidad de la crisis económica ha hecho disminuir esta cantidad de trabajadores industriales durante el 2001 (y más aún en la construcción, un sector donde el empleo viene en caída libre), y hoy mismo, con la aguda depresión económica de noviembre, diciembre y enero, existe un nuevo salto en la caída del empleo que resulta aún difícil de mensurar con exactitud, especialmente en empresas pequeñas, comercios y trabajadores contratados. Algunas estadísticas hablan de que el desempleo se habría incrementado hasta un 23%, las cifras más altas de la historia argentina, incrementando así la porción del proletariado que actúa como “ejército industrial de reserva”. Los que han sentido el primer impacto han sido los trabajadores contratados, aunque, por el momento, no han sido generalizados los despidos entre los trabajadores “efectivos” de la industria y los servicios en firmas medianas y grandes que agrupan más de 500 trabajadores.

4 El movimiento de desocupados había tenido su primer desarrollo durante los años ‘96 y ‘97, con el primer y segundo “Cutralcazo” y los levantamientos en Tartagal (Salta) y Jujuy. A partir de estas acciones se generalizó el corte de rutas como método de lucha y los piquetes y asambleas como forma de organización, incluyendo enfrentamientos con las fuerzas de represión que contuvieron “elementos de guerra civil”. Desde entonces fueron creciendo las organizaciones de desocupados, especialmente alrededor del control y distribución de los planes “trabajar” y otros similares.

5 En un trabajo reciente se plantea lo siguiente referido al análisis de las organizaciones de desocupados: “Por su homogeneidad y autoconciencia, se localizan en el grado de organización de intereses económicos inmediatos, más que en el de los intereses del grupo social más vasto, o en los plenamente políticos, lo que los asemeja a los embriones de la organización sindical, aunque será el desarrollo del proceso histórico general el que determine si ésta es la tendencia que va a imponerse o si se constituyen en embriones d otras formas de organización que expresen intereses de clase como totalidad” (Nicolás Iñigo Carreras y María Celia Cotarelo, Clase obrera y formas de lucha en la Argentina actual, en Cuadernos del Sur Nº 32, pág. 48). Precisamente lo votado en la Segunda Asamblea Piquetera iba en el sentido de “expresar los intereses de clase como totalidad”, cuestión que es opuesta a la estrategia de colaboración de clases sostenida por la FTV- CTA y la CCC. No extraña que hayan evitado que este proceso se desarrollara.

6 Luis D’Elía, proveniente históricamente de la Democracia Cristiana, fue, primero, electo concejal de La Matanza por las listas del Frepaso en la Alianza; y, en las recientes elecciones de octubre de 2001, diputado provincial en la Provincia de Buenos Aires por el Polo Social.

7 El PCR que dirige la CCC se orienta abiertamente a buscar alianzas con el “ala nacionalista” de las FFAA encarnada hoy, según ellos, en los seguidores del “carapintada” defensor de los militares genocidas Mohamed Seineldín.

8 El conflicto iniciado en junio de 2001 mostró el establecimiento de lazos activos de unidad entre los sectores de las clases medias golpeados por la crisis y los trabajadores. Surgido como una lucha “gremial” contra la SEPI (el consorcio español que tenía el control de la empresa) y el gobierno argentino, la paralización por 9 días de los vuelos por una huelga de los técnicos de APTA y el comienzo de una gran campaña nacional de los sindicatos con campamentos permanentes en los aeropuertos y boicot a los vuelos de la empresa española Iberia, responsable del vaciamiento de Aerolíneas, transformaron la lucha en una “causa nacional”. Recordemos que en este conflicto los trabajadores (incluidos los aristocráticos pilotos) cruzaron un avión en una pista de Aeroparque haciendo un “corte de pista” como nunca se había visto. La CGT tuvo que llamar a un paro general en apoyo a los trabajadores de Aerolíneas y “contra los gallegos”. El conflicto de conjunto tuvo un contenido antiimperialista. El apoyo en la población fue masivo. Esto obligó a intervenir a los gobiernos argentino y español y culminó en un triunfo parcial de los trabajadores, que recibieron los pagos adeudados y consiguieron la reanudación de los vuelos, previo cambio del grupo operador.

9. El 19 y 20 de diciembre los elementos de “guerra civil” más avanzados de las jornadas los protagonizaron los jóvenes trabajadores y estudiantes que desplegaron una suerte de “guerra de guerrillas urbana” en la Batalla de Plaza de Mayo, como trágicamente lo expresan los caídos, en su mayoría jóvenes. Fueron ellos los que recogieron la experiencia de casi cinco años de levantamientos de los desocupados de ciudades lejanas, que muchos de esos jóvenes sólo conocieron por TV (por esta relativa inexperiencia hubo muy escasa preparación “técnica” para la batalla). Los saqueos también pueden ser considerados como métodos de guerra civil, en el sentido que rompen la legalidad burguesa, pero son una forma espontánea y elemental que permanentemente está al borde de degenerar en enfrentamientos de “pobres contra pobres”. En las centenares de acciones de apropiación de alimentos realizadas en estos días (se han contabilizado más de 600 en una semana, frente a las 800 realizadas en 52 días a fines de la presidencia de Alfonsín), sólo unas pocas tuvieron participación de organizaciones de desocupados. Los desocupados “piqueteros”, salvo pequeños grupos, por acción de sus direcciones, también estuvieron ausentes en Plaza de Mayo, lo mismo que sectores organizados del movimiento obrero. Esto de debió esencialmente a una cuestión de dirección: la FTV y la CCC tenían convocada a una manifestación para el jueves que resolvieron levantar ante la declaración del estado de sitio, es decir, lo inverso de lo que hicieron los miles que combatieron en Plaza de Mayo y sus inmediaciones; la CTA, llegó a concentrar unos 80 miembros a las 14 horas de ese día en el Congreso, a los que dio órdenes de retirarse. Sus dirigentes pasaron todo el día recluídos en el local del FRENAPO. Sólo cuando el correr de la tarde iba informando de los muertos y De la Rúa demoraba su renuncia, las dos CGT y la CTA convocaron a un paro general para el viernes 21, posteriormente levantado cuando se concretó la renuncia del presidente. Espontáneamente varias fábricas pararon en la tarde y noche del jueves 20 y el viernes 21. El transporte estaba también parando en la noche del 20. Si De La Rúa no renunciaba, la huega general del 21 tenía claras tendencias a ser activa. Se hubiera desarrollado el frustrado “cuarto acto” de las jornadas revolucionarias, con la perspectiva de una semi-insurrección del tipo de la que aconteció en el Cordobazo.

10. Considerada en un sentdio amplio, la independencia de clase comprende la conquista de nuevas instituciones de autoorganización para la lucha, un programa obrero que sea adoptado por sectores cada vez más amplios que permitan conquistar a los trabajadores la hegemonía en la alianza obrera y popular e, indisolublemente ligado a esto, la construcción de un partido de trabajadores revolucionario, socialista e internacionalista, con influencia de masas, que agrupe a lo mejor de la vanguardia y la juventud trabajadora y estudiantil.

11. En La Verdad Obrera Nº 94 del 20 de diciembre del 2001, que fue repartido por miles durante la “Batalla de Plaza de Mayo”, planteamos los ejes centrales de tal programa obrero de respuesta a la crisis, aunque, obviamente, sus ejes de acción deben ser precisados ante los cambios en la situación. También puede consultarse la Declaración sobre las Jornadas Revolucionarias en Argentina de la Fracción Trotskista (Estrategia Internacional), publicada en esta misma edición, escrita a poco de asumido el gobierno de Duhalde.

12 Este planteo es distinto del que hacía Trotsky a fines de los años ‘30 en EE.UU., cuando las grandes luchas que dieron lugar al surgimiento de la CIO habían prestigiado a los dirigentes sindicales y hacían posible la táctica de buscar que “los sindicatos pesen en la vida política nacional” y sean la base para la formación de un Partido de Trabajadores de masas, en el que los revolucionarios lucharían por tratar que tenga un programa revolucionario desde el vamos, pero que, si esto no se daba, podrían formar durante un período parte del mismo buscando desarrollar alas revolucionarias y pelear la dirección a reformistas y centristas. En Argentina hoy, el papel abiertamente traidor jugado por las distintas alas de la burocracia sindical no plantea la posibilidad de que la vía a la independencia de clase pase por una ruptura de los sindicatos con el peronismo. Los dirigentes burocráticos se encuentran fuertemente desprestigiados por su colaboracionismo con los gobiernos de turno. La dirección de Moyano de la CGT “rebelde”, que se había represtigiado durante el año 2000 por su oposición a la reforma laboral de De la Rúa, ha sufrido un proceso de rápido desgaste por sus sucesivas treguas y su nuevo acercamiento al PJ y a la CGT “oficialista” de Daer. Esto se expresó ya en la Asamblea Piquetera, cuando Moyano fue chiflado e impedido de hablar. En la crisis, se ubicó a la rastra del sector “productivo” de la burguesía, siendo el vocero más entusiasta de la salida devaluatoria, lo que le ganó aún mayor enemistad entre los sectores medios en los que nunca gozó de popularidad, que veían que esa medida iba a ir en su contra. Luego de ser uno de los más entusiastas defensores del fugaz gobierno de Rodríguez Saá, ahora ha señalado su apoyo al gobierno de Duhalde y sus aliados del “grupo productivo”.

De Gennaro y la CTA tienen su peso fundamental entre estatales y docentes. Aunque su desprestigio es menor que el de Daer y Moyano, su rol ha sido tan traidor como el de éstos. Estuvieron completamente ausentes en las jornadas revolucionarias de diciembre y participaron de la ultrarreaccionaria “mesa de diálogo y concertación” auspiciada por el gobierno, la Iglesia y las Naciones Unidas. No se puede descartar, sin embargo, que se vea obligado a tomar una actitud más opositora debido a los ataques que anuncia el gobierno a estatales y docentes, su base. Estratégicamente, la CTA se prepara para ser base de un proyecto de tipo frentepopulista, del que el Frente Nacional contra la Pobreza (FRENAPO) puede actuar como embrión.

Es evidente que a ninguno de estos dirigentes puede hacerse un llamado a formar un Partido de Trabajadores. Tampoco hay dirigentes burocráticos de menor nivel que estén expresando una política sustancialmente distinta a la de sus líderes, aunque en la base de la CTA hay cierto descontento por la actuación vergonzosa del día 20 de diciembre.

13 Peor aún cuando, a principios de los ‘90, el PO participó durante más de un lustro en el engendro semiburgés y semireformista del Foro de San Pablo junto al terrateniente Cárdenas, el PT de Lula, etc

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