Christian Castillo


Una nueva etapa en el gobierno Kirchner: Realineamientos de clases y debates de estrategias
abril 22, 2004, 6:25 pm
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Revista Lucha de Clases nro 2/3, Bs. As., abril de 2004.

Por Christian Castillo

Las polémicas abiertas el 24 de marzo alrededor de la inauguración del Museo de la Memoria en la ESMA; la crisis del Congreso del PJ en Parque Norte; la masiva movilización a partir del caso Blumberg exigiendo “seguridad” (con presencia fundamental de las clases medias acomodadas); la podredumbre puesta nuevamente de manifiesto en la “bonaerense” y sus lazos con las “mafias” políticas del conurbano; y las tendencias a una mayor intervención de la clase obrera, son claros síntomas del fin del primer período del gobierno de Kirchner, aquél que alentó una imagen facilista de las dificultades que enfrenta la burguesía para reconstruir su régimen de dominio luego de la rebelión popular de diciembre de 2001 [1]. En estas últimas semanas, la palabra “crisis” se escuchó más que en todos los meses anteriores de gobierno. Aunque en lo inmediato “la sangre no llegue al río”, la relación entre “kirchneristas” y “duhaldistas” pasó por su peor momento desde la asunción del patagónico. Esto no implica, sin embargo, que el gobierno no pueda en forma alguna sortear (o, al menos, “acolchonar”) las manifestaciones inmediatas de estas crisis: tiene a su favor que la recuperación económica impulsa la unidad burguesa, lo que hace de amortiguador de los choques políticos. Pero lo que es evidente es que una primer etapa, aquélla en que las tendencias a la polarización social quedaban opacadas por los altos índices de apoyo a la gestión presidencial, ha quedado atrás.

Más en general, lo que hemos visto en estas semanas son distintas expresiones de la continuidad de la “crisis orgánica” del capitalismo semicolonial argentino, que se mantuvo latente durante el primer período del gobierno de Kirchner. En un plano más inmediato esta crisis ha mostrado tres expresiones centrales. Por un lado, la recuperación económica se basó en un formidable saqueo al bolsillo de la clase trabajadora y de los sectores populares, sobre cuyos hombros se montó la devaluación, consolidándose la “dualización” social del país. En el “capitalismo en serio” de “Mister K” distintos sectores capitalistas están haciendo importantes negocios y los sectores acomodados de las clases medias vuelven al consumo casi como en los tiempos del “menemato” [2]. Esto no ha implicado, sin embargo, que la burguesía haya consolidado un nuevo liderazgo hegemónico como el que existió en la década del ’90. Mientras la burguesía y la alta pequeño burguesía recuperan ganancias e ingresos, los salarios han caído a su piso histórico y son millones los que continúan en la pobreza y la indigencia. Continúa la sangría de la deuda externa y los aumentos de precios de las últimas semanas han golpeado nuevamente el bolsillo popular. Esta reproducción, después de casi un año y medio de “ciclo ascendente” de la economía, de los niveles de desigualdad social preexistentes, es lo que potencia las tendencias a la división en las clases medias (con la paradoja de que quienes más han visto mejorar su situación económica son quienes ven con más desconfianza los gestos “a izquierda” del gobierno) y, a la vez, el comienzo de una mayor intervención obrera, fomentada por una situación de salarios planchados en medio de la recuperación económica, cuyos sectores más combativos están comenzando a dar luchas por recuperar lo perdido en los gobiernos anteriores y por defenderse frente a la escalada inflacionaria. El segundo elemento a señalar es que la renovación del régimen ha sido muy limitada. Si bien el recambio gubernamental logró generar expectativas en amplios sectores de masas, lo cierto es que las elecciones permitieron que “se quedaran todos”. O, más precisamente, fue mayor el recambio de personal político de la burguesía en el aparato “ejecutivo” del Estado que lo ocurrido a nivel parlamentario o en la mayoría de las gobernaciones provinciales. De ahí que no extraña que en provincias como Santiago del Estero o San Luis se hayan abierto crisis de envergadura a pesar de los altos porcentajes electorales que pocos meses antes habían obtenido los gobernadores respectivos, o los repudios, por izquierda y por derecha, que sigue suscitando la “clase política”. Es que, más allá de los índices de apoyo circunstanciales a la gestión presidencial en sus primeros meses, la crisis del sistema “bipartidista” no ha sido resuelta con la emergencia de nuevos “partidos orgánicos”, sino sólo ha sido mitigada mediante la constitución de coaliciones inestables, como la que hoy expresa la alianza entre “kirchnerismo” y “duhaldismo”. En tercer y último término, la discusión sobre la “seguridad” muestra una crisis general del aparato represivo del Estado, que no abarca sólo a la emblemática Policía “bonaerense”, sino a la Policía Federal [3], las policías provinciales, el Servicio Penitenciario y el conjunto del sistema carcelario, etc.. Estas fuerzas represivas apenas han modificado su accionar desde los tiempos de la dictadura, contando en sus filas con centenares de represores del proceso y gozando de total impunidad para manejar múltiples redes mafiosas y criminales, contando con un entramado cómplice que alcanza a la justicia y a los poderes políticos. De conjunto estamos viendo que, aunque en los primeros meses del gobierno de Kirchner el movimiento de masas fue “pasivizado”, la burguesía no ha conseguido superar su “crisis de hegemonía”. Los realineamientos de clase ocurridos desde entonces; los límites de la recuperación económica y de la recomposición del régimen político burgués; y cuál debe ser la estrategia de la izquierda revolucionaria ante la actual situación, son los temas que desarrollamos en este artículo.

I. REACOMODAMIENTOS EN LA BURGUESÍA: APROVECHANDO LAS VENTAJAS DEL “CICLO ECONÓMICO”

Si algo caracterizó la crisis de dominación burguesa en nuestro país en el período previo a diciembre de 2001 fue la profunda división que corroyó a la clase dominante desde el comienzo de la recesión a mediados de 1998 y, más agudamente, desde la devaluación del real, en enero de 1999. Los principales grupos capitalistas se agruparon en torno a dos salidas antagónicas frente a la crisis del régimen de la convertibilidad, esquemáticamente los “dolarizadores” y los “devaluadores”. Los primeros, recordemos, agrupaban a quienes fueron los principales “ganadores” de los ’90, las empresas privatizadas y los bancos. En esa década, las primeras tuvieron una tasa de rentabilidad 10 veces mayor que las empresas no vinculadas a las privatizaciones y 6,6 veces mayor a las que tuvieron alguna vinculación con ellas. De la masa de ganancias obtenidas por las 200 empresas más grandes del país entre 1993 y el 2000, las 26 empresas privatizadas, un 13% del total, concentraron un impresionante 56,8% [4]. Los bancos cobraron tasas usurarias por los préstamos al Estado y realizaron todo tipo de negociados, el último de los cuales fue la monumental estafa del “Megacanje” de De la Rúa y Cavallo. Con la imposición tras diciembre de 2001 de la salida devaluatoria, cambiaron las “reglas del juego” para los negocios capitalistas. Algunas medidas, como la pesificación de las deudas en dólares y la brutal caída salarial, beneficiaron a casi todos los sectores capitalistas por igual. Pero el nuevo esquema alteró las capacidades de obtener rentas extraordinarias. Los primeros beneficiados fueron los grandes exportadores de “comodities”, que aprovecharon la ventaja combinada de la disminución de costos locales y la suba de precios en el mercado internacional. Los exportadores de productos agrícolas, de petróleo y grupos industriales que exportan gran parte de su producción y tienen dimensión internacional como Techint, o alimenticias como Arcor, fueron de los principales favorecidos por la nueva situación. No casualmente estas dos últimas empresas lideran un bloque dentro de la Unión Industrial Argentina que ha trabajado para desplazar a la actual conducción “menemista” de Álvarez Gaiani, con la cual alternan disputas y acuerdos parciales tratando de tomar el control de la central patronal [5]. Entre las privatizadas, después de un primer momento de disminución de ganancias, el mercado cautivo y la reactivación han mostrado en el 2003 nuevamente grandes beneficios para la gran mayoría de las empresas. Entre ellas la gran “ganadora” ha sido Repsol-YPF, que aprovecha la disminución de los costos locales en dólares para vender en el exterior gran parte de su producción en gas y petróleo, como quedó en evidencia con la “crisis energética”. Por su parte los bancos, pese a recibir “compensaciones” millonarias por parte del Estado, aún no se recuperan de la gigantesca crisis financiera. Más allá de los sectores capitalistas de menor peso que también se han visto beneficiados por el limitado proceso de “sustitución de importaciones” ocurrido tras la devaluación, son aquellos a quienes nos referimos inicialmente los grandes triunfadores de la nueva situación. Eduardo Basualdo ha señalado correctamente que estos sectores son una fracción de lo que él llama la “oligarquía diversificada” para dar cuenta de los sectores capitalistas dominantes en el último período histórico. El proyecto económico de estos sectores pasaría por “el desarrollo de un planteo exportador sustentado sobre el infra-consumo de los sectores populares pero apoyado en la demanda, transferencias e incentivos estatales, manteniendo una economía abierta tanto en términos del mercado de bienes como de capitales y sin proyecto de reindustrialización que pudiera ponerla en situación de competir con el gran capital transnacional” [6]. Es decir, ningún cambio sustancial de la estructura de país “heredada” de los ’90. En la actualidad el conjunto de la “élite” empresaria está acomodándose al nuevo esquema, con la posibilidad de nuevos ganancias después de cuatro años de recesión, la más larga de la historia argentina. Independientemente que para la mayoría sus preferencias electorales estuvieron en un gobierno de Menem o López Murphy, la nueva posibilidad de negocios los han ido convenciendo de las bondades del tándem Kirchner-Lavagna. De ahí que, mal que bien, no existan mayores protestas patronales frente a las principales opciones de política económica tomadas por el gobierno. Esta unidad económica burguesa es uno de los aspectos de mayor estabilidad en la situación actual, que favorece que las fricciones políticas encuentren, más allá de su precariedad, “treguas” antes que enfrentamientos decisivos. Sin embargo, la solidez de la unidad burguesa está lejos de tener el nivel de consolidación que logró el liderazgo capitalista que dominó la década pasada, el ejercido por el capital financiero que tomó el control de las “privatizadas” y los negocios bancarios. Hoy la burguesía está fundamentalmente articulada alrededor del aprovechamiento común del nuevo ciclo de negocios, por el que nadie, por otro lado, apuesta mucho por su “sustentabilidad”, para utilizar el término a la moda en la tecnocracia de las “ciencias sociales”. Muchos datos de la economía argentina muestran que su recuperación se apoya en varios elementos favorables de la coyuntura pero que nadie parece apostar que se mantendrán en el 2005. Un reciente artículo en el que cita a un consultor de empresas extranjeras que operan en nuestro país plantea cuál es la percepción dominante entre ellas respecto al futuro: “No aumentan la apuesta, las inversiones, pero tampoco huyen. Tienen más incertidumbre que pesimismo. Los economistas locales a quienes el Banco Central consulta sobre sus pronósticos se quejaron de que se les pidieran predicciones para el 2005 porque es un horizonte ’difícil de predecir’. ¡Eso lo dicen los economistas argentinos! ¿Quién va a poner una fábrica donde nadie se anima a pronosticar el 2005? La única inversión razonable en esta situación es comprar un bono que uno puede vender en cualquier momento. Pero una inversión fija requiere horizonte. Por ende, ¿qué se le puede pedir al gerente local que debe recomendar a su casa matriz respecto de una inversión en la Argentina? Nadie predice hoy el caos, pero tampoco se juega” [7]. El crecimiento este año ha sido muy fuerte, casi un 9%, pero partiendo de un piso muy bajo, sin superar todavía los niveles anteriores al comienzo de la recesión. Esto ha hecho que en general se ha utilizado la capacidad instalada previamente. Si bien en algunas ramas de actividad el crecimiento en la producción ha provocado “cuellos de botella” (como la refinación de petróleo, la industria papelera y las metálicas básicas, que superaron una utilización del 85%), en otras todavía puede continuar la expansión en base al aprovechamiento de una importante capacidad ociosa (como los sectores productores de bienes de consumo masivo -como el de alimentos y bebidas- y los productores de insumos de construcción -minerales no metálicos- que actualmente están utilizando menos del 80% de su capacidad instalada, o el sector automotriz, que aún recuperándose fuertemente cuenta aún con gran capacidad inactiva) [8]. Pese al importante crecimiento, salvo en sectores muy puntuales, si bien está en aumento la inversión, ha estado hasta el momento más bien limitada a los sectores que están obteniendo ganancias extraordinarias. Una encuesta realizada por el INDEC en los últimos meses del 2003, señalaba que el 55% de las grandes empresas encuestadas no preveía en lo inmediato realizar nuevas inversiones. Abel Viglione, economista de FIEL, señala que “en el cuarto trimestre se invirtió el equivalente a 16,9% del PIB. Pero el saldo de todo el año fue del 14,3% del PIB, una cifra muy baja que indica una inversión real per capita de 486 dólares, similar a la de 1989, y muy por debajo de la realizada en el período 1991-2000. Si no aumenta la tasa de inversión en el mediano plazo disminuirá la tasa de recuperación” [9]. Con un limitado acceso al crédito y sin un claro sector que opere como dinamizador del conjunto de la economía (no crece cualitativamente la obra pública, condicionada como todo el gasto estatal por el pago de la deuda externa; el consumo popular sigue deprimido por los bajos salarios, sólo aumentando el consumo de la alta pequeño burguesía y la burguesía; la inversión extranjera es muy puntual; el crecimiento de las exportaciones también es limitado y no puede hacer de motor del conjunto), la inversión, como señalamos, está por ahora concentrada en los sectores que están dando ganancias extraordinarias o cuentan con mercados cautivos, como muestra la lista de las principales inversiones comprometidas para el período 2003-2007, con Repsol-YPF (u$s 6000), Telefónica (u$s 1000 millones), Consorcio Techint (u$s 800 millones), Bunge Argentina (u$s 300 millones) o Cargill (u$s 200 millones) [10]a la cabeza. Es que el 2004 es visualizado como un año de transición, en el que deben definirse distintas variables políticas y económicas, nacionales e internacionales, que permitirán ver si la actual recuperación económica puede sostenerse. Políticamente, en noviembre son las elecciones en Estados Unidos, cuestión que cobra mayor importancia frente al empantanamiento de la ocupación imperialista en Irak. Este año también se tomarán definiciones en cuanto al ALCA y posiblemente exista también un panorama más claro sobre la complicada situación brasileña, y en particular si se consolida un cierto bloque político con Argentina. No menos importante, en los próximos meses veremos también si se llega a un acuerdo con los acreedores de la deuda en default y con el FMI. Y en las últimas semanas se mostró la gravedad de la “crisis energética”, que algunos estiman que podría frenar el crecimiento del PBI este año en un 1 ó 2%. Pero, independientemente que la diferente resolución que tengan estas cuestiones plantearán, junto con la evolución de la lucha de clases nacional e internacional, distintos escenarios para la continuidad o no del actual ciclo de recuperación, lo cierto es que entre las fracciones dominantes de la burguesía no parece existir otro proyecto que el del aprovechamiento particular de las diversas oportunidades, lejos de cualquier “proyecto alternativo de país”. Por ello, los llamados de la intelectualidad de centroizquierda a “reconstruir una burguesía nacional” no son otra cosa que sembrar falsas ilusiones en un sujeto que durante todo el siglo mostró su incapacidad absoluta para romper las cadenas de la dependencia imperialista [11].

II. LA DISGREGACIÓN DEL “BLOQUE DE DICIEMBRE” Y LOS NUEVOS REALINEAMIENTOS EN LAS FUERZAS SOCIALES

Señalados los reacomodamientos existentes en lo alto de las fracciones burguesas, analicemos ahora los realineamientos de fuerzas sociales y políticas que se han dado en las demás clases sociales, tratando de adelantar algunas hipótesis sobre los conflictos futuros. En diciembre de 2001 en el enfrentamiento a De la Rúa y Cavallo confluyó un amplio bloque de clases y fracciones de clase. Poco después de aquellos acontecimientos escribíamos lo siguiente: “Los desocupados y masas pobres que marcharon sobre los hipermercados, las clases medias con sus ’cacerolazos’ y marchas contra los bancos, y una amplia vanguardia juvenil que protagoniza enfrentamientos con la policía: todos ellos irrumpieron simultáneamente en las jornadas revolucionarias. Todavía se presenta la inercia de un frente unificado que podríamos llamar el ’bloque de diciembre’, si ponemos bajo ese nombre el conglomerado de clases populares, incluidos los asalariados en general, que protagonizaron el embate de masas que derrocó a Cavallo y De la Rúa (…) Los ocho millones de asalariados, y en especial los trabajadores concentrados en los servicios, la industria y el transporte que fueron los primeros y principales opositores a De la Rúa y desgastaron su gobierno con ocho paros generales, sin embargo, no fueron determinantes en los momentos álgidos de las jornadas de diciembre y hoy aparecen diluidos en ’el pueblo’. La tónica general es impuesta por las capas medias, especialmente las de la Capital, más ilustradas, más politizadas y concientes”. Y más abajo afirmábamos en el mismo artículo: “Aunque las clases medias cumplan por un período, como lo están haciendo, un rol deslegitimador del poder burgués, son incapaces, por su heterogeneidad y sus límites de clase, de constituir embriones de poder independiente al de la burguesía. Es ilusorio proyectar estratégicamente la acción de las clases medias como un todo homogéneo contra el viejo régimen político (…) las capas medias se dividirán según líneas de clase. En la etapa revolucionaria que se ha abierto, sectores de ellas se inclinarán cada vez más a impugnar al régimen político por derecha, buscando definitivamente un hombre fuerte o un ’partido del orden’, y otras capas tenderán hacia la izquierda junto a la clase trabajadora y las masas pobres, elemento indispensable de la alianza obrera y popular revolucionaria. Pero para ello la clase obrera debe ser un factor autónomo. El proletariado no ha demostrado ser el más decidido y consecuente combatiente, no ha mostrado un camino independiente a las clases medias pobres porque él mismo no lo ha encontrado aún (…) Hasta tanto, esta es la cuestión fundamental que retrasa el calendario del proceso revolucionario en Argentina” [12]. Cierto que con ritmos más lentos que los que preveíamos entonces, esta dinámica de clases se ha mostrado esencialmente correcta a más de dos años de aquellos acontecimientos. En este período el peso político y social de las capas medias siguió siendo ampliamente predominante, permeando con sus valores, sensibilidades y puntos de vista al conjunto de las clases sociales. Por su retracción durante el 2002 y el 2003, producto del temor al despido y del colaboracionismo de las burocracias sindicales, la clase obrera perdió “visibilidad” (con la excepción que presentó el altamente simbólico, pero limitado en extensión, proceso de las fábricas ocupadas), al punto que en los debates públicos, aún entre gente que se pretende de izquierda, es generalmente considerada a partir de su condición de pobreza y no como el sujeto social a partir del cuál articular la alianza de clases revolucionaria para sacar al país de su postración. El “bloque de diciembre” que mencionamos en la cita, se fue disgregando paulatinamente. Ni bien el gobierno de Duhalde logró una cierta estabilización económica y dio garantías sobre la devolución de la mayor parte de los ahorros, los sectores acomodados de las clases medias comenzaron un progresivo giro a la derecha, que se expresaría en el alto caudal electoral recibidos por López Murphy y Menem en la elección presidencial de abril de 2003 y hoy se encarna en el reclamo de un “Estado policial”. Por su parte, los sectores medios y bajos de las clases medias, dieron vida a las asambleas populares, protagonizaron la alianza entre “piquete y cacerola” y fueron junto a los trabajadores desocupados parte fundamental de la movilización que puso freno a la intentona bonapartista del gobierno duhaldista con los asesinatos de Maxi Kosteki y Darío Santillán en Puente Pueyrredón. Estos sectores, que mayoritariamente se pauperizaron en la década de los ’90 y se desencantaron con el Frepaso y la Alianza, venían desplazándose progresivamente a izquierda, como antes de las jornadas habían mostrado las elecciones de octubre de 2001 (donde las distintas corrientes de izquierda sumaron más de 1.000.000 de votos). La ausencia casi completa de intervención de la clase obrera ocupada favoreció, sin embargo, que este sector fuese ganado para la salida electoral, en la que apoyó a Elisa Carrió o a Kirchner en la elección presidencial, y hoy es el destinatario privilegiado de los “gestos simbólicos” de este último. El primer período del gobierno de Kirchner, apoyado en la fuerte reactivación económica y en una política de confrontar con figuras emblemáticas -pero con poco o ningún poder real-, del viejo régimen, mostró una inicial e ilusoria unidad de ambos sectores de las clases medias que fue motor del apoyo a la gestión presidencial. Sobre la base de una clase media permeable a los reclamos de “orden” y “normalidad” se montó una campaña de demonización de los desocupados organizados en los movimientos piqueteros, que fue impulsada desde los sectores de derecha más retrógrados y los principales medios masivos de comunicación hasta el propio gobierno y sus aliados, como el líder de la FTV, Luis D’Elía. Aunque a veces coqueteando con los reclamos represivos (como la frustrada “brigada antipiquetes” o las denuncias judiciales por los cortes y bloqueos) [13], Kirchner combinó una estrategia de cooptación con la política de “ni planes ni represión”, con el fin de llevar al desgaste y al aislamiento a los movimientos piqueteros más combativos y, a la vez, no desprestigiarse ante los sectores medios “progresistas” como le ocurriera a Duhalde con la masacre de Puente Pueyrredón. La respuesta de las organizaciones más combativas, aunque en parte logró mitigar la política de caída de planes provinciales y nacionales con la que se pretendió quitarles base, no estuvo a la altura de la encrucijada planteada [14], sin poder evitar los avances de la estrategia gubernamental.

LA DIVISIÓN EN LAS CAPAS MEDIAS Y TENDENCIAS A LA INTERVENCIÓN OBRERA

Luego de este primer período del nuevo gobierno, donde las clases medias tendieron a actuar en bloque, hoy estamos viendo el comienzo de una importante diferenciación en su seno, a la vez que una tendencia, aún incipiente, a la intervención y a la organización en el movimiento obrero ocupado. La polémica sobre el “terrorismo de Estado”, por un lado, y la base lograda por las propuestas para avanzar en un “Estado policial”, por otro, mostraron alternativamente a la ofensiva a los dos sectores en que tiende a dividirse la clase media. En el primer caso, las distintas expresiones de la derecha local quedaron claramente a la defensiva, como mostraron las importantes manifestaciones del 24 de marzo y el muy fuerte apoyo registrado en las encuestas a la decisión de transformar la ESMA en Museo de la Memoria, especialmente entre los jóvenes. Señalar el síntoma que esto expresa no quita el indispensable desenmascaramiento que debe hacerse a la política gubernamental en este terreno, donde Kirchner intenta presentarse más a la izquierda que sus predecesores. Al igual que lo había hecho con la anulación de las leyes de obediencia debida y punto final, Kirchner se apoyó en los sectores “progresistas” de las capas medias tomando gran parte de la crítica formulada por los organismos de derechos humanos y la izquierda a la “teoría de los dos demonios”, con fines tácticos y estratégicos. Lo táctico estuvo dado por su necesidad de poner a la defensiva a sus adversarios en la interna peronista. Lo estratégico, en plantear sobre una nueva base la política de “reconciliación” con las Fuerzas Armadas, ante el fracaso de la política de impunidad practicada por los gobiernos de Alfonsín, Menem y De la Rúa. Con esta política, si bien la burguesía logró evitar la cárcel para los genocidas del proceso (el “pacto de impunidad” sobre el que se asentó el régimen bipartidista) tuvo para ella el alto costo de mantener completamente deslegitimadas a las instituciones que son garantes en última instancia del poder estatal, incapaces para jugar el papel de “árbitro” ante una eventual crisis de poder. Para el gobierno este perfil “izquierdista” en su política de derechos humanos ha tenido y tiene también la ventaja de disimular la enorme continuidad en el terreno económico con los gobiernos anteriores y ocultar su papel de auxiliar de las potencias imperialistas en la “lucha contra el terrorismo” y la desestabilización de determinados regímenes, como es el caso del envío de tropas argentinas como parte de la “fuerza multinacional” instalada en Haití tras el golpe dado por Estados Unidos contra Aristide. Aún así, fue la primera vez que Kirchner recibió fuertes críticas por derecha tanto al interior del PJ como por parte de la prensa burguesa “más seria”, que hasta el momento venía apoyando casi irrestrictamente la gestión presidencial. Lo opuesto es lo sucedido con el caso Blumberg, donde el secuestro y brutal asesinato del joven estudiante permitió volver al primer plano a todos los representantes más reaccionarios de la escena social y política. La masiva movilización del 1º de abril (que reunió entre 80 y 150 mil personas) convocó esencialmente a los sectores más acomodados de las clases medias, muchos de ellos venidos de la zona norte del Gran Buenos Aires. Como él mismo ha afirmado, con el asesoramiento inicial del ex Ministro de Seguridad de Ruckauf en la provincia de Buenos Aires, Jorge Casanovas; con el aval de los medios masivos de comunicación, desde Radio 10 y Canal 9 hasta La Nación y los distintos medios del Grupo Clarín; el padre de la víctima impuso un discurso que, si bien se diferenció de los pedidos de pena de muerte (y ahora intenta abrirse de las figuras más retrógradas de la derecha local), es claramente reaccionario. No coincidimos de ninguna manera con aquellos que (increíblemente, incluso en la izquierda [15]), apoyándose en las denuncias de Blumberg de la participación de la “bonaerense” en el asesinato de su hijo, evaden definir el carácter reaccionario de sus propuestas: en el petitorio que propone, y que fue la base de la votación de las nuevas leyes de endurecimiento de penas, no hay una sola demanda progresiva. Lejos de esto, fomentan un endurecimiento penal y más poderes a las fuerzas represivas fortaleciendo el “Estado policial”, el cuál es inevitablemente utilizado en la “criminalización de la miseria”, como en atacar la protesta social. Justamente cuando la llamada “criminalidad organizada” que protagoniza los secuestros no sería posible sin la “protección y complicidad policial o la intervención directa de ciertos sectores activos de la policía en los negocios delictivos llevados a cabo por estas asociaciones” [16] y cuando se han conformado “determinadas redes de policiamiento regulatorio del delito, cuya consecuencia más significativa ha sido el establecimiento de un circuito estable de autofinanciamiento policial, generado en un conjunto de dádivas y fondos provenientes de diversas actividades delictivas permitidas, protegidas o llevadas a cabo por policías corruptos” [17]. Como bien denunciaron los familiares de varias víctimas del “gatillo fácil”, en estos días se ha mostrado el carácter profundamente clasista del reclamo de “seguridad” que sostienen los sectores acomodados de la clase media, los mismos que miran para otro lado ante los brutales asesinatos policiales de centenares de jóvenes, pertenecientes en la mayoría de los casos a los sectores populares [18]. En esta tendencia a la polarización de la clase media que mostraron estos dos hechos, son expresión que la etapa en que lo hecho por el gobierno conforma al conjunto de las capas medias parece haber llegado a su fin. Es que los índices de aprobación de un “80%” se apoyaron en lograr una adhesión amplia pero superficial a la política del gobierno, en la que aquellos a quienes gustan los “gestos políticos” del presidente reniegan de la continuidad que muestra la política económica, y quienes se ven favorecidos por esta última ven “demasiado izquierdista” al primer mandatario. De ahí la imposibilidad que mostró en este período en transformar la adhesión pasiva en movilización activa en su apoyo. Si las tendencias evidenciadas continúan desarrollándose, a Kirchner cada vez se le hará más difícil mantener el “equilibrio” realizado hasta el momento para presentarse como el gobierno de la “opinión pública”, es decir, que en su discurso público busca congraciarse con el “sentido común” de las capas medias en su conjunto. Más estratégicamente, en el peso político protagónico cobrado por los distintos sectores de las clases medias, se ve con agudeza la falta de acción independiente de la clase obrera que señaláramos en el artículo citado en febrero de 2002. Si frente a las crisis la pequeño burguesía tiende a dividirse entre las grandes clases fundamentales -un sector tendiendo a seguir a la gran burguesía y otro a confluir con la clase trabajadora- cuando no hay liderazgo proletario, se divide según los distintos proyectos burgueses. Así, reclamos democráticos justos, como la condena al terrorismo de Estado, sin una política independiente de las fuerzas políticas burguesas, serán utilizados demagógicamente como cobertura de políticas antiobreras y antipopulares. Igualmente, la falta de respuesta a la crisis estructural de la nación, que el proyecto “capitalista en serio” de Kirchner sólo puede perpetuar, facilitará el consenso futuro entre la clase media, incluso con el apoyo de sectores populares, para salidas abiertamente reaccionarias, ya sea en los marcos democrático burgueses o por medios directamente bonapartistas. De ahí la importancia que cobran los nuevos síntomas que se están dando en el movimiento obrero tanto a nivel de luchas como en la organización de listas de oposición antiburocráticas en los sindicatos. Junto con la relevancia que reviste la mantención de conquistas del proceso de ascenso anterior (como Zanón o como fue la vuelta a la fábrica de las obreras de Brukman), entre las luchas más significativas del último período está sin duda la huelga de tres días de los trabajadores del subte, que le torcieron el brazo a un acuerdo inconsulto realizado por la patronal de Metrovías y la conducción burocrática de la UTA, en el que bajo la cobertura de la conquista de las 6 horas de trabajo para todos los trabajadores se dejaban las puertas abiertas a futuros despidos en base a la implementación incontrolada de las máquinas automáticas de venta de pasajes. La huelga, organizada por el cuerpo de delegados, contó con un numeroso activismo y un importante apoyo dado por sectores combativos y la izquierda en los distintos piquetes. La transmisión televisiva del festejo de los trabajadores, que obtuvieron un triunfo en toda la línea, fue un hecho claramente tonificante. En medio de distintos conflictos por aumento salarial desarrollados en las últimas semanas (judiciales, docentes de distintas provincias, estatales, etc.), que se encuentran alentados por el crecimiento económico y por la inflación en los precios de los alimentos, han tenido también particular relevancia las luchas recientemente desarrolladas en la provincia de Santa Cruz. Allí se produjeron distintas acciones reivindicativas, sin conexión directa entre sí, como la de las mujeres y desocupados de Caleta Olivia que ocuparon la planta de Termap reclamando puestos de trabajo y los desocupados de Perito Moreno, los trabajadores del petróleo por mejoras salariales y docentes por el salario, en defensa de la escuela pública y por el respeto al estatuto docente, en Caleta Olivia, Cañadon Seco, Las Heras y Pico Truncado fundamentalmente. Estos conflictos incluyeron ocupación de las plantas y de unos 25 yacimientos petrolíferos durante diez días, cortes de ruta, marchas y asambleas, en la provincia “feudo” del actual presidente. Con la excepción del conflicto docente, que ha sido suspendido luego de 35 días de paro, la mayoría de estos conflictos lograron arrancar concesiones a las patronales y al gobierno. El otro fenómeno de importancia en la clase obrera es la formación de las listas opositoras frente a las próximas elecciones sindicales. Entre ellas se destaca la lista Celeste y Blanca de la Alimentación que, impulsada por las comisiones internas de Terrabusi, Pepsico Snacks y Stani, ha constituido por primera vez en años una oposición antiburocrática en el gremio dominado por Daer. O, con menor visibilidad, el surgimiento de delegados opositores a Cavallieri en el Sindicato de Comercio. Más allá de los resultados electorales que finalmente obtengan -por ejemplo en el Sindicato Gráfico la lista opositora bajo del 30 al 20 %- lo cierto es que, junto con luchadores de mayor trayectoria, un nuevo activismo está haciendo sus primeras armas. Aunque las luchas hoy dominantes se den todavía en el terreno “corporativo”, una mayor presencia obrera en la vida política nacional es una necesidad imprescindible para superar el predominio social, político y cultural que desde hace dos años vienen imponiendo los distintos sectores de las capas medias, ellas mismas tributarias de diferentes proyectos burgueses. Es a la vez el aspecto estratégico para que la crisis actual del peronismo no culmine en un nuevo reciclamiento de ese partido o en dos grandes coaliciones burguesas, una de “centroderecha” y otra de “centroizquierda”, con parte del hoy PJ en cada una de ellas, como plantea parte de los intelectuales del régimen. Sin embargo, superar esta situación no será sencillo y exige no sólo una fuerte intervención obrera en la lucha por sus demandas, sino que los trabajadores comiencen a actuar como alternativa política. Ese es el sentido estratégico que tiene el planteo que hacemos desde el PTS de luchar por un Movimiento Político de Trabajadores que, tras un programa que no vacile en violentar la propiedad capitalista, plantee una salida de fondo para la crisis nacional.

III. LOS LÍMITES EN LA RECOMPOSICIÓN DEL RÉGIMEN POLÍTICO BURGUÉS

Hasta el momento nos referimos primero a los cambios ocurridos entre la clase dominante y a los límites de la reactivación económica en curso. Luego, hemos dado cuenta de los realineamientos que se produjeron entre las clases y fracciones de clase que conformaron el “bloque de diciembre”. Analizaremos ahora las contradicciones que presentan los pasos dados por la burguesía en la recomposición del régimen político. En medio de un marcado repunte económico y de altos índices de aprobación a la gestión presidencial, no fueron pocos los análisis que creyeron ver superada la “crisis de hegemonía” burguesa puesta de manifiesto en diciembre de 2001. Es cierto que comparado con los momentos más agudos de la crisis y aún con la incertidumbre que se vivió durante casi todo el “gobierno de transición” de Eduardo Duhalde, el panorama de la primer etapa del gobierno de Kirchner, con la “pasivización” del movimiento de masas y el alejamiento de la economía de sus momentos más “catastróficos”, se mostró más estable, tendiendo a soslayarse en los análisis más inmediatistas y superficiales la continuidad de los elementos centrales de la “crisis orgánica”. Sin embargo, como se evidenció en las últimas semanas, una cosa es superar las manifestaciones inmediatas de una crisis de este tipo y otra resolver sus causas estructurales. Desde el punto de vista del sistema de partidos, la crisis del régimen bipartidista no ha visto la emergencia de nuevos partidos “orgánicos”. Más allá de los éxitos o fracasos de las alianzas y acuerdos circunstanciales, las formaciones políticas existentes son anacrónicas respecto de las fuerzas sociales que ya están en movimiento. No sólo aquellas que, como el radicalismo, hicieron implosión con el gobierno de la Alianza y que se mantienen casi por el peso de la inercia, sino el propio peronismo, como lo expresó la existencia de tres candidaturas presidenciales diferentes provenientes de su seno. En este sentido, el gobierno de Kirchner sigue siendo en gran medida un “gobierno de transición”, continuidad del mandato que ejerciera Duhalde durante casi un año y medio, en el que se continúa desbrozando el terreno para que “lo viejo” termine de morir y “lo nuevo” termine de nacer. Más allá de su utilización “instrumental”, como un medio para ganar base “ajena”, la tensión de origen entre “transversales” y “pejotistas” del gobierno Kirchner, surge de bases sociales reales, independientemente de que lo más probable en lo inmediato sea la continuidad de la subordinación de los primeros a los segundos en todo aspecto fundamental de la política gubernamental, debido a las necesidades propias de la “gobernabilidad” y a que el crecimiento económico amortigua los choques políticos. Las disputas vividas en el peronismo en el último mes y medio mostraron la existencia de estas contradicciones al interior de la coalición de fracciones peronistas en el gobierno, dejando claro la superficialidad de los análisis que daban por superada la crisis del PJ y preveían su rápido realineamiento con Kirchner, luego que los resultados electorales dejaran al peronismo ocupando casi todo el espectro político burgués. Las elecciones, recordemos, dejaron un cómodo control al PJ de las dos cámaras del parlamento [19] y de la mayoría de las gobernaciones [20]. Frente a esta fuerza aparentemente incontestable, el resto de las fuerzas políticas burguesas quedó con un peso muy endeble: mientras el radicalismo, completamente deslegitimado con apenas un 3% en la elección presidencial, se mantuvo como la segunda fuerza “institucional”, el ARI y Elisa Carrió se han plantado con un perfil de oposición de centroizquierda y la derecha está fragmentada -sus principales referentes fuera del peronismo son Sobisch, López Murphy y Mauricio Macri- apenas saliendo de la defensiva con la imposición en la agenda de la discusión sobre la “seguridad”. Es por este peso político que la prensa capitalista, aún aquella que históricamente fue más antiperonista, no se cansó en estos meses de repetir una y otra vez que el peronismo es la única fuerza con “capacidad de gobierno en la Argentina” [21]. Sin embargo, una cosa es reconocer que el peronismo mostró mayor capacidad para resistir la crisis (basada no sólo en su afiatado “aparato” de punteros, sino fundamentalmente en el mantenimiento de su control sobre la mayoría de la clase trabajadora) que el radicalismo o la centroizquierda. O que hoy en las disputas al interior del peronismo se concentra en gran medida la discusión entre los distintos proyectos de reconstitución del régimen burgués (y en ese sentido hoy más que nunca parece cierto que “una crisis del peronismo es una verdadera crisis nacional”, como gustaba vanagloriarse el mismo Perón). Pero otra muy distinta es no ver la profundidad estratégica de la fragmentación existente en su seno y no señalar que, aunque Duhalde mismo logró reposicionarse a partir de haber “piloteado” lo peor de la crisis, el desprestigio de la mayoría de los dirigentes del PJ no es menor que la que tienen los radicales y frepasistas que formaban la Alianza. Aunque logre treguas episódicas entre sus fracciones hoy predominantes, el peronismo vive una crisis que, más allá de las apariencias, hace difícil que salga unificado de la actual “transición”. Son fuertes fuerzas de clase las que empujan hacia su división. Para el resultado de esta crisis, la cuestión estratégica es qué pasará con la clase trabajadora, a quien Kirchner, a diferencia del primer peronismo, no ha dado ni promete ninguna concesión. Más aún: es justamente la depresión salarial agudizada con la devaluación -y ahora con la inflación- lo que hoy garantiza la actual rentabilidad burguesa. ¿Será esta situación la que permita a los trabajadores retomar un camino de lucha que les permita avanzar hacia su independencia política?

DUHALDISMO Y KIRCHNERISMO

Es en el marco de esta crisis y estas contradicciones más generales que podemos tratar de entender los recientes cimbronazos en el PJ, de hecho producto de un intento de Kirchner para alterar el esquema de poder interno en la alianza que lo llevó a la Casa Rosada, tratando de romper con su situación de “rehén” obligado del duhaldismo y los gobernadores. Si bien “kirchnerismo” y “duhaldismo” no tienen por el momento diferencias fundamentales en lo que hace a la política económica (no hay proyecto alternativo a la ausencia de proyecto que es garantizar el pago de la deuda externa y permitir que los grupos capitalistas aprovechen meramente los favores del ciclo económico), son camarillas políticas que expresan diferentes fracciones sociales, que cuentan también con una distinta base social y de poder y que tienen una diferente relación con el movimiento de masas. El “duhaldismo” es la expresión política más directa de la llamada “burguesía nacional” -hoy encabezada por una fracción de lo que Basualdo llama “oligarquía diversificada”-, de ahí que pudo representar por excelencia al sector devaluador de la clase dominante. Luego de su paso por la presidencia ganó predicamento en el conjunto del establishment económico, que le tiene gran confianza a partir del papel desempeñado en la “transición”. Basado en la red mafiosa y clientelar del peronismo de la provincia de Buenos Aires, su principal problema es ser, como señaló la propia “Chiche” Duhalde respecto del conjunto del PJ, una “cáscara vacía”: la gran mayoría de sus exponentes son “impresentables”, similares a Juárez o Barrionuevo. Existen incluso contradicciones entre el mismo Duhalde y la base de su aparato, mucho más hostil al santacruceño que el ex-presidente y más bien renuente a toda reforma en el régimen y en el aparato de Estado, ya que su poder depende de las peores excrecencias de estos. Sin embargo, Duhalde comprende que por ahora no le conviene empujar a una crisis al gobierno [22] y alienta cierta “renovación controlada” del régimen, como mostró el impulso dado a la nueva llegada de Arslanián al Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires. Como señaló un colaborador suyo: “El futuro de Duhalde está atado irremediablemente al de Kirchner. Si a Kirchner le va mal, también lo arrastra a él al descrédito político” [23]. De ahí que también aliente, mientras trata de fortalecer su prestigio como “estadista” y garante de la “gobernabilidad”, un cambio gradual y controlado al interior del PJ, que le permita mostrar alguna cara nueva a la vez que se mantenga lo suficientemente flexible como para inclinarse hacia la “centroderecha” o la “centroizquierda” según como soplen los vientos. El “kirchnerismo” es, si se quiere, una camarilla pequeñoburguesa, que fundó su poder actuando como comisionista en Santa Cruz de las empresas petroleras y mineras. Al revés que el duhaldismo, por el momento su principal relación con el movimiento de masas es a través del liderazgo personal de la figura presidencial, sin contar aún con un fuerte aparato propio, como lo mostró la escuálida manifestación de apoyo del 1º de marzo, cuando Kirchner dio el discurso de apertura a las sesiones del Congreso. A la vez que, a pesar de no haber realizado concesión alguna a los trabajadores, ha despertado expectativas iniciales entre la base obrera tradicional del peronismo, ha realizado una política de “gestos simbólicos” dirigida a ganar la adhesión de los sectores de las capas medias “progresistas” de los grandes centros urbanos, no controlados por el PJ [24]. En esta base social, por ejemplo, ha tenido apoyo la política gubernamental de derechos humanos, al contrario, como dijimos, de lo ocurrido en el aparato del PJ y en la prensa burguesa más seria, que vio con preocupación el abandono oficial de la “teoría de los dos demonios”. Al revés que ocurre con el duhaldismo, su principal necesidad es tratar de acumular poder propio antes que decrezca la adhesión popular que cosecha. Y esto explica su ofensiva política en el PJ anterior a que “el caso Blumberg” ocupara el centro de la escena pública. Kirchner tiene los problemas de todo “príncipe” llegado al poder con “armas ajenas”. Como se sabe, en El Príncipe, Maquiavelo señaló que los principados “se adquieren, o con ajenas armas o con las propias, por fortuna o por virtud” [25]. Kirchner conquistó la presidencia con “ajenas armas”, fundamentalmente a partir de los votos aportados por el peronismo de la provincia de Buenos Aires, y “por fortuna”, gracias a que funcionó el plan de Duhalde para impedir la elección interna del peronismo y porque se cayeron los anteriores candidatos señalados por el PJ [26]. Esta marca de origen nos permite en gran medida comprender la lógica de su acción política: debe aprovechar el pico de su popularidad y los “favores de la fortuna” para construir el poder propio del que careció inicial mente. Es que como señalaba el florentino, “los Estados que se organizan de pronto, como todas las cosas de la naturaleza que nacen y crecen rápidamente, no arraigan y se consolidan de modo que resistan al primer viento contrario; salvo, como he dicho, cuando los que de pronto llegan a ser príncipes tienen tanta virtud, que también de pronto se adiestran para conservar lo que la fortuna ha puesto en sus manos, y siempre que, después de ser príncipes, busquen y encuentren aquellos fundamentos que otros procuran adquirir antes de llegar a serlo” [27]. Por ello “quien no afirma previamente los fundamentos de su autoridad, podrá afirmarlos después si tiene gran virtud; pero será con trabajo para el arquitecto y peligro para el edificio” [28] . Aún Kirchner no ha demostrado que es capaz de poseer “gran virtud”; pero efectivamente su intento para consolidar una mayor base de poder ya ha hecho cimbrar al “edificio” del PJ. Aunque en lo inmediato una tregua parece lo más conveniente para ambos, los proyectos más estratégicos de reconstitución del sistema político burgués a los que apuestan Kirchner y Duhalde presentan muchas contradicciones entre sí, de lo que da cuenta la inestabilidad característica de la alianza entre ambas fracciones peronistas. Kirchner busca consolidar el mayor poder posible en el peronismo para desde allí ocupar todo el espacio de la centroizquierda, y desde ahí tratar de ganar base en las clases medias más en su conjunto, empujando al hoy incómodo lugar de la centroderecha a sus opositores internos del peronismo, como De la Sota. Esto puede hacerlo imponiendo su liderazgo sobre el PJ o (aunque esto no sea lo que se manifieste en lo inmediato) en base a su ruptura y al surgimiento de un nuevo agrupamiento político “progresista” que englobe a sectores del PJ y a sus aliados “transversales”, como alientan muchos de los intelectuales de centroizquierda hoy atados al carro presidencial. Duhalde, por su parte, parece conciente de que su partido no tiene destino sin cierta “cirugía estética”. Pero ve todo cambio como parte de una consolidación del peronismo como pieza imprescindible de la gobernabilidad del régimen burgués, debiendo cuidar además que Kirchner no avance en construir “poder propio”. Como dijimos, quiere un partido capaz de ir a izquierda o derecha según lo que muestren las encuestas a las que es tan adicto. Pero, como se ve en la polarización de posiciones que surgen ante cada crisis seria, es un proyecto difícil de realizar. Más allá de las situaciones coyunturales y estabilizaciones parciales, lo cierto es que la evolución de esta pulseada al interior del peronismo está inevitablemente condicionada no sólo por la situación económica sino por cómo se desarrolle la dinámica de clases que señalamos en el punto anterior. Ya hemos mencionado la tendencia a la división de las clases medias y señalado los síntomas de una reanimación en la actividad de la clase obrera. Más tarde o más temprano los límites de la “recuperación” kirchnerista se harán más patentes y las tendencias del movimiento de masas a la “escisión” con el régimen burgués que vimos en diciembre del 2001 y los meses siguientes volverán a mostrarse abiertamente. Si entonces la clase trabajadora no logra aprovechar la crisis del peronismo para emerger como actor independiente y motor de la alianza obrera y popular, la división de fuerzas sociales se desarrollará posiblemente bajo la hegemonía de los grandes bloques en que hoy tienden a polarizarse las clases medias, uno de “centroizquierda” y otro de “centroderecha”, base eventual cada uno de ellos respectivamente de salidas “frentepopulistas” y bonapartistas de derecha si la crisis y los choques de clases se vuelvan más agudos.

IV. LOS DEBATES EN LA IZQUIERDA

Luego de las “jornadas revolucionarias”, desde el PTS insistimos en que el príncipal hándicap que tenía la clase dominante para lograr una cierta recomposición era la falta de protagonismo de los sectores estratégicos de la clase obrera. En su momento fuimos cuestionados por quienes idealizaron la presencia dominante de las capas medias, adhiriendo a las “teorías” de la superación de los “viejos antagonismos de clases” y su reemplazo por la “multitud”; o, lo que no es más que una versión de esta teoría, por quienes hablan de un “nuevo sujeto anticapitalista” formado por el “movimiento de los movimientos”. También debatimos con los que en la izquierda apostaron todo a un aprovechamiento electoral de la crisis (Izquierda Unida) como con quienes (como el PO) sostuvieron que el movimiento piquetero podía por sí mismo transformarse en el eje articulador de la clase obrera y del conjunto de los explotados. Pasados más de dos años, es claro que un proceso revolucionario en Argentina no puede quebrar la dominación burguesa sino cuenta con el papel activo y dirigente de los sectores estratégicos de la clase obrera, del proletariado de la industria y los grandes servicios. Esto no es una cuestión dogmática, sino que responde a un problema político acuciante: ¿cómo evitar sino que el peronismo juegue nuevamente su papel como “partido de la contención” en garantizar la supervivencia del orden burgués? ¿O cómo lograr que su eventual división no derive en nuevas coaliciones o partidos donde la clase obrera vaya a la cola de sectores burgueses o pequeño burgueses? Bajo Kirchner, diferentes sectores “autonomistas” y “populistas” se han alineado con el gobierno, de los MTD Aníbal Verón y Hebe de Bonafini a Patria Libre. Si las corrientes populistas simplemente han reafirmado con ello que su destino es buscar algún “burgués progresista” al cual seguir, en el caso de los “autonomistas” se ha mostrado que toda su perorata sobre “cambiar el mundo sin tomar el poder” no era otra cosa que cobertura “anarquizante” de una práctica meramente reformista, tributaria de la asistencia estatal. De ahí que, al igual que la CCC (Corriente Clasista y Combativa) hayan sido base predilecta de la política de “microemprendimientos” del gobierno, con la cuál ha buscado sacar a los desocupados de las calles y de la lucha por el “trabajo genuino”. Por fuera de los sectores “kirchneristas”, aquellos con los cuales, por ejemplo, compartimos el importante acto del 20 de diciembre en Plaza de Mayo en el que fuimos víctimas del brutal atentado fascista, hay una importante polémica sobre qué herramienta política construir y sobre qué fuerza social esta debe apoyarse. La gran mayoría de la izquierda, con una lógica “cortoplacista” que la lleva a buscar constantes “atajos”, se ha opuesto a poner en el centro de su estrategia la lucha por la independencia política de los trabajadores. Esta negativa creemos que no es casual: se apoya en un profundo escepticismo en la capacidad de la clase obrera para erigirse como clase revolucionaria dirigente del conjunto de los explotados. Es ese escepticismo el que hoy los ha colocado a la defensiva frente a la política de “reformas (o, si se quiere, gestos reformistas) por arriba” del gobierno. Las fuerzas que componen Izquierda Unida (el PC y el MST), con casi dos años sin elecciones a la vista, se debaten entre la presión de parte de su electorado más de clase media que se ha pasado al “kirchnerismo” o simpatiza con Carrió, y una política puramente “piquetera” que los ha llevado a un callejón sin salida. Por su parte, Raúl Castells, una de las figuras mediáticamente más conocida de los sectores combativos del movimiento piquetero, ha centrado su actividad en proyectarse al terreno electoral. Aunque presenta su política bajo el rótulo de “frente de los trabajadores y la izquierda”, plantea una política de colaboración de clases con pequeños empresarios como los de FEDECÁMARAS, y toma como referencia latinoamericana a distintos líderes populistas, de Hugo Chávez a Felipe Quispe. En una polémica pública que mantuvieron con nuestras posiciones, han dejado claro su oposición a todo rol independiente y hegemónico de la clase obrera, a la que sólo consideran como parte de los “pobres”, el sujeto revolucionario según Castells. El PO, aunque formalmente señale la necesidad de luchar por la independencia política de la clase trabajadora, se ha deslizado en este punto una visión similar a la del MIJD, sólo que según sus afirmaciones el sujeto revolucionario no son los “pobres” sino el “movimiento piquetero”. Ya hemos señalado en otras ocasiones cómo confundir un método de lucha con un sujeto social y político [29] habilita para todo tipo de formulaciones oportunistas (“¡Nito Artaza piquetero!”, tituló en su momento Prensa Obrera). Más recientemente, ha llamado en su último Congreso “a todas las organizaciones que luchan y a los luchadores, en particular a la Asamblea Nacional de Trabajadores y sus activistas y organizaciones, y a los partidos de izquierda y todos los militantes y organizadores de la lucha popular, a poner en pie un Frente Político de los explotados contra el gobierno y el Estado de los explotadores” (Prensa Obrera Nº846, 15-04-04). Es decir, llevar al “terreno político” el heterogéneo bloque que viene hegemonizando la ANT, en el que junto al PO coexisten corrientes que están abiertamente por la colaboración de clases, como el MIJD o el MTL-PC. Que la perspectiva de este “Frente Político” no es la independencia política de los trabajadores lo deja clara la política de participar de las reaccionarias movilizaciones en reclamo de “mayor seguridad” por Juan Carlos Blumberg, cuyo producto más inmediato ha sido la votación en el Congreso de las leyes de endurecimiento de penas. El MAS, por su parte, se caracteriza por un electicismo creciente, combinando un discurso por la independencia de clase con una práctica de construcción de una colateral piquetera en base a la administración de los planes sociales equivalente a la de las organizaciones piqueteras a las que critica, junto con un cerramiento autoproclamatorio que, a pesar de ser una pequeña fuerza, los ha llevado a negarse a todo acuerdo progresivo. Desde el PTS tenemos un legítimo orgullo por el papel jugado en el sector más combativo de las fábricas ocupadas con Zanon y Brukman como emblema, y por estar aportando a los nuevos procesos de organización obrera, como es el surgimiento de nuevos delegados combativos, las listas de oposición antiburocrática o el apoyo activo a huelgas como la del subte. En los más de dos años que han transcurrido desde diciembre de 2001, nuestro partido ha realizado una intensa actividad, participando en decenas de iniciativas unitarias, de la convocatoria a los actos unitarios como el 1º de Mayo a los tres encuentros de fábricas ocupadas, poniendo todo para que aquéllos conflictos donde hemos tenido lugares de responsabilidad triunfasen y para que cada sector de avanzada que surgió fuese más allá de una visión estrechamente corporativa. Como señalamos, el desenvolvimiento de los hechos de diciembre de 2001 a esta parte ha mostrado que no se puede plantear seriamente la perspectiva de la revolución social en Argentina sin contar con la clase obrera como eje de la alianza social revolucionaria. Ya no las capas medias solas, sino aún la progresiva alianza entre “piquetes y cacerolas” mostró su insuficiencia para ofrecer una alternativa de poder real al conjunto de los explotados. Si en el caso de las clases medias, la crisis de sus representaciones políticas tradicionales las ha dejado más fluctuantes políticamente, en el caso de la clase obrera está por verse qué pasará cuándo enfrente a un gobierno peronista en el poder. En cómo esto se desarrolle se juegan las posibilidades de un proceso revolucionario en Argentina. Más allá de las expectativas actuales, el “capitalismo en serio” de Kirchner no da respuesta alguna a las necesidades de los trabajadores. Perpetúa la sangría de la deuda externa y se sustenta en favorecer ganancias extraordinarias para los grandes grupos capitalistas gracias al “costo laboral” más bajo de la historia. Su capacidad de “prestidigitador”, como lo llamó Hernán López Echagüe, tiene los límites de la ausencia de concesiones realizadas a los trabajadores y el develamiento de su doble discurso en temas que utilizó como base para ganar prestigio, como el de la deuda externa, donde después de la alharaca hecha con transformarla en “causa nacional”, terminó cediendo a las imposiciones del FMI y poniendo la negociación con los acreedores extranjeros en manos de bancos saqueadores como Merril Lynch, Barclays Capital y UBS (Unión de Bancos Suizos). Más allá de las diferencias que hemos señalado, creemos que todos los que nos reivindicamos de la izquierda clasista y revolucionaria tenemos que tratar de unir esfuerzos no sólo para que las luchas en curso triunfen y para desarrollar las oposiciones antiburocráticas en los sindicatos, sino fundamentalmente para que la clase obrera avance en la conquista de su independencia política. De ahí nuestra propuesta de poner en pie un Movimiento Político de los Trabajadores que enfrente consecuentemente todo proyecto de colaboración de clases y permita a la “única clase verdaderamente revolucionaria” (al decir de Marx) ser una alternativa de dirección para el conjunto de la nación oprimida. A quienes como nosostros compartan la certeza que si los trabajadores no avanzan en su independencia política, no hay salida progresiva alguna a la crisis nacional, los llamamos a impulsar juntos esta alternativa.

Notas
[1] No han faltado quienes basándose en la “pasivización” del movimiento de masas dominante en los primeros meses del gobierno de Kirchner volvieron a sacar a relucir sus “pronósticos” sobre la “renuencia de la sociedad” a movilizarse: “…la misma sociedad argentina pareciera ser renuente a ser movilizada. Algunos dirán que no es así, que hoy las asambleas populares, las cacerolas y los piquetes son emergentes de una movilización social renovada, en su búsqueda de canales participativos. Sin embargo, estos fenómenos parecen más esos típicos destellos de una situación de crisis, tan deslumbrantes como efímeros, que una característica más o menos estable de la nueva política en la Argentina. Los tiempos de la videopolítica no se han ido con el menemismo. Si éste combinó tanto la privatización de lo público (eso que llamamos corrupción) con la publicidad de lo privado (la farandulización de la política), hoy, el espectáculo sigue dominando la escena pública. Y, ¿cómo podría ser de otra manera en una sociedad que combina la sofisticación de los posmoderno con la pobreza extrema? No hay más acción colectiva basada en la pasión, por lo menos desde el Felices Pascuas de Alfonsín. Hoy nadie va a la Plaza si no resulta bonificado directamente. Se ha desmoronado la Argentina de las Corporaciones. No hay más Patria Sindical, ni Patria Peronista, ni -menos que menos- Patria Socialista. Ha estallado en mil fragmentos la débil institucionalidad construida en veinte años de democracia, y lo que encontramos son cientos de asteroides políticos, que se agrupan de vez en cuando, bajo el rótulo de la Liga de Gobernadores, la Liga de los Intendentes o la Liga de los ’porongas’ de la bonaerense” (Luis Tonelli, “Movimientismo light”, revista Debate Nº 53, 19-03-04). No hay que olvidar que “pensadores” de este mismo tipo son los que pronosticaron “el fin de la política de masas” en nuestro país, poco antes de las jornadas revolucionarias de diciembre de 2001.

[2] Ver por ejemplo el artículo del diario La Nación del 4-04-04, “La recuperación económica ya se hace sentir en la vida cotidiana. Diez señales de reactivación”.

[3] Como muestran los lazos de los “federales” con la banda de secuestradores en el caso Blumberg.

[4] Daniel Azpiazu y Martín Schorr, “Las privatizaciones argentinas. Reconfiguración de la estructura de precios y de rentabilidades relativas en detrimento de la competitividad y la distribución del ingreso”, en Daniel Azpiazu (compilador), Privatizaciones y poder económico, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2002, págs. 181-183.

[5] Ver, por ejemplo, el artículo de Carlos Negrete, “Los industriales mueven el tablero para terminar con las luchas internas”, aparecido en revista Debate Nº 53, 19-03-04. En él se reseñan las luchas que se vienen dando desde el triunfo electoral de Kirchner y se menciona la constitución a principios de marzo de una “comisión de trabajo” integrada por ambas fracciones de la UIA con el fin de ejecutar “un plan de acción que permita tener una UIA unida y con el protagonismo que el momento actual de nuestros días demanda”. La comisión fue integrada, por la lista oficialista Celeste y Blanca, por Juan Manuel Forn, Héctor Massuh, Héctor Méndez, Juan Moravek, Federico Nicholson, Cristian Ratazzi y Juan Carlos Sacco. Por la oposición Industriales lo hacen José Luis Basso, Guillermo Gotelli, Ricardo Khayat, Juan Carlos Lascurain, José Ignacio de Mendiguren, Guillermo Moretti y Osvaldo. El coordinador es Oscar Vignart. Pocas semanas después, sin embargo, esta tregua se rompió y el grupo Industriales, liderado por Techint y Arcor, se presenta con lista propia para la renovación de los miembros de la Mesa Ejecutiva, insistiendo con la renuncia del actual presidente de la UIA, el “menemista” Álvarez Gaiani.

[6] Eduardo Basualdo, “Burguesía nacional, capital extranjero y oligarquía pampeana”, en Realidad Económica Nº 201, enero-febrero 2004. Aunque Basualdo señala ciertamente como la fracción capitalista hoy dominante es parte del establishment, no coincidimos con la restricción del término “burguesía nacional” para los capitalistas medianos y pequeños que históricamente se agruparon en la CGE (Confederación General Económica) y hoy siguen en general la política de grupos como Techint, cuya línea dentro de la UIA tiene el apoyo de muchos capitalistas “PYMES”. La visión de Basualdo, uno de los principales intelectuales nucleado en el IDEF de la CTA, tiende a idealizar el rol histórico jugado por esta “burguesía nacional”, desde hace décadas políticamente desarticulada como reconoce el mismo autor.

[7] Julio Nudler, Percepciones capitalistas, en Página 12, 17-04-04.

[8] Verónica Gago, “Poner la tela”, en Suplemento Cash, diario Página/12, 4-04-04.

[9] “La recuperación tiene un límite”, Suplemento Cash, diario Página/12, 4-04-04.

[10] Con montos que van de u$s 197 millones a u$s 3,8 millones, otras empresas que han anunciado inversiones en el mismo período son: Aerolíneas Argentinas, Buquebús, Tecpetrol, Siderar, Molinos, Aceitera General Deheza y Vicentín, Petrobrás, Edesur, Gas Natural, Ford, General Motors, Swift, Autopistas, Arcor, Fiat, Viñedos de la Patagonia y Expofrut.

[11] Véase, por ejemplo, el artículo de Jorge Schvarzer, “De nuevo sobre la burguesía nacional: una nota con fines didácticos”, publicada en Realidad Económica Nº 201, enero-febrero 2004. El número de la revista, que presenta artículos con distintos puntos de vista, se titula: “Se busca burguesía nacional”.

[12] Jorge Sanmartino y Manolo Romano, “Crisis de dominio burgués: reforma o revolución en Argentina”, en revista Estrategia Internacional Nº 18, febrero de 2002.

[13] El discurso gubernamental “antipiquetero” fue llevado a la práctica en distintas provincias, como Neuquén (con la brutal represión a la protesta del MTD contra la implementación de la “tarjeta” en vez del pago en efectivo), Salta (con el encarcelamiento de los dirigentes de Mosconi) o Jujuy (con el asesinato de dos miembros de la CCC). Sobre él también se montó la bomba puesta durante la muy importante concentración realizada en Plaza de Mayo por la izquierda y los sectores obreros y piqueteros más combativos a dos años del 20 de diciembre.

[14] En el periódico La Verdad Obrera Nº 135 presentamos una serie de propuestas para la superación de la encrucijada en que se encuentra el movimiento piquetero. Estas se apoyan, sintéticamente, en superar la fragmentación y el clientelismo en base a poner en pie un movimiento único de los desocupados combativos con libertad de tendencias a su interior; impulsar la más amplia unidad con los sectores ocupados, formando allí donde se pueda organismos como la Coordinadora del Alto Valle en Neuquén; y eliminar las prácticas del puntaje y de los listados en las marchas, en forma que la participación en las acciones sea conciente y voluntaria.

[15] Zamora, por ejemplo, afirmó en su discurso en la sesión de la Cámara de Diputados en la que se votaron varias de las leyes propuestas por Blumberg: “…fue tan hermosa la marcha del otro día. Yo me sentí un privilegiado estando allí perdido, caminando desde Hipólito Irigoyen, cruzando toda la plaza hasta Rivadavia, formando el cordón donde se dijo que iba a salir el señor Blumberg. Allí había unos jóvenes que propusieron formar un cordón y así lo hicimos. Nos quedamos charlando en rondas de cincuenta o sesenta personas. Había un reclamo de justicia, un repudio a la dirigencia política, una falta de expectativas en las instituciones, un repudio a los jueces, un rechazo muy profundo y muy intenso a la policía. En fin, se dio un debate riquísimo sobre si sirve o no aumentar las penas, lo que dijo el señor Blumberg, tal cosa, tal otra, en suma un debate abierto porque lo que se quiere es tratar de atacar el drama que se vive (…) ¡Qué hermoso, qué lleno de vida estuvo Buenos Aires el jueves pasado!”. ¡Qué embellecimiento para una acción cuyo principal reclamo fue el endurecimiento de penas para los “perejiles” y dar más poder a los principales “mafiosos”, los de la “corporación policial”! Por su parte, el PO, la única corriente de izquierda que junto con Zamora se hizo presente en dicha manifestación, afirmó lo siguiente: “En la movilización del 1º de abril estuvieron las asambleas populares, los familiares de los 1.500 caídos a manos de la Bonaerense por el ’gatillo fácil’, los estudiantes, la clase media en pleno. La ’movilización espontánea más importante desde la vuelta de la democracia’ (La Nación, 4/4) fue de todo menos ’espontánea’: fue preparada por las marchas por María Soledad, por Natalia Mellman, el chico de El Jagüel y cada una de las víctimas de Bonaerense. Fue una inmensa movilización nacida del repudio popular a la Bonaerense y la mafia judicial. Apuntó al poder político y no solo al de la provincia de Buenos Aires. En una acción no prevista y desalentada por los organizadores, una gruesa columna marchó a la Casa Rosada, dejando en claro la vigencia de la rebelión popular” (Prensa Obrera N°845, 8-04-04). Como puede verse, un verdadero “cambalache” antimarxista. ¿Cómo confundir los reclamos contra la policía en los casos de “gatillo fácil” o contra la criminalidad estatal como en el de María Soledad con los reclamos de mayores penas y los discursos contra “los derechos humanos de los delincuentes” que fueron la tónica de la movilización llamada por Blumberg? Sería lo mismo que pretender que basta que haya masas movilizadas para que su acción sea considerada progresiva, independientemente de los propósitos de tales acciones.

[16] Marcelo Fabián Sain, “Señor Blumberg: usted tiene razón”, en revista Debate Nº 55, 2-04-04.

[17] Ídem.

[18] Por otro lado, los distintos planes de “reforma” policial, como el que va a emprender Arslanián en la Provincia de Buenos Aires, se apoyan en la falsa pretensión de que una policía “no corrupta” y con “control civil” garantizaría el bienestar del conjunto de los “ciudadanos”. Esta visión, así como la de quienes desde la izquierda sostienen la propuesta de “elección popular de los comisarios” (sostenida por Zamora y Vilma Ripoll), “olvida” que los “ciudadanos” se dividen en clases con intereses antagónicos y que justamente la policía y el conjunto del aparato represivo del Estado tienen como función perpetuar la dominación de clase.

[19] Según se contabilicen o no como del PJ los representantes de San Luis, el peronismo cuenta entre 129 y 132 diputados de un total de 257 y con 41 senadores sobre 72.

[20] Los gobernadores peronistas son 15 (ó 16 si agregamos a Rodríguez Saá).

[21] Mariano Grondona, vocero privilegiado del “gorilismo” argentino, gusta hoy decir que aunque comparte con Borges que los peronistas “no son ni buenos ni malos, sino incorregibles”, en este último tiempo aprendió “que son imprescindibles”. Toda la burguesía canta hoy loas a Duhalde por “haber evitado la guerra civil” y pondera su “moderación”. Sin embargo, ni Grondona ni nadie de los que escribió sobre la diferencia específica del peronismo respecto al resto de los partidos políticos burgueses argentinos aciertan en señalar que esta “imprescindibilidad” se basa no sólo en su aparato “clientelar” y sus punteros, sino fundamentalmente en el control que aún mantiene, vía la burocracia sindical, de los sectores mayoritarios del movimiento obrero, lo que ha estado en la base de su papel de “partido de la contención” jugado en la crisis pos-diciembre de 2001.

[22] Lo que no quiere decir que trate de controlar y condicionar a Kirchner disputando palmo a palmo la “agenda” de temas a priorizar o las respuestas a dar.

[23] Citado por Ana Gerschenson en el artículo “Una tregua obligada”, revista Debate Nº 55, 2-04-04.

[24] La ciudad de Buenos Aires está gobernada por Aníbal Ibarra, que llegó al poder por segunda vez producto de una heterogénea alianza de centroizquierda más el apoyo explícito de Kirchner; Rosario está gobernada desde hace años por el Partido Socialista; y en Córdoba ganó la intendencia de la ciudad capital Luis Juez, un político “transversal” sin partido, a quien también apoyó Kirchner contra el candidato oficial del PJ.

[25] Maquiavelo, “Cuántas clases de principados hay y por cuáles medios se adquieren” en El Príncipe, Puerto Rico, Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, 1955, pág. 201.

[26] Reutemann por decisión (o indecisión…) propia y De la Sota por su baja medición en las encuestas.

[27] Maquiavelo, “De los principados nuevos que se adquieren con las armas y fortuna de otros”, en El Príncipe, op. cit., pág. 253.

[28] Ídem.

[29] El movimiento piquetero ha cumplido el papel progresivo de organizar a los desocupados. Sus sectores combativos jugaron también un papel de politización y participaron en el apoyo a distintas luchas como fue Brukman en la Capital. Sin embargo, cada vez más fueron cayendo en una práctica corporativa limitada a la lucha por los planes. Además, ha conspirado en su contra el tipo de organización surgido, donde lo que existen son “colaterales” partidarias agrupadas a partir del control de los planes, que ha potenciado prácticas “punteriles” en su seno, como el pasaje de lista en las marchas y los sistemas de “puntaje”. Políticamente, el movimiento piquetero actuó como oposición política a los gobiernos de Duhalde y Kirchner, pero sin levantar predominantemente una alternativa de independencia de clase. De ahí que con el nuevo gobierno, varios sectores (FTV, CCC, Barrios de Pie, MTD Aníbal Verón…) se pasaron a la colaboración abierta con el nuevo ocupante de la Casa Rosada. Entre los que se reivindican opositores al gobierno, mientras algunos sostienen distintos proyectos de colaboración de clases (MIJD, MTL, CUBA, MST-TV), otros (PO, FTC-MAS) plantean la necesidad de la independencia de clase pero en todo lo esencial concilian con aquellos. Es cierto que aún con una política justa (buscando consecuentemente la unidad con los trabajadores ocupados, con una organización única con libertad de tendencias y peleando por la independencia de clase) el movimiento piquetero no podía resolver por sí mismo la falta de intervención de los sectores ocupados de la clase obrera, aquéllos que concentrados en los grandes servicios y las industrias tienen la potencialidad para quebrar el poder capitalista. Pero sí hubiese estado en mejores condiciones para enfrentar la campaña reaccionaria del gobierno y para avanzar en la unidad de clase. Como señalamos, hoy el movimiento piquetero se encuentra en una encrucijada. Necesita de un giro político para salir de ella, que ponga la pelea por el “trabajo genuino”, la unidad con los ocupados y la lucha por la independencia de clase en el centro de su estrategia.

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