Christian Castillo


Diez meses después de las Jornadas que sacudieron a la Argentina
noviembre 22, 2002, 6:35 pm
Filed under: Artículos

Revista Lucha de Clases nro 1, Bs. As., noviembre de de 2002.

por Christian Castillo

1. MARXISMO E IMPRESIONISMO: UN PRIMER BALANCE

Cuando todavía la intensidad de las jornadas del 19 y 20 de diciembre no se habían aplacado, y las caracterizaciones facilistas e impresionistas estaban a flor de piel, en un artículo publicado en la revista Estrategia Internacional en el mes de febrero del 2002 [1], definimos que una combinación de circunstancias hacían difícil que la nueva etapa revolucionaria abierta en Argentina tuviese un rápido desenlace. Señalamos entonces que lo más probable era que los ritmos de los acontecimientos fuesen más del tipo de los vividos por el proceso revolucionario español entre 1931 y 1939 que aquéllos que caracterizaron a la revolución rusa, con un desenlace de meses entre la revolución de febrero y la conquista del poder en octubre de 1917 [2]. Recibiendo en esos días las acusaciones de “obreristas” y “dogmáticos” por nuestras afirmaciones, dábamos peculiar importancia al hecho que en las Jornadas Revolucionarias la clase obrera, incluso su fracción desocupada, no intervino con sus organizaciones debido a la acción de sus dirigentes de los sindicatos y movimientos de desocupados [3], a diferencia de lo que había ocurrido en los Rosariazos, Cordobazos y otras rebeliones del período ’69-’71. Esto implicaba que, al revés que lo ocurrido con las capas medias urbanas -especialmente de la Capital- el proletariado (a su vez, quien más había luchado contra el gobierno aliancista [4]), no se sintió protagonista como tal de las jornadas del diciembre argentino. Este hecho daba para nosotros un handicap a un poder burgués que había quedado altamente desarticulado, sobre todo porque una vez que Duhalde en el poder se apuraba a tratar de dirimir la puja interburguesa entre “dolarizadores y devaluadores” a favor de estos últimos, sólo una fuerte acción proletaria podía impedir que los costos de la devaluación se descargasen fundamentalmente sobre sus espaldas. Este análisis nos permitió huir del simplismo y la superficialidad de las caracterizaciones planteadas entonces por corrientes como el MST o el PO. El primero, como acostumbra, batió todos los récords con su definición de “revolución de las cacerolas”. El segundo no le fue en zaga, desconociendo la importancia de que la clase obrera ocupada estuviera ausente en la progresiva -pero insuficiente- alianza entre “piquetes y cacerolas” de principios de año. Por nuestra parte, señalando claramente el carácter revolucionario de la nueva etapa abierta por las Jornadas de diciembre, preferimos la “impopular” tarea de huir del sentido común y apelar al marxismo para definir que la alianza de clases necesaria para terminar de derrocar al régimen dominante flaqueaba por el que debía ser, justamente, su eje articulador, el proletariado más concentrado de la industria y los servicios. Intentar una definición precisa no fue un mero ejercicio intelectual para evitar que el marxismo quedase reducido a las vulgares definiciones de M. Petit, J. Altamira o L. Zamora, sino que constituyó un instrumento para delinear todo un norte de acción estratégico para el período por venir: más que nunca, hacia la clase obrera, y, especialmente, hacia sus sectores de vanguardia. Pensando en un proceso revolucionario con ritmos “españoles”, la paciente, ardua y por momentos poco vistosa tarea de ayudar al desarrollo de la perspectiva del marxismo revolucionario entre una nueva generación de dirigentes obreros, como los que se están forjando en Zanón, Brukman y otros establecimientos, lo consideramos la tarea revolucionaria por excelencia. A diez meses de diciembre, los hechos nos empiezan a dar la razón. La “crisis de dirección” simultánea que viven las clases fundamentales de la sociedad permiten pensar en un período que seguirá siendo convulsivo, con coyunturas cambiantes, y que es difícil que sea rápidamente cerrado. Hoy, al revés que en los primeros meses del año cuando el impresionismo alentaba una visión facilista respecto de repetir rápidamente con Duhalde lo hecho con De la Rúa y Rodríguez Sáa, ciertas visiones superficiales tienden a desestimar el potencial revolucionario del período que estamos viviendo. Cuando la acción de masas no es lo que prima y ciertos aspectos de la normalidad burguesa parecen haberse restablecido, vuelven a la carga los que pregonan la “sensatez” del reformismo más estrecho -esgrimiendo la madurez de Lula por su acuerdo con el empresario textil Alencar como ejemplo- y sostienen la imposibilidad de toda transformación revolucionaria. O los derrotistas que dicen que el PJ ganará nuevamente las elecciones y todo volverá al curso que tuvo en la década pasada. Ambos están tan equivocados como quienes en enero y febrero sobrestimaron la potencialidad de los cacerolazos. Para la burguesía, la superación de las contradicciones estructurales que estallaron en diciembre no será algo fácil, máxime considerando que la crisis capitalista hoy golpea a EE.UU. y que la propia política imperialista tout-court del gobierno Bush, alentada por el reciente triunfo republicano en las elecciones norteamericanas, tensa toda la situación mundial. Sería criminal, por ello, confundir el apaciguamiento momentáneo en los niveles de las acciones de masas con la resolución de las contradicciones explosivas que caracterizan -y caracterizarán en el próximo período- a la lucha de clases en nuestro país. Si bien la “incursión catastrófica” de la crisis económica no pudo ser aprovechada en estos meses por una clase obrera que, aunque recuperándose, venía muy golpeada de la derrota de los ’90, no será sencillo que se reconstruya un nuevo bloque burgués dominante. La recolonización que EE.UU. -y en menor medida la Unión Europea- de la mano del FMI y el Banco Mundial impusieron en América Latina está cuestionada por amplios sectores de las masas de la región, justo en momentos en que el gobierno de Bush está dando pasos para profundizar el control económico, político y militar de lo que considera su “patio trasero”. No será sin nuevas derrotas de las masas que el ALCA y una nueva vuelta de tuerca de las políticas neoliberales podrán imponerse en nuestros países. Más particularmente en nuestro país, la crisis de hegemonía burguesa, con el radicalismo reducido a su mínima expresión histórica y un peronismo fragmentado en proyectos que no se tocan, difícilmente encontrará una rápida resolución, independientemente de los mejores o peores resultados electorales que pueda obtener uno u otro candidato en las próximas elecciones. Tanto los avances de la vanguardia obrera y popular sobre la propiedad capitalista -y en conciencia y organización- como la respuesta represiva dada desde el estado y bandas paraestatales muestran que los tiempos que se avecinan son más “setentistas” que los que caracterizaron los ochenta y los noventa. La definición sobre un difícil cierre inmediato de la etapa revolucionaria abierta en diciembre no pretende ser tranquilizadora: la articulación entre diferentes victorias y derrotas parciales son las que van preparando el desenlace del drama histórico, como bien nos lo recuerda la historia reciente de nuestro “ensayo general” revolucionario que vivimos entre 1969-1976. De ahí que aunque registremos la debilidad inmediata de la burguesía para dar una derrota estratégica a los trabajadores, es imperioso señalar que la “carrera de velocidad” entre los contendientes fundamentales ha comenzado. ¿Podrá la clase trabajadora aprovechar este desconcierto de las clases dominantes y transformarse en alternativa de poder? ¿Será por el contrario la burguesía capaz de superar la tormenta y restablecerá algún tipo de patrón de acumulación capitalista? ¿O estaremos entrando en un período de decadencia nacional sin límite? Toda nuestra voluntad está puesta para que prevalezca la primer alternativa. Para ello, construir una dirección revolucionaria de la clase obrera, capaz de acaudillar la alianza obrera y popular que permita conquistar un gobierno de los trabajadores es la tarea de la hora.

2. EL NUEVO ESQUEMA ECONÓMICO

La devaluación realizada por el gobierno de Duhalde fue descargada esencialmente sobre los hombros de la población trabajadora. El salario perdió gran parte de su poder de compra. Medido en dólares, con una devaluación del peso de alrededor de un 275 % [5], su caída fue estrepitosa. Mientras que la inflación ha sumado un 40 % desde principios de año, cifra que se eleva a un 73,5 % si tenemos en cuenta los productos que componen la canasta básica de alimentos y el conjunto de los llamados “bienes-salarios”, sólo un pequeño porcentaje de la población asalariada tuvo algún incremento salarial: no sólo quedaron fuera de los $ 100 los trabajadores “en negro” o los “contratados” sino que un alto porcentaje de empresas -en particular pequeñas y medianas- no efectivizaron el módico aumento salarial. El desempleo creció en forma galopante, superando el 23 % de la población económicamente activa, a lo que debemos agregar cifras similares de subempleados y un brutal aumento de la precarización laboral en todas sus formas [6]. Sólo entre enero y junio hubo 329.500 despidos [7]. Para los trabajadores y amplios sectores de las capas medias fueron diez meses de caída en picada en sus condiciones de vida, cuestión en la que ha tenido directa responsabilidad la tregua dada a Duhalde por las tres centrales sindicales [8]. El único paliativo que dio el gobierno fue la implementación del subsidio de 150 pesos (o Lecop, patacones, etc.) del “Plan jefes y jefas de hogar”, que buscó ante todo -y logró hasta el momento- contener la perspectiva de nuevos saqueos de hambrientos y minar la fuerza de los movimientos de desocupados. Este golpe al bolsillo obrero, que es una conquista estratégica que logró la burguesía en estos meses, se vio acompañado de la brutal confiscación de los ahorros de las clases medias. La contracara fue el salvataje recibido por los bancos y las empresas endeudadas en dólares que fueron beneficiarias directas de la pesificación. Para quienes además reciben sus principales ingresos de las exportaciones, es decir, en dólares, el negocio fue redondo. Esta situación mostró lo cierto de la denuncia que hacíamos del carácter antiobrero que tenía la prédica devaluatoria de intelectuales y burócratas sindicales pretendidamente “antimodelo”, como Moyano, cuyo reclamo, lejos de un interés de los trabajadores, expresaba el punto de vista de uno de los sectores patronales en pugna. El llamado “grupo productivo”, cuyo principal vocero, Ignacio de Mendiguren, fue puesto al frente del Ministerio de la Producción a los inicios del gobierno duhaldista, mostró que la principal “producción” en la que estaba interesado era la de un gigantesco salvataje para un amplio sector de los grupos económicos. Pocas veces la caída de la producción industrial fue tan abrupta como durante los meses que Mendiguren estuvo a cargo de su ministerio. En contraposición, las más de 120 empresas y fábricas ocupadas y puestas a funcionar por sus propios trabajadores son una clara muestra de que son los productores directos de la riqueza social y no la parasitaria clase de propietarios capitalistas que llevó al país a la ruina, quienes pueden revertir la catástrofe nacional. En los ’90, Argentina fue uno de los tres países latinoamericanos (junto con Brasil y México) que recibió mayor afluencia de capital transnacional. El grueso de estas inversiones estuvo constituida por la compra a precio de remate de las empresas de servicios que fueron privatizadas, que aseguraban un flujo de ganancias extraordinarias monopólicas y por negocios financieros de distinto tipo en una economía que funcionaba con un alto nivel de endeudamiento público y privado. Al calor de este proceso la composición de las clases dominantes se reconfiguró. Los “ganadores” de estos años -privatizadas, bancos y un puñado de grupos económicos “productivos”- constituyeron el eje del bloque dominante en el que se apoyó el menemismo en sus diez años de gobierno. En sus años de “oro”, mientras amplias capas de la clase trabajadora eran arrojadas al desempleo y se multiplicaba la precarización del empleo con la pérdida de conquistas sociales históricas, muchos sectores de la burguesía y la pequeña burguesía actuaron cómo socios menores de los grupos más concentrados. En esos primeros años este bloque de poder burgués no solo fue dominante sino además hegemónico, concitando gran apoyo en una capa de las clases medias favorecida por el “uno a uno”, y el consentimiento de los estratos más pobres -que pararon de perder con la estabilidad monetaria en comparación al período hiperinflacionario- y de un sector de los trabajadores que aumentó el consumo. Este “modelo” fue golpeado primero en el ’95 con la crisis mexicana y en el ’98 con la incorporación de la región a la crisis que se había desatado en el sudeste asiático y Rusia a partir de julio del ’97, siendo la devaluación del real en el ’99 un golpe de gracia que lo dejó en una larga agonía que se prolongó por dos años en los que todas las ilusiones de la burguesía en sostener la situación tal cuál había estado en los años anteriores se vieron desmentidas. Mientras, las privatizadas y los bancos seguían girando ganancias extraordinarias al exterior. Podríamos decir entonces que, en un segundo período de la década empezó a perder hegemonía y comenzaron las brechas en el bloque dominante que llegaron al punto de división abierta con la puja entre dolarizadores versus devaluadores (cuyo reflejo superestructural en las corporaciones empresarias fue la ruptura del “Grupo de los 8” que los agrupaba a todos durante el auge económico) y la escisión que se produjo en las clases medias atacadas con el corralito a sus ahorros. Finalmente, los tiempos de la crisis económica, la crisis política y la crisis social convergieron y la irrupción violenta de las masas el 19 y 20 de diciembre no sólo se cobró al gobierno de De la Rúa sino que, después del breve interregno de Rodríguez Saa, llevó al poder al sector burgués que venía insistiendo en la devaluación, política que también tenía cierto apoyo del FMI y los capitales norteamericanos que más a mediano plazo podían soñar con desplazar a los europeos de los negocios de las privatizadas. La devaluación del peso realizada por Duhalde dio fin a una puja de más de dos años al interior de la clase dominante sobre cómo responder a la crisis del esquema de la “convertibilidad”. El sector de las privatizadas [9] y los bancos, el que más ganancias habían embolsado durante la década pasada y que alentaba la dolarización, se vio perjudicado por la nueva situación. Por el contrario, con la devaluación y pesificación resultaron ampliamente beneficiados aquellos grupos económicos que tenían fuerte endeudamiento en dólares y reciben sus ingresos en dólares producto de exportaciones, como Techint [10]. También se vio beneficiado el sector agrario, que en medio de una enorme caída de la economía -se espera que el PBI decrezca más de un 15 %- ha tenido una cosecha y ganancias récord [11]. Como lo había hecho Cavallo en anteriores oportunidades, el gobierno de Duhalde realizó un gigantesco salvataje de los grupos económicos endeudados en dólares y los bancos, que sin él hubiesen ido a la bancarrota. La brutal devaluación del salario que señalamos anteriormente completó este cuadro de “deberes” cumplidos por la administración justicialista encabezada por Duhalde. Estamos ante un proceso en el que se ha alterado el esquema con el cual funcionó la acumulación capitalista en los ’90. Un trastocamiento de las condiciones que rigieron en la década anterior y que abre en lo inmediato un escenario de transición para la economía capitalista dependiente argentina, donde a partir de la estabilización del precio del dólar distintos sectores capitalistas intentan aprovecharse de las nuevas condiciones en medio de una extrema precariedad. Junto a la debacle generalizada -según informes más de 1200 empresas han cerrado en estos meses -, hemos visto un aprovechamiento de algunos sectores de las nuevas condiciones, en particular del sector agrario y los grupos locales más concentrados que tienen gran parte de sus costos de producción “en pesos” (empezando por el salario) y cobran “en dólares” sus exportaciones, como es el caso de Techint. Las exportaciones [12], que en los ’90 no superaron el 8% del PBI, hoy han trepado a más del 25%, por el sólo hecho de haberse mantenido relativamente estables -este año serían un 5% menores a las del 2001- en el marco de una fenomenal caída de las importaciones y de toda la economía. Además de las exportaciones, hay elementos de un mini proceso de sustitución de importaciones en algunos rubros puntuales, producto de que se ha vuelto a hacer rentable la producción local frente a las importaciones en varios rubros. Por ejemplo, las empresas textiles y del calzado que no cayeron con el pico de la crisis, han recibido un nuevo soplo de vida. Sin embargo, la combinación de ausencia de crédito, depresión salarial y la pauperización general de la población es un gran limitante del desarrollo de este proceso. Este precario restablecimiento de ciertos negocios capitalistas es, en últimas, lo que ha permitido una estabilidad de algunos meses en el precio del dólar y lo que ha sostenido tanto a Lavagna como ministro de economía y a Duhalde en la presidencia, con la única virtud de “patear” los problemas para adelante. De ellos, el más difícil de resolver en el plazo inmediato quizá no sea tanto el acuerdo con el FMI sino el aumento de tarifas de los servicios público privatizados. El congelamiento de las mismas fue fundamental para que la inflación no se disparase aún más y para evitar un deterioro aún mayor del salario. Sin embargo, aún cuando el gobierno finalmente lograse la firma del acuerdo con el FMI y el dólar y la inflación se mantengan relativamente contenidos, la situación continúa siendo de extrema precariedad. El carácter precario de la situación económica se ve también en la ausencia de proyecto burgués estratégico, no ya en el gobierno “de transición” duhaldista sino en quienes se postulan para sucederle. O también en el carácter coyuntural de las propias alianzas y emblocamientos entre los distintos sectores de la burguesía. No puede ser de otro modo: aún no está resuelta ni la puja con las masas ni los enfrentamientos al interior de la clase capitalista. Los intentos recientes de la UIA de recomponer el “Grupo de los 8”, roto durante el gobierno de De la Rúa como reflejo de la puja entre devaluadores y dolarizadores, aún no han tenido éxito. Si bien una nueva base de unidad burguesa puede partir del enorme beneficio que significa para todos los sectores de la clase dominante la baja producida en el salario vía la devaluación, y en ese sentido todos declaran que defenderán esa conquista contra todo intento de los trabajadores de exigir indexación salarial, esto aún se ha demostrado insuficiente para volver a aglutinar un nuevo bloque de poder burgués. De un lado los exportadores, principalmente los del agro, llamados a ser el eje de un nuevo bloque de poder, reclaman un dólar todavía más alto, y del otro las privatizadas, uno de los ejes del viejo bloque dominante, jaquean al gobierno pugnando por un aumento sustancial de las tarifas de los servicios públicos. Ambos reclamos tendrían efectos inflacionarios y desestabilizarían más aún a un gobierno que intenta mantenerse en el centro, sin echar más leña al fuego de la bronca obrera y popular. En última instancia, la posibilidad económica de lograr un nuevo bloque dominante estable está inseparablemente ligada a la posibilidad política de cambiar la relación de fuerzas más general establecida desde diciembre. Sin que la burguesía resuelva su crisis de hegemonía no hay posibilidad de que se asiente un nuevo patrón de acumulación, más allá de recuperaciones parciales que puedan mostrar los índices económicos. No podemos olvidar que Menem pasó sus dos primeros años de gobierno con agudas convulsiones antes de derrotar importantes huelgas de trabajadores estatales que resistieron las privatizaciones y resolver la puja burguesa alrededor de conformar un nuevo bloque hegemónico, articulado sobre la base de las privatizadas y los bancos, y aprovechando la nueva ola de neoliberalismo producto del triunfo estadounidense en la guerra del Golfo y el establecimiento de gobiernos restauracionistas del capitalismo en Rusia, Europa del Este y China -el país que más inversiones capitalistas atrajo en la década de los ’90, fuera de EE.UU.- y la Unión Europea. Finalmente señalemos dos cuestiones referidas a la relación con el FMI y el imperialismo norteamericano. Entre otros aspectos, en la crisis argentina se expresó una nueva “crisis de la deuda” que también se manifiesta en la crisis brasileña: son 750.000.000.000 de dólares los que debe la región después de dos décadas y media de desangrar las economías locales para garantizar los pagos y haber privatizado las empresas públicas en los ’90. En Argentina, sólo la deuda pública alcanza los 114.574 millones de dólares, un 130 % de la producción total del país en un año. En la década anterior los servicios de la deuda se cumplían gracias a un ingreso permanente de capitales en una de las regiones que se presentaba como uno de los “mercados emergentes” más exitosos, cuestión que no hizo sino incrementar los niveles de endeudamiento. En nuestro país, luego de un breve momento donde la deuda disminuyó un poco producto de la venta de los ingresos de las privatizaciones, el ingreso de capitales era clave ya que la balanza comercial era claramente deficitaria. Se generó entonces un verdadero espiral de endeudamiento, donde la toma de deuda pública a altos intereses para pagar los intereses de préstamos anteriores fue un gran negocio para los bancos. Con la devaluación el panorama ha cambiado. Debido a la brutal caída de las importaciones, la balanza comercial se ha vuelto superavitaria, con un saldo favorable de 11 mil millones de dólares en los ocho primeros meses del año. A pesar del default con los bancos declarado en la breve presidencia de Rodríguez Sáa, este año el estado argentino pagó alrededor de 4000 millones de dólares con recursos propios de servicios de deuda a los organismos de crédito multilaterales, y más de 14 mil millones (que representan un incremento de casi un 87 % respecto a lo gastado en el 2002 y un 2,7 % del PBI) están programados en el proyecto de presupuesto 2003 elaborado por el Ministerio de Economía. Es así que se perfila un nuevo esquema, basado en el superávit comercial, con el cuál nuestro país garantizaría la continuidad del pago de la deuda externa, con puntos de contacto con el que rigió en la década del ’80. Es decir, que lejos de todo desconocimiento de la usuraria deuda externa y de defensa de los “intereses nacionales”, lo que se ha ido gestando en estos meses de tironeos con el FMI y el Banco Mundial ha sido la garantía de un nuevo esquema de pagos “sustentables” por parte del gobierno argentino, que hipoteca tanto la economía nacional como lo hizo el régimen de pagos vigente durante la “convertibilidad”. Por último, hay un elemento de importancia que es la relación con las potencias imperialistas. Si bien en los ’90 la subordinación política de nuestro país respecto a los dictados de EE.UU. fue la mayor de la historia (sólo comparable a la subordinación a gran Bretaña en los años de la década infame), fueron empresas y bancos europeos quienes resultaron principales beneficiarios del proceso de privatizaciones. La crisis que para estas empresas ha representado la devaluación (recordemos que su rentabilidad se mide en dólares) abre hipotéticamente la perspectiva de que el capital norteamericano aproveche la situación para iniciar una recompra de estas empresas a costo menor. Sin embargo, tanto por la crisis propia de la economía norteamericana como por la desconfianza general de los inversores hacia la región, esto no es aún lo que está sucediendo. En realidad, es difícil, más allá de casos puntuales, que nuevos inversores imperialistas de envergadura desembarquen en la región si la burguesía no avanza en solucionar su “crisis de hegemonía”, cuestión que está lejos de haberse saldado. Mas allá que en la burguesía recomience lentamente la discusión sobre hacia dónde orientar sus negocios en la nueva situación, y de la gran conquista que significa para la clase dominante haber logrado deprimir brutalmente los salarios con la combinación de devaluación e inflación, un nuevo “patrón de acumulación” capitalista no puede terminar de materializarse sin mediar nuevas definiciones políticas en el plano internacional (desarrollo de la crisis económica mundial, avances o no en la implementación del ALCA) y nacional (recomposición o no de la hegemonía burguesa).

3. LA CRISIS DE HEGEMONÍA BURGUESA

Aún cuando lo peor de la caída económica parece haber pasado y las acciones de masas han perdido el dinamismo de los primeros meses del año, la crisis de dominio burgués sigue siendo muy aguda. En estos meses el régimen ha dejado de lado toda tentativa de reforma. Lejos del “que se vayan todos” , “todos” han conspirado para quedarse. El “ancien regime” del Pacto de Olivos, que fue herido de muerte por la acción de las masas el 19 y 20 de diciembre, muestra que va a resistir hasta el final. Ni siquiera las medidas que se habían barajado en los primeros meses del año como forma de “cambiar algo para que nada cambie” se llevaron adelante. No sólo no se realizó ni la forma bastarda del “que se vayan todos” que era la caducidad de los mandatos -ni hablar de una Asambnlea Constituyente-, sino que hasta el conjunto de los miembros de la hipercorrupta Corte Suprema se mantienen en sus puestos: ni renuncias negociadas ni juicio político, escandalosamente evitado en el parlamento. Incluso se han dado el lujo de volver a presentarse públicamente algunos de los rostros más impopulares de los políticos patronales como Menem, que pasó de la cárcel y de no poder pisar la calle a realizar actos de campaña de algunos miles y pretender ser el candidato oficial del PJ aún a costa de acentuar la fragmentación del peronismo. En el corto plazo, esta salvaguarda de los actores del régimen del Pacto de Olivos es el principal logro de un débil gobierno de Duhalde que se ha caracterizado por ver fracasar cada uno de sus proyectos. No sólo le fracasaron los anuncios más pomposos sino que ni siquiera pudo conseguir que se presentase como candidato del peronismo quien mejor podía alinear a más sectores y era el preferido del establishment, carlos Reutemann. A su vez, el calendario electoral se modificó varias veces y aún hoy resulta aventurado decir cuándo y en qué forma se realizarán las próximas elecciones. Pese a todo, la intensidad de las acciones de masas han disminuido considerablemente y el gobierno continúa en funciones. La promesa del “gobierno de transición”, como se definió a sí mismo el ejecutivo duhaldista cuando asumió, de “evitar la anarquía”, nombre que la burguesía le da al espectro de la revolución, parece haberse cumplido, al menos momentáneamente. Es indudable que esto significa un cambio respecto a los meses que siguieron a las jornadas de diciembre. Sería un error, sin embargo, evaluar unilateralmente esta permanencia en escena de los actores del viejo régimen y la precara estabilidad actual. La conquista que significa para el gobierno de Duhalde el haberse mantenido en pie evitando nuevos embates revolucionarios y la preservación de las instituciones y personajes odiados por la población es un factor que prepara futuras acciones revolucionarias: cuanto más se mantienen las viejas figuras, más se continúa el divorcio entre el régimen y las masas, como expresan claramente los bajos índices de apoyo que registran las encuestas para los distintos candidatos presidenciales y el crecimeinto de la tendencia al no voto o al voto en blanco e impugando, cifra que ciertas encuestas ubican entre el 52 y el 61% de la población. Cuanto menos voluntad de cambiar algo se muestra “desde arriba” más caminos buscan las masas para imponer transformaciones “desde abajo”. Es decir, la falta de reforma alimenta la persistencia del carácter revolucionario de la etapa. De ahí que mas allá del logro inmediato en haber evitado una nueva acción de masas que completase la obra de diciembre, la crisis de hegemonía [13] burguesa continúa y cualquier error en el cálculo de la relación de fuerzas por parte del gobierno y la clase dominante puede generar nuevos levantamientos y acciones de masas, tal como aconteció en junio tras la masacre de Avellaneda. La crisis de hegemonía, si bien abarca al conjutno de las clases subalternas, no se ha desarrollado con los mismos ritmos entre las capas medias y la clase obrera. En aquéllas se produjo una ruptura con su dirección histórica que ha condenado al radicalismo a ser poco más que una sombra. En sus dos años de gobierno, De la Rúa tomó un conjunto de medidas antipopulares que lo llevaron a la ruptura con la propia base social que había apoyado a la Alianza y completó la experiencia con el “partido centenario” que había sido contenida gracias a la relegitimazión que le posibilitó el acuerdo con la centroizquierda frepasista. Desde la debacle de la UCR y el Frepaso, son las clases medias las que aparecen con más nitidez sin representación en el viejo sistema político de partidos. Así se viene reflejando, aún antes de las jornadas de diciembre, con el “voto bronca” de las elecciones de octubre del 2001 alimentado fundamentalmente por sectores medios. El ARI de Elisa Carrió, llamado a cubrir esa representación, se demostró, sin embargo, completamente impotente en el más ácido test para ganar el apoyo de la pequeñaburguesía: el fenomenal saqueo a los ahorros perpetrado por el capital bancario en el que el ARI tuvo poco para decir. En el alto porcentaje de abstenciones que muestran las encuestas electorales los sectores medios demuestran estar lejos de encontrar una nueva representacioón política, lo que significa una de las claves de la crisis del régimen parlamentario en el que, normalmente, la pequeñoburguesía impone la fuerza de su número, imposibilitada incluso en sus aspectos más formales por las características restringidas de las elecciones de marzo que se limitarán a elegir presidente. Tampoco en esto los demócratas reformadores de Carrió pudieron responder al reclamo popular: su apuesta a canalizar el “que se vayan todos”, aunque sea entendido en la mezquina forma de la “renovación de todos los mandatos”, fracasó. En el caso de la clase obrera, fundamentalmente los sectores que se encuentran bajo los grandes sindicatos de la industria y los servicios, aunque su “fidelidad” peronista está en continuo decrecimiento, todavía pareciera estar contenida por alguno de los proyectos peronistas en curso: la intención de voto obrero se divide principalmente entre Rodríguez Sáa, Menem y el rechazo a todos los candidatos. Esto tiene su explicación en la falta de protagonismo de los sectores sindicalizados de la clase obrera en estos meses. A su ausencia de intervención directa (es decir, con sus métodos y organizaciones) en las jornadas revolucionarias del 19 y 20 de diciembre, se agregó la tregua de las direcciones sindicales con Duhalde y al temor a la pérdida del trabajo en medio de un abrumador crecimiento del desempleo. Ha existido entre los trabajadores un enorme desconcierto sobre cómo responder frente a una crisis monumental para la que estaban completamente desarmados. Mucho que ver en esta falta de respuesta tuvo no sólo la actual inacción de las direcciones sindicales sino la anterior prédica devaluacionista desarrollada por la CGT y sectores de la CTA. La gran excepción al “quietismo” obrero de estos meses fue el inédito movimiento de fábricas ocupadas, con Zanon y Brukman bajo control obrero como emblemas, extendida a más de 100 establecimientos de las industrias más variadas y que según ciertas estimaciones abarca alrededor de 10.000 trabajadores. ¿Cómo se completará la experiencia de la clase obrera, o de sectores significativos con el peronismo? Hoy no podemos saber si en los próximos meses los trabajadores protagonizarán algún tipo de enfrentamiento directo contra el gobierno duhaldista que les permita avanzar en la conquista de su independencia de clase o si estos enfrentamientos se darán durante el gobierno que suceda al actual, como es probable. Pero en cualquier caso, aunque en la crisis actual ha sido la última válvula de salvación del régimen (el “partido de la contención”, como lo hemos llamado), el peronismo difícilmente se recomponga de la fragmentación en que se encuentra, con perfiles y proyectos antagónicos entre sus principales referentes -del populismo “cambalachero” de Rodríguez Sáa a la continuidad neoliberal de Menem. Aunque recientemente alrededor de Duhalde se ha nucleado un “centro” peronista que incluye a los principales gobernadores, De la Sota, Solá, Kirchner y hasta Reutemann, este intento de recomponer al PJ no podrá integrar a las alas “extremas” y la unidad alcanzada para desplazar a Menem no será la misma a la hora de lograr una política unificada de un eventual futuro gobierno sucesor a Duhalde. Por su parte las capas medias urbanas, protagonistas activas de las jornadas del 19 y 20 y de las protestas de los primeros meses del gobierno de Duhalde, han mostrado un cierto repliegue en los últimos meses. Pero difícilmente los candidatos peronistas encuentren receptividad en este sector (quizás la excepción sea Kirchner) y los distintos proyectos no peronistas en danza tampoco generan mucho entusiasmo. La derecha, que ha encontrado en López Murphy un nuevo referente, está a la defensiva ideológica y sólo atrae a una pequeña minoría de la clase media alta. La centroizquierda y parte de la izquierda que aspiraba beneficiarse del triunfo de Lula, tampoco presenta ningún proyecto entusiasmante [14]. Este cuadro hace que de conjunto, aunque las masas se encuentren en un impasse en su movilización, las elecciones aparezcan hoy para la burguesía más como una crisis que como una gran oportunidad: de mantenerse el calendario electoral del gobierno, es algo muy probable un próximo presidente que surga deslegitimado desde el inicio por altos niveles de abstención y votos impugndos y en blanco. De ahí que los proyectos de extensión del mandato de Duhalde que alientan sectores del gobierno tengan más que ver con esta falta de salida que son hasta hoy las elecciones que con el llamado “veranito económico” que sería su sustento, según los analistas. En cualquier caso, lo urgente es la conformación, entre todas las fuerzas que no avalamos la trampa electoral, de un comando nacional por el boicot activo para canalizar y organizar en las calles el rechazo de millones que hoy se demuestra en forma pasiva.

4. LOS AVANCES DEL MOVIMIENTO DE FÁBRICAS OCUPADAS

Si bien, como señalamos, las masas han entrado en un cierto impasse que ha permitido la vuelta a escena de los odiados personeros del viejo régimen, en estos meses hemos visto un proceso de continuidad y acumulación en amplios sectores de vanguardia, con el movimiento de fábricas ocupadas apareciendo como un nuevo fenómeno dinámico y de envergadura nacional, frente al relativo estancamiento del movimiento piquetero y al decaimiento de las asambleas populares, los otros dos grandes movimientos que hemos visto desarrollarse en el último período [15]. En un artículo reciente Eduardo Lucita ha señalado que: “El movimiento de ocupación fabril y gestión obrera tiene puntos de contacto con los otros movimientos. Comparte con ellos el carácter asambleario, esto es la discusión sobre quién decide y cómo se decide; con el movimiento piquetero el carácter autogestivo de los emprendimientos que realizan, esto es tomar en sus manos la resolución de los problemas, aspecto que también han comenzado a tomar las asambleas; en conjunto coinciden en el carácter democrático y de pluralidad política que debe prevalecer, rasgo imprescindible para mantener la unidad del movimiento. Más allá del tiempo que puedan perdurar estas formidables experiencias y la profundidad que alcancen, ellas muestran objetivamente que hay destacamentos de trabajadores que, impulsados por la crisis, han tomado la palabra, que han dejado de ser solamente obreros, empleados, técnicos, profesionales, intelectuales .. para avanzar a convertirse en sujetos colectivos, en sujetos sociales conscientes” [16]. Más aún, deberíamos decir que el fenómeno de las fábricas tomadas y puestas a producir es, del conjunto de los originales movimientos de lucha y organización que han surgido en nuestro país, “el más profundo y radical…porque allí los trabajadores cuestionan abiertamente la propiedad capitalista y, al hacerlo, muestran un horizonte al conjunto de las clases oprimidas de la sociedad”. Aún siendo minoritario, el significado que tiene el desarrollo de una nueva subjetividad obrera en un sector de vanguardia es enorme, como muestran en especial los logros alcanzados por el ala clasista del movimiento de fábricas ocupadas expresado por los trabajadores de Zanón y Brukman [17]. La emergencia como actor de envergadura de las fábricas ocupadas es por sí misma una desmentida rotunda de la pseudo-teoría del “sujeto piquetero” planteada por el PO. En nuestro país, el término piquetero está asociado en los últimos años con los movimientos de desocupados que tomaron como principal método de lucha el corte de rutas, el “piquete”. Los piqueteros fueron sin duda un actor fundamental de la lucha de clases en los últimos años, y en varios momentos fueron vanguardia de la clase obrera. Sin embargo es un despropósito antimarxista reducir al denominador común “piquetero” al conjunto de la clase obrera -que en estos años ha utilizado otros métodos de lucha como la huelga general y ahora recurre a las tomas de fábricas- y los sectores populares -como los que se agrupan en las asambleas. Si la clase obrera y el conjunto del pueblo redujesen sus múltiples formas de acción al piquete, no podrían derrotar a la clase dominante y conquistar el poder. Incluso en esta coyuntura particular el movimiento de desocupados presenta luces y sombras. Si bien ha logrado quebrar junto al conjunto de la vanguardia el ataque represivo más duro -que tuvo su punto máximo en la masacre de Avellaneda- y evitar la pérdida del control de los planes de empleo, la práctica de la mayoría de sus componentes está primordialmente constituida en el reclamo de más planes “Jefas y Jefes” y bolsones de comida, en detrimento de una estrategia que ponga la demanda de “trabajo genuino” al frente de sus reivindicaciones, multiplicando las vías de unidad con las fábricas tomadas y otros sectores de la clase obrera “ocupada”. En vez de ayudar a lograr una coordinación honesta entre los distintos sectores en lucha, la fórmula del “sujeto piquetero” empleada por PO lleva a una política de imposiciones burocráticas sobre otros movimientos de lucha, como se vio tanto en las asambleas populares como en la hostilidad mostrada por esta corriente hacia los trabajadores de Zanón y Brukman. En el último período la trascendencia del movimiento de las fábricas ocupadas ha ido creciendo tanto en el reconocimiento popular como incluso en la prensa gráfica oficial y aún en los noticieros televisivos. El diario Clarín le dedicó varias páginas en el suplemento Zona de su edición dominical donde señala la existencia de dos corrientes en su seno, la “cooperativista” expresada por el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas y aquella que impulsa la nacionalización bajo control obrero de las fábricas ocupadas, orientada por Zanón y Brukman. El diario La Nación ha sacado notas y editoriales llamando la atención contra esta violación de la sacrosanta propiedad privada. Y, más particularmente, la prensa también ha da dado cuenta del reconocimiento recibido por los obreros de Zanón durante la visita realizada por Hebe de Bonafini. En la fábrica, ante más de doscientos obreros emocionados, la presidente de la Asociación Madres de Plaza de Mayo entregó su pañuelo a Raúl Godoy, secretario general del Sindicato de Obreros y Empleados Ceramistas de Neuquén (SOECN), acción que sólo había realizado en dos oportunidades anteriores, cuando obsequió su pañuelo a Fidel Castro y al Subcomandante Marcos. Este acto fue una muestra más de la nueva subjetividad obrera que se ha desarrollado entre los ceramistas neuquinos, que abarca tanto el desarrollo de su conciencia política de clase como la toma en sus manos del conjunto de la producción de una fábrica de importante complejidad, junto con las tareas de compra de insumos y ventas de la producción. Un verdadero ejemplo cuya trascendencia ha superado las fronteras de nuestro país y que lleva inevitablemente al recuerdo y la comparación con el clasismo cordobés del SITRAC-SITRAM de los ’70. Como señalan E. Albamonte y M. Romano en el artículo antes mencionado:

“Esta nueva vanguardia obrera ni ha sido parte de insurrecciones (tal es el principal límite de las jornadas de diciembre) ni tiene una conciencia política clasista, e incluso “socialista” como la de los 70, producto de más de dos décadas de ofensiva neoliberal, pérdida de conquistas y organizaciones, incluyendo por supuesto el proceso de restauración capitalista en los estados obreros burocratizados. Pero a cambio, es producto de una crisis capitalista más profunda que la que se inició en el 68 y donde se mantenía el pleno empleo. Las tomas de empresas de los 70, salvo excepciones, no se ponían a producir, es decir no actuaban como un doble poder en el terreno de la producción ni se constituían, como ahora, en pequeñas escuelas de planificación. Este nuevo fenómeno de la subjetividad obrera es menos clasista y socialista desde el punto de vista de la conciencia política y de la ideología, pero más clasista en el sentido de mostrar la capacidad de la clase trabajadora de organizar racionalmente la producción, como adelanto de un nuevo régimen social sin explotadores, como clase efectivamente portadora del socialismo”.

5. EL PROBLEMA DEL PODER Y LA LUCHA POR LA CONSTRUCCIÓN DE UN PARTIDO DE TRABAJADORES REVOLUCIONARIO

La nueva vanguardia que se está fogueando al calor de la etapa revolucionaria abierta el 19 y 20 de diciembre tiene hoy ante sí el desafío no sólo de responder revolucionariamente a la trampa electoral sino de avanzar y poner en pie nuevos organismos de frente único para la lucha basados en la democracia directa y dar pasos en la construcción de la herramienta que le permita llegar a la victoria, un gran partido de trabajadores revolucionario. Hasta el momento fue sólo episódicamente que se mostró en las callles la capacidad de la vanguardia para golpear en común e impactar e influir a importantes sectores de masas, como cuando respondió rápidamente ante la escalada represiva que mostraron los asesinatos de Maxi Kostecki y Darío Santillán. El relativo éxito del gobierno de Duhalde de impedir nuevas acciones de masas ha redundado en cierta impotencia de los sectores más radicalizados para dirigirse a las amplias masas que se encuentran, por ahora, en la pasividad. Lamentablemente, en todos estos meses no se ha logrado un verdadero Congreso Unitario, un centro coordinador de todas las expresiones en lucha. A pesar que varios movimientos y tendencias sotienen en las palabras la necesidad de su convocatoria, las fábricas ocupadas, las asambleas barriales, los movimientos piqueteros, los delegados obreros y estudiantes combativos no tienen una expresión política y de organización centralizada. La Asamblea Nacional de Trabajadores, que podría haber sido un paso en tal sentido, quedó finalmente reducida, por responsabilidad de sus principales convoncantes, a reuniones de tendencias de desocupados, fundamentalmente. Y organismos como la Coordinadora Regional del Alto Valle, no casualmente impulsada por los ceramistas neuquinos y los desocupados del MTD local, son aún excepciones. Se llamen como se llamen, la puesta en pie y masificación de organismos de esta naturaleza es fundamental para que la clase obrera sea verdadera alternativa de poder y para que sus sectores más combativos y conscientes disputen la dirección de las amplias masas trabajadoras a las direcciones burocráticas. Porque en toda etapa revolcionaria como la que vivimos es justamente el problema del poder lo que está planteado dirimir. De ahí lo negativo tanto de las concepciones reformistas que se adaptan a las trampas y recambios del régimen “democrático” como de los que sostienen que es posible “cambiar el mundo sin tomar el poder”, postutras que deben ser enfrentadas inflexiblemente, ya que plantearse el problema del poder es inevitablemente preguntarse por las vías de construcción de una dirección revolucionaria. En la etapa que se abrió en la Argentina su puesta en pie en una posibilidad real. Sólo pensemos en la popularidad que goza la idea de que es legítimo que los obreros ocupen fábricas y las pongan a producir por sus propios medios, o que los asambleístas tomen predios para organizar distintas actividades. Difícilmente este proceso de deslegitimación de aspectos fundamentales (como la propiedad privada y el Estado) en los que se basa el régimen capitalista sufra un retroceso cualitativo sin mediar importantes derrotas. Por último, el elemento de dirección consciente del proceso, aunque ha visto desde diciembre un cierto desarrollo, está claramente por detrás de lo que reclama la maduración más general de la vanguardia y la consciencia de sectores de masas. Precisamente para ayudar a desarrollar el factor de dirección política está dirigido el llamado del PTS a las organizaciones, dirigentes y activistas obreros, piqueteros, asambleístas y estudiantes que reivindican la lucha por la revolución obrera y socialista, en especial al MAS y al PO, para dar pasos en la formación de un gran partido de trabajadores revolucionario unificado, que permita que las decenas de miles de luchadores que hoy tortuosamente retoman el hilo revolucionario dejado por la generación del ’70 pueda esta vez dirigir a los trabajadores a la victoria. Que sea la clase obrera la triunfadora en la “carrera de velocidad” que está abierta en la etapa con la burguesía por ver quién da su salida a la crisis histórica que atraviesa la Argentina.

Notas

[1] C. Castillo, “Reflexiones sobre la dinámica de clases y los ritmos de la etapa revolucionaria” en Estrategia Internacional Nº 18, febrero de 2002.

[2] Allí señalábamos que “difícilmente la etapa revolucionaria abierta en Argentina tenga una rápida resolución. Sus “ritmos” tienen por ello puntos de contacto con los procesos donde la etapa revolucionaria pasa por varias fases o situaciones cambiantes. Podríamos hacer una cierta analogía con lo ocurrido en la España de los años ’30″.

[3] Recordemos que el 20 de diciembre la FTV-CTA de D’Elía y la CCC levantaron una movilización en momentos mismos en que la policía reprimía salvajemente en Plaza de Mayo. Tanto la CGT de Moyano como la CTA sólo convocaron a un paro general en la tarde del 20, cuando ya había varios muertos, para levantarlo pocas horas después tras la renuncia de De la Rúa.

[4] Al que le realizó nada menos que siete paros generales en dos años.

[5] Un artículo de Página/ 12 de principios de octubre señalaba: “la devaluación precipitó un aumento explosivo de los precios, provocando un rápido deterioro del salario real. Dado que los precios que más han crecido son aquellos vinculados con la canasta de consumo de los trabajadores (bienes salarios), la recuperación de los ingresos vía la asignación no remunerativa de 100 pesos destinada a todos los trabajadores del sector privado ha sido insuficiente. El costo de los productos que consumen los sectores de menores recursos aumentó el triple que la inflación de septiembre, que fue del 1,3 por ciento y que en el año acumula un incremento de 39,7 por ciento. Según informó el Instituto Nacional de Estadística y Censos, la canasta básica de alimentos que se utiliza para determinar las líneas de indigencia y pobreza ascendió en septiembre 3,9 por ciento y en los nueve meses suma un aumento de 73,5 por ciento. Ese aumento de suma fija, resistido por cierto sector empresario y cuestionado por economistas de la city por ser iflacionario, tuvo un incidencia despreciable en los costos de las compañías. Un interesante documento preparado por el Instituto para el Modelo Argentino (IMA), ’¿Cómo afecta un incremento de los salarios a los costos de producción?’, revela que un aumento salarial de hasta 300 pesos no provocaría aumentos significativos de los costos en la mayoría de las empresas. Esa conclusión enfreta la hipótesis sostenida desde el empresariado de que el aumento salarial se trasladaría a los costos, alimentando la inflación por puja distributiva”, 4-10-02). Una clara muestra de sobre quiénes han caído los costos de la devaluación y una muestra de la `pusilanimidad de los dirigentes sindicales que han permitido este brutal golpe al salario obrero.

[6] Un estudio publicado por el diario Clarín calcula que el trabajo “en negro” se incrementó de un 30% en 1998 a un 50% en la actualidad. A su vez, otro trabajo aparecido en el Suplemento Cash de Página/ 12 el 13-10-02, da cuenta de esta monumental precarización del empleo señalando que “cartoneros, vendedores ambulantes, traficantes de bienes robados, distribuidores de estupefacientes, socios del club del trueque, prostitutas y beneficiarios del Plan Jefes y Jefas de Familia son ocupaciones antiguas y modernas, legales e ilegales, con un punto en común: están entre las pocas que generaron puestos de trabajo en los últimos cuatro años”.

[7] Según consigna el artículo de Ismael Bermúdez “Récord de despidos en la primera mitad del año”, aparecido en Clarín del 2-07-02.

[8] Resulta inexplicable por ello la afirmación realizada por Nicolás Iñigo Carreras en su artículo “las centrales sindicales” aparecido en el Nº38 de Le Monde Diplomatique, edición argentina, del mes de agosto, sobre que “las metas planteadas por las centrales sindicales hoy muestran que las tres se ocupan del interés del asalariado”.

[9] Estas empresas obtuvieron en la década de los ’90 una ganancia de nueve millones de dólares solamente como producto de los ilegales aumentos de tarifas realizados en el período de acuerdo con la modificación del índice inflacionario norteamericano.

[10] “De acuerdo con un informe elaborado por las ocnsultoras Economática y M&S, al que accedió Página/ 12, las empresas que más incrementaron su facturación entre enero y junio últimos respecto de similar período del 2001 fueron las exportadoras. Esa realidad, no obstante, no se traduce automáticamente en una mayor rentabilidad ya que ésta depende no sólo de las ventas sino también de la exposición financiera de cada compañía: por ejemplo, cuál es su nivel de deuda y si los pasivos fueron pesificados o no. También resulta importante si la empresa en cuestión necesita adquirir insumos importados. En ese caso, su margen de rentabilidad se achicará en proporción al impacto de ese insumo en el producto terminado. El documento de Economática y M&S se efectuó entre 40 empresas con oferta pública en la Bolsa de Comercio. Siderca, del grupo Techint, fue la compañía que más engrosó su facturación: un 239,6 por ciento, de 644 millones de pesos durante el primer semestre de 2001 a 2188 millones entre enero y junio de este año. Siderca coloca tubos sin costura en los mercados internacionales. La segunda posición del ranking está ocupada por la química Atanor, muy ligada a los insumos para el campo, que vio expandir sus ventas de 82,6 a 207,7 millones entre un año y otro, lo que implica una mejora del 151,4 por ciento”. Página/ 12, 4-10-02.

[11] El diario Clarín, en un artículo del 2 de octubre en el que señala las expectativas de repetir en el 2003 la cosecha récord de 69,5 millones de toneladas de este año (incluyendo los cuatro principales granos que produce Argentina, soja, trigo, maíz y girasol), señala: “Por sus exportaciones de granos, que representan el 30% de sus ventas totales, la Argentina embolsa de 8.000 a 9.000 millones de dólares. Y en la etapa post-convertibilidad, esas divisas resultan vitales para controlar el dólar y evitar una mayor inflación. Hace unos meses, cuando la crisis arreciaba, los pronósticos eran catastróficos y se llegó a hablar de una caída del 20%. Según Lebed, ahora el panorama cambió gracias a la devaluación y la mejora de los precios internacionales de los granos. “Los valores que recibe el productor son interesantes y existe para el campo un panorama más que optimista”, señaló. El titular de Agricultura, en esa línea, aseguró que el sector fue uno de los grandes beneficiados con el final del 1 a 1. “Al campo le pasaron muchas cosas a favor. El aumento de los granos (en pesos) fue de 250 a 300% y al mismo tiempo, por la pesificación, el sector pudo reducir su deuda al 35 o 40%. Además, muchos productores pudieron cancelar sus pasivos con bonos”, destacó el funcionario. Lebed, no obstante, aclaró que hay una gran porción de productores que “todavía no puede levantar cabeza y necesita un tratamiento diferencial” por parte del Estado. En ese sentido, anticipó que al Programa Social Agropecuario (PSA), que atiende a unas 12.000 familias minifundistas, se le reintegrarán 5 millones de pesos al presupuesto, que habían sido recortados. El secretario también dijo que gestionará una nueva reducción de las retenciones para las economías regionales. Pero no prometió lo mismo para los productores de la pampa húmeda, que por esa vía hoy dejan hasta 23,5% de sus ingresos en las arcas del Estado. Remarcó, al menos, que “esas retenciones no van a subir””.

[12] Sobre la dinámica que pueden tener las exportaciones hay distintas apreciaciones. Mientras algunos hacen incapié en que la falta de crédito y la depresión de los mercados mundiales, junto con la pérdida de ventajas competitivas para exportar a Brasil producto de la baja del real, otros plantean una visión más optimista respecto a un aumento de las exportaciones en el próximo período. Un informe del Suplemento Cash de Página/ 12 del 1-09-02 da cuenta de esta posición “optimista”: “Con el mercado interno absolutamente planchado y sin un horizonte de reactivación a la vista, cada vez más sectores productivos están buscando zafar de la crisis vendiendo fronteras afuera. Las exportaciones tradicionales de granos, carnes y energía están creciendo por los altos precios internacionales y los excedentes generados por la recesión. A éstos se suman los rubros que, gracias al altísimo tipo de cambio real, se volvieron competitivos internacionalmente, como el calzado, textiles, madereros y bodegueros, entre otros. Incluso, dada la calificada mano de obra nacional, se comienzan a desarrollar proyectos de producción de software. También buscan mercados externos productores de bienes no tradicionales en la cartera de exportación del país. Además, la reciente decisión de Estados Unidos de permitir que más bienes argentinos ingresen a su mercado con arancel cero abre nuevos frentes para colocar productos. A pesar de que en el primer trimestre del año hubo muy pocos despachos por la debacle económica y que la crisis bancaria restringe la financiación de las exportaciones, se espera que este año las ventas externas aumenten levemente. Analistas oficiales y privados coinciden en que en los próximos dos años el país puede incrementar sus ventas al exterior en más del 50 por ciento”. Luego este mismo diario ha publicado artículos que plantean perspectivas más prudentes.

[13] En sus Notas sobre Maquiavelo Gramsci señalaba que: “En cierto momento de su vida histórica, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales. Esto significa que los partidos tradicionales, con la forma de organización que presentan, con aquellos determinados hombres que los constituyen, representan y dirigen, ya no son reconocidos como expresión propia de sus clase o de una fracción de ella. Cuando estas crisis se manifiestan, la situación inmediata se torna delicada y peligrosa, porque el terreno es propicio para soluciones de fuerza, para la actividad de potencias oscuras, representadas por hombres providenciales o carismáticos.(…) En cada país el procso es diferente aunque el contenido sea el mismo. Y el contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente que ocurre ya sea porque dicha clase fracasó en alguna gran empresa política para la cual demandó o impuso por la fuerza el consenso de las grandes masas (la guerra por ejemplo) o bien porque vastas masas … pasaron de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantearon reivindicaciones que en su caótico conjunto constituyen una revolución. Se habla de “crisis de autoridad” y esto es justamente la crisis de hegemonía o crisis del Estado en su conjunto”. Obras de Antonio Gramsci, tomo 1: Cuadernos de la carcel: Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, Juan Pablos Editor, págs. 76 y 77.

[14] El “Espacio Ciudadano” impulsado por Carrió, Zamora y la CTA duró casi nada, mostrando la impotencia de la política reformista de lograr un cambio pacífico y ordenado a un nuevo régimen. Carrió se encuentra ahora relanzando su campaña electoral mientras Zamora llama a no presentar candidatos en las elecciones amañadas, siendo Izquierda Unida -mostrando una total adaptación al régimen democrático burgués- quien se prepara a legitimar por izquierda la trampa electoral. El PO, por su parte, se encuentra deshojando la margarita: es la única tendencia cuya posición frente a la convocatoria electoral… ¡Es no tener ninguna posición!

[15] Ver E. Albamonte y M. Romano, “Reflexiones a 9 meses de las jornadas revolucionarias”, en La Verdad Obrera N° 109.

[16] E. Lucita, “Fábricas ocupadas y gestión obrera en Argentina. Ocupar, resistir, producir”.

[17] E. Albamonte y M. Romano, op.cit

Anuncios

Dejar un comentario so far
Deja un comentario



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s



A %d blogueros les gusta esto: