Christian Castillo


Desafiando la miseria de lo posible. Discutiendo desde Trotsky con las ideas dominantes de nuestra época
septiembre 1, 2004, 11:49 pm
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Por  Christian Castillo y Emilio Albamonte

«El capitalismo ha sido incapaz de desarrollar una sola de sus tendencias hasta el fin. Así como la concentración de la riqueza no suprime a la clase media, así tampoco el monopolio suprime a la competencia, sólo la ahoga y la contiene.» León Trotsky, El marxismo y nuestra época

No hay duda de que en los últimos treinta años un cambio de escenario estratégico se ha ido conformando en el panorama mundial. Este cambio ha modificado tanto las relaciones de fuerzas entre las clases fundamentales del capitalismo como el sistema de estados, tal como éstos se presentaron en el “mundo de Yalta”.

Entre las corrientes de ideas dominantes (cuya influencia ideológica y política se expresa, en distinto grado, aún en las corrientes de la llamada “extrema izquierda” o “izquierda radical”) se han perfilado, grosso modo, dos tendencias. Por un lado, están quienes, ya sea desde “la derecha” o desde “la izquierda”, consideran que se ha producido un verdadero cambio de época producto de la “globalización” o “mundialización” ocurrida en las últimas décadas. Dentro de aquellos que sostienen el carácter “irreversible” de los “nuevos tiempos” hay muchos matices y diferencias pero todos tienen en común la tendencia a señalar que hemos sufrido cambios de tal magnitud que han vuelto perimidos todos los conceptos con los que la realidad fue analizada en el siglo XX (o, más aún, en toda la modernidad) y dejaron sin base a las distintas estrategias planteadas desde la clase obrera para enfrentar sus condiciones de explotación y opresión.

Entre quienes sostienen visiones de este tipo “por izquierda”, predomina la opinión que ha ocurrido una verdadera ruptura histórica que ha modificado las bases en las que se sustentaban las estrategias predominantes en ciento cincuenta años de historia del movimiento obrero, ya sean las revolucionarias postuladas por los marxistas clásicos o aquellas reformistas que añoran volver a los tiempos en los que el estado benefactor garantizaba el “compromiso keynesiano” y el trabajo asalariado estable y formal “era hegemónico”. Ven, incluso, que la tendencia a la descomposición de las antiguas relaciones sociales y las “nuevas subjetividades” surgidas del nuevo mundo “flexible” constituye, más que una crisis, una oportunidad. Discutiremos con estas posiciones a partir de lo planteado por los que consideramos dos de sus principales exponentes, el sociólogo Zigmunt Bauman y el teórico autonomista Toni Negri.

Antagónicamente a ellos se encuentran los que hacen hincapié en la catástrofe generada por los años de neoliberalismo y cuestionan a las corrientes “globalizadoras” por sumarse al carro de la política de los grandes monopolios debilitando así la fuerza de los estados nacionales. También con matices entre sí (los hay desde quienes son fervientes impulsores de la Unión Europea hasta los que se ilusionan con el renacimiento de los “populismos” latinoamericanos, y hasta los que ven nuevas posibilidades reformistas en los EE.UU. a condición de que Bush salga del gobierno), tienen en común el planteo de que es la restauración de la “fuerza estatal”, ya sea en el plano nacional o construyendo estados transnacionales, la mejor forma de combatir la “mercantilización del mundo” y los “males de la globalizción” producidos en los años recientes. Discutiremos aquí considerando lo planteado por el filósofo estadounidense Richard Rorty y por el sociólogo brasileño Helio Jaguaribe.

Hay también posiciones combinadas, como las de los teóricos de la “segunda modernidad”, que igual que los primeros sostienen que vivimos un verdadero “cambio de época” y como los segundos creen que no hay agente alguno que pueda reemplazar el papel de los estados, aunque estos deban tomar formas “posnacionales” y pasar de políticas “competitivas” a otras “cooperativas”. Aquí nuestra polémica será con lo planteado al respecto por los representantes de la “intelectualidad orgánica de la Europa del capital”, entre los que ubicamos a Ulrich Beck, a Jürgen Habermas y a Jacques Derrida.

Estas distintas tendencias ideológicas, no obstante sus diferencias entre sí, coinciden en considerar que la perspectiva de la revolución proletaria planteada por el marxismo ha sido superada por la historia. Para justificar sus posiciones realizan una doble operación ideológica.

La primera consiste en presentar un modelo caricaturizado del marxismo, en base a lo que ha sido la “teoría” y la práctica de los partidos stalinistas (la socialdemocracia fue abandonando progresivamente toda referencia a Marx). Este marxismo “oficial” fue teóricamente estéril y conservador, la codificación de una serie de dogmas que servían meramente para justificar la adaptación de la burocracia stalinista a la “coexistencia” con el orden capitalista.

El marxismo fue así transformado en una “ideología” que incorporaba muchos de los rasgos del pensamiento burgués en la segunda mitad del siglo XX: nacionalismo, economicismo, estadolatría, culto al trabajo y la producción, confianza ciega en la fuerza de los “aparatos” y en el progreso técnico, desprecio por la autoorganización de las masas y todo movimiento espontáneo, etc. Es esta versión del marxismo la que, en general, es atacada por teóricos de distinto tipo que, a lo sumo, consideran que mantiene validez una u otra posición planteada por alguno de los “marxistas occidentales” que desarrollaron sus elaboraciones en paralelo al dominio de los stalinistas. Dejan de lado, sin embargo, toda referencia al legado de Trotsky, es decir, al marxismo que se desarrolló como alternativa revolucionaria al stalinismo1.

La segunda operación pasa por intentar demostrar que las transformaciones ocurridas en el capitalismo contemporáneo han modificado sustancialmente los fundamentos “estructurales” en los que fue formulada la estrategia marxista. La “globalización”, la “nueva revolución tecnológica”, el “fin del trabajo”, la aparición de “nuevos movimientos sociales”, conformarían de conjunto un cuadro de situación en el cual el marxismo habría quedado desactualizado y sin sustento.

En las dos últimas décadas del siglo XX, las derrotas sufridas por la clase obrera a nivel mundial favorecieron la difusión de tal punto de vista. Los críticos del marxismo se valieron además del supuesto “fracaso incontrastable” del socialismo que habría significado la caída de la Unión Soviética y de los regímenes stalinistas en Europa del Este, así como el avance de las reformas procapitalistas en China. Pero, hacia el fin de siglo, algo del humo circundante comenzó a disiparse: ya sea porque el capitalismo -de la crisis asiática de 1997 a la de las empresas “punto com” en 2000- mostraba que no había sido capaz de superar sus contradicciones estructurales; ya sea porque distintas formas de resistencia cobraban nuevos bríos; ya sea porque Bush emprendía una política imperialista “pura y dura” que quitaba sustento a quienes sacaron conclusiones apresuradas y extrapoladas de la retórica del “humanismo militar” de los tiempos de Clinton. Este cambio se expresó también en una mayor difusión de autores marxistas o “marxistizantes” que confrontaron con los argumentos menos sólidos de las teorías en boga. Sin embargo, ya se tratase de autores académicos o con práctica militante, lo dominante han sido respuestas de tipo vergonzante, adaptadas en muchos casos a posiciones que, presentadas en forma de “novedades”, constituyen verdaderas regresiones teóricas y estratégicas.

En este trabajo vamos a mostrar la falsedad de estas dos operaciones ideológicas, señalando la superioridad que, frente a las corrientes ideológicas mencionadas, posee el cuerpo teórico brindado por Marx y los marxistas “clásicos” que lo continuaron en el siglo XX. Entre ellos, fue Trotsky particularmente quien nos dejó la perspectiva estratégica y programática más avanzada en la cual apoyarnos hoy, producto tanto de su particular talento teórico como por el hecho que sobrevivió en varios años a los otros grandes de su generación revolucionaria -como Lenin, Luxemburgo o el mismo Gramsci- enfrentándose a nuevos problemas frente a los que tuvo que desarrollar la teoría y el programa marxista. No casualmente, salvo excepciones, evadir o desestimar toda discusión con Trotsky es para los teóricos contemporáneos una forma de hacer a un lado a quien no entra en los cánones de la vulgarización del marxismo al que gustan tomar como adversario2.

Trotsky es alguien a quien difícilmente pueda tacharse de dogmático, cuya amplísima obra es lo opuesto de la caricatura de un marxismo “duro” y “cerrado” que presentan los académicos. Quien jugó un rol protagónico en la revolución rusa de 1905 y luego en la toma del poder en octubre de 1917, construyendo casi de la nada el Ejército Rojo y encabezando junto a Lenin la III Internacional previamente a su burocratización, con los invalorables aportes programáticos que dejaron sus cuatro primeros congresos para todo el movimiento revolucionario a nivel internacional. Es también, quien más tiempo vivió de aquella gran generación marxista revolucionaria, y quien en su obra “madura” mantuvo la continuidad de tal tradición ensayando respuestas novedosas a problemas como el ascenso del fascismo, el nazismo, los populismos latinoamericanos o frente al desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial3. Quien se enfrentó a la burocratización del estado obrero que había contribuido a fundar y pagó con su vida por ello. Quien mantuvo una conducta revolucionaria ejemplar hasta ser asesinado. Quien, con la teoría de la revolución permanente, formuló un “álgebra revolucionaria” insuperada hasta el día de hoy; teoría que fuera complementada y enriquecida con las formulaciones del Programa de Transición, que condensó toda la experiencia de la lucha internacional de la Oposición de Izquierda contra el stalinismo y planteó un método para superar la “discordancia de tiempos” entre la madurez de las condiciones de putrefacción del capitalismo y la crisis de subjetividad revolucionaria del proletariado. Quien lejos de concebir que la sociedad socialista se consumaba “en sus nueve décimas partes” (Stalin) con la conquista del poder por el proletariado, se anticipó a muchos debates contemporáneos planteando no sólo que la construcción del socialismo estaba inevitablemente condicionada por los avances de la revolución en el plano internacional sino que, en el terreno “interno”, planteaba un conjunto de problemas que no eran mecánicamente reductibles a los planos económico y político. Especialmente en un conjunto de trabajos de los años ’20 sostuvo que con la clase obrera en el poder debía iniciarse un período de trastocamiento de todas las relaciones sociales: las relaciones de producción, las relaciones de distribución, las relaciones entre hombres y mujeres, jóvenes y adultos, maestros y estudiantes, las relaciones entre producción y técnica, entre trabajo y producción, entre trabajo manual y trabajo intelectual, entre producción y enseñanza, entre producción y consumo culturales, entre el campo y la ciudad en los países atrasados; si se quiere, un verdadero proceso de “revolución permanente” en el terreno cultural, en el sentido más amplio del término.

Cuando afirmamos que el pensamiento de Trotsky constituye una verdadera alternativa para el siglo XXI no lo hacemos por un capricho dogmático, sino porque creemos que su obra es la que condensa en forma más acabada la experiencia de la generación revolucionaria del siglo anterior, y en ella existen elementos inestimables para enfrentar los desafíos de nuestro tiempo. No porque no se hayan producido importantes cambios y porque distintas elaboraciones realizadas no contengan elementos de verdad, sino porque, al contrario que el pensamiento dialéctico de Trotsky, éstas se caracterizan por el predominio de posiciones unilaterales, que niegan las contradicciones que conforman nuestro marco epocal. Y también, porque el objetivo ambicioso de construir un nuevo sistema social sin explotación ni opresión contrasta con la miseria estratégica del posibilismo que hoy nos circunda, ya se presente éste en forma abierta e inmediata o enmascarado en la supuesta realización de algunas de sus metas como resultado de la capacidad del capital para saltar sobre sus contradicciones.

Si algo ha caracterizado las teorías predominantes en los últimos años, ha sido apoyarse en las derrotas políticas de la clase obrera para naturalizar las condiciones emergentes de la ofensiva capitalista, muchas veces presentadas como fenómenos resultantes de las transformaciones científicas y técnicas, como si éstas pudiesen ser consideradas una variable explicativa independiente. Con la paradoja que esto lo sostienen teorías que no vacilan en acusar superficialmente al marxismo por ser, supuestamente, una más de las teorías que sostienen visiones lineales del “progreso” histórico.

Desde nuestro ángulo, no recurrir a Trotsky para dar cuenta revolucionariamente de los desafíos de nuestro tiempo sería hacer como un físico que no considerase la obra de Einstein en sus nuevas investigaciones. Por ello, la operación ideológica de desacreditar como “pasado de moda” su legado teórico y político no es inocente. Es pretender que volvamos la espalda a quien nos ha dejado los principales basamentos teóricos y programáticos en los que apoyarnos, los únicos que se han sostenido en el campo del marxismo (¿quién hoy puede reinvindicarse stalinista?).

Trotsky y las transformaciones de la economía mundial capitalista

Pongamos a prueba nuestras afirmaciones. En el comienzo decíamos que era indudable que nuestro “marco estratégico” era divergente del que rigió en la segunda posguerra durante la vigencia de lo que se ha llamado el “orden de Yalta”.

Tanto desde el punto de la economía mundial, como del sistema de estados y de las relaciones entre las clases fundamentales (y en la composición misma de estas clases) hemos vivido alteraciones sustantivas.

Vamos a abordar estas transformaciones y confrontar con las interpretaciones que se han vertido sobre ellas partiendo de algunas consideraciones teóricas y metodológicas fundamentales realizadas por Trotsky.

Estamos en un debate con puntos de contacto con el que se diera a fines del siglo XIX, cuando el surgimiento de la “fase imperialista” del capitalismo llevó a una intensa discusión en el seno del marxismo donde, como hoy, la renuncia al análisis dialéctico facilitaba las afirmaciones acerca de un capitalismo que se volvía más apacible a medida que se desarrollaba, de Eduard Bernstein a Werner Sombart. El crecimiento del poder de los monopolios y el proceso de internacionalización del capital eran de tal magnitud que incluso teóricos como Hilferding hablaron de la existencia de un “capitalismo organizado” y el crítico de Bernstein desde la “ortodoxia”, Karl Kautsky, pasó a sostener la teoría del “ultraimperialismo”; es decir, la tesis que, según la resumió Mandel, postula que “la interpenetración internacional de los capitales está avanzada al punto en que las divergencias de intereses decisivos, de naturaleza económica, entre propietarios de capitales de diversas nacionalidades, han desaparecido completamente”.

Pero, a la vez, el marxismo se enriqueció teórica y estratégicamente en ese período como no lo hacía desde los tiempos de sus fundadores, con la obra de quienes constituyeron la tercera generación de los “marxistas clásicos”, la encabezada por Lenin, Trotsky y Luxemburgo, de acuerdo a la conocida tipología de Perry Anderson en sus Consideraciones sobre el marxismo occidental. En el marco de estos debates se fueron afilando las herramientas que permitirían al proletariado conquistar en Rusia el poder por vez primera, luego del intento derrotado de la Comuna de París.

A fines de los años ’30, mientras el mundo iba camino a una nueva masacre imperialista, Trotsky recordaba las discusiones de aquellos años sobre la dinámica del capitalismo: “El final del siglo pasado y el comienzo del presente siglo se han caracterizado por un progreso tan abrumador del capitalismo, que las crisis cíclicas parecían no ser más que molestias ‘accidentales’. Durante los años de optimismo capitalista casi universal los críticos de Marx nos aseguraban que el desarrollo nacional e internacional de los ‘trusts’, sindicatos y carteles introducía en el mercado una organización bien planeada y presagiaba el triunfo final sobre las crisis. Según Sombart, las crisis habían sido ya ‘abolidas’ antes de la guerra por el mecanismo del propio capitalismo, de tal modo que ‘el problema de las crisis nos deja hoy día virtualmente indiferentes’. Ahora, solamente diez años más tarde, esas palabras suenan a burla, porque el pronóstico de Marx se nos aparece hoy en día en toda la medida de su trágica fuerza”4.

A su vez, señalaba en ese mismo artículo cómo en medio de la “gran crisis” los analistas del diario estadounidense The New York Times cometían el mismo error metodológico que los que habían augurado un desarrollado capitalista cada vez más apacible. The New York Times cuestionaba al marxismo por sostener dos afirmaciones aparentemente contradictorias: que la crisis que arrastraba el capitalismo mundial era expresión de la “anarquía capitalista”, a la vez que la economía estaba cada vez más dominada por un puñado de monopolios, en el caso estadounidense por las “sesenta familias” que había denunciado el mismo Roosevelt. Trotsky contestaba de la siguiente manera:

“Es notable que la prensa capitalista, que pretende negar como puede la existencia misma de los monopolios, recurra a esos mismos monopolios para negar como puede la anarquía capitalista. Si sesenta familias dirigen la vida económica de Estados Unidos, The New York Times observa irónicamente: ‘Esto demostraría que el capitalismo norteamericano, lejos de ser anárquico y sin plan alguno, se halla organizado con gran precisión’. Este argumento yerra el blanco. El capitalismo ha sido incapaz de desarrollar una sola de sus tendencias hasta el fin. Así como la concentración de la riqueza no suprime a la clase media, así tampoco el monopolio suprime a la competencia, sólo la ahoga y la contiene. Ni el ‘plan’ de cada una de las sesenta familias ni las diversas variantes de esos planes se hallan interesados en lo más mínimo en la coordinación de las diferentes ramas de la economía, sino más bien en el aumento de los beneficios de su camarilla monopolista a expensas de otras camarillas y a expensas de toda la nación. En último término, el choque de semejantes planes no hace más que profundizar la anarquía de la economía nacional. La crisis de 1929 estalló en Estados Unidos un año después de haber declarado Sombart la completa indiferencia de su ‘ciencia’ con respecto al problema de la crisis”5 (negritas nuestras).

Como veremos, la mayoría de las mistificaciones que sostienen las teorías contemporáneas sobre la “globalización”, ya sea las que en alguna forma la celebran como las que se oponen a ella desde la defensa del “estado” contra el “mercado”, caen en el mismo error metodológico de no comprender que “el capitalismo ha sido (y es) incapaz de desarrollar ninguna de sus tendencias hasta el final”. Confrontando con las posiciones de algunos de los autores más representativos de estas posturas, trataremos de demostrar que esta definición de Trotsky sigue constituyendo un punto de partida insistituible para dar cuenta de la dinámica del mundo contemporáneo.

Partimos asimismo de la “ley” más general que Trotsky señaló como característica del desarrollo capitalista, la ley del desarrollo desigual y combinado, que su autor formuló originalmente para dar cuenta de las peculiaridades que explicaban que en un país atrasado como la Rusia zarista se hubiese producido la primer revolución socialista de la historia: “Las leyes de la historia no tienen nada en común con el esquematismo pedante. El desarrollo desigual, que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela, en parte alguna, con la evidencia y la complejidad con que la patentiza el destino de los países atrasados. Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados se ven obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas. Sin acudir a esta ley, enfocada, naturalmente, en la integridad de su contenido material, sería imposible comprender la historia de Rusia ni la de ningún otro país de avance cultural rezagado, cualquiera que sea su grado”6.

Por último, recordaremos que el hecho de que la economía mundial capitalista haya rebasado los estados nacionales, pese a como lo presentan las tesis “globalizadoras”, no es en realidad una afirmación novedosa para los marxistas. Si, como fue recordado por muchos de los trabajos que se escribieron hace unos años ante el 150 aniversario del Manifiesto Comunista, la tendencia a la internacionalización de las fuerzas productivas fue señalada por Marx a mediados del siglo XIX, a comienzos del siglo XX el salto del capitalismo de su fase inicial de “libre competencia” a su estadio imperialista llevó a nuevos desarrollos sobre las condiciones que presentaba ahora la economía mundo y lo que esto implicaba para la estrategia revolucionaria. En el caso de Trotsky, fue la relación entre la economía capitalista como totalidad y la peculiaridad que sus tendencias implicaban para el desarrollo ruso lo que le permitió plantear originalmente la perspectiva de la revolución permanente, contra la interpretación mecanicista de las tesis de Marx que sostenían los teóricos mencheviques. Así pudo formular, en Resultados y perspectivas, la audaz e innovadora apuesta de que el proletariado ruso conquistaría el poder acaudillando a las masas campesinas y enarbolando las banderas de la revolución democrática, pero que una vez en él se vería obligado desde un primer momento en avanzar sobre la propiedad capitalista, con lo cual la revolución transcrecería de democrática en socialista. Perspectiva que se materializaría con el triunfo de la revolución de octubre, once años más tarde de escrito tal pronóstico. Pero ni Trotsky ni Lenin consideraron jamás que la conquista del poder por parte del proletariado ruso le planteaba la posibilidad de avanzar por sí mismo al socialismo, sino que condicionaban esta perspectiva al desarrollo de la revolución en Europa y en particular en Alemania.

Es así que el stalinismo y sus tesis acerca de la “construcción del socialismo en un solo país” constituyeron una verdadera regresión de una afirmación que, previamente, era un verdadero sentido común entre los distintos teóricos revolucionarios. Trotsky señalaba en La revolución permanente: “El marxismo parte del concepto de la economía mundial, no como una amalgama de partículas nacionales, sino como una potente realidad con vida propia, creada por la división internacional del trabajo y el mercado mundial, que impera en los tiempos que corremos sobre los mercados nacionales.

Las fuerzas productivas de la sociedad capitalista rebasan desde hace mucho tiempo las fronteras nacionales. La guerra imperialista fue una de las manifestaciones de este hecho. La sociedad socialista ha de representar ya de por sí, desde el punto de vista de la técnica de la producción, una etapa de progreso respecto al capitalismo. Proponerse por fin la edificación de una sociedad socialista nacional y cerrada, equivaldría, a pesar de todos los éxitos temporales, a retrotraer las fuerzas productivas deteniendo incluso la marcha del capitalismo. Intentar, a despecho de las condiciones geográficas, culturales e históricas del desarrollo del país, que forma parte de la colectividad mundial, realizar la proporcionalidad intrínseca de todas las ramas de la economía en los mercados nacionales, equivaldría a perseguir una utopía reaccionaria (…) los rasgos específicos de la economía nacional, por grandes que sean, forman parte integrante y en proporción cada día mayor, de una realidad superior que se llama economía mundial, en la cual tiene su fundamento, en última instancia, el internacionalismo de los partidos comunistas” (negritas nuestras)7.

Trotsky, al igual que Lenin y Luxemburgo, consideraba la economía mundial capitalista como una totalidad interdependiente y no como un mero agregado de economías nacionales. En la cita anterior puede verse claramente cómo Trotsky tenía un punto de vista teórico que, si bien surgía de procesos existentes ya a comienzos del siglo pasado, adelanta genialmente tendencias que se expresarían potenciadamente con el crecimiento en la internacionalización de las fuerzas productivas ocurrido en los últimos treinta años. Partir de las consideraciones de Trotsky señaladas es ineludible para aproximarnos a qué es lo que ha ocurrido en el período histórico reciente, evitando los análisis unilaterales tan habituales.

En mucha mayor medida que en la época de Lenin y Trotsky, pero reactualizando su visión del capitalismo como una totalidad mundial interdependiente, hoy existen cadenas de producción integradas internacionalmente y tenemos países cuyo principal rol es el de aportar plantas ensambladoras de productos realizados en otros estados y regiones. Mientras la producción tecnológicamente más sofisticada se concentra en un puñado de naciones, otras, que habían desarrollado al calor de procesos de “sustitución de importaciones” una cierta industrialización, han retrocedido a ser esencialmente proveedoras de materias primas.

Como forma de aumentar sus beneficios, los monopolios han buscado aprovechar las ventajas de cada sector de la economía internacionalizada, incluyendo formas de planificación y coordinación del trabajo en otros tiempos impensadas, para lo que se han valido de los desarrollos de la informática, como un medio indispensable a la hora de planificar la producción y ponerla en consonancia con una demanda inestable y cambiante. Pero todo esto no ha llevado a la humanidad a un estadio superior ni a una producción internacionalmente “coordinada” de conjunto sino que, al realizarse en forma anárquica, ha favorecido el aumento de la desigualdad entre un puñado de países privilegiados y un mundo que se sigue debatiendo en la pobreza y la indigencia, cuestión que se repite al interior de cada país, combinando la intelectualización de una fracción de la fuerza de trabajo con formas de explotación del trabajo asalariado que en muchos casos nada tienen que envidiarle a las del capitalismo del siglo XIX. Los recursos con que la humanidad cuenta son inmensos, pero la concentración desigual de la riqueza social ha alcanzado también límites inéditos. Es decir, hemos visto un proceso de desarrollo crecientemente desigual y combinado, con los profundos contrastes que expresan las calles de cualquier gran urbe contemporánea.

Esto no significa que exista un mundo plenamente globalizado, donde el territorio al que se pertenezca ya no tenga importancia. Aunque la presión del mercado capitalista mundial sobre los “mercados locales” es hoy mucho mayor que en momento alguno del siglo XX, aún hoy la producción que traspone las fronteras nacionales representa el 20% del producto mundial, contribuyendo las filiales de las empresas transnacionales con alrededor de un 10% del producto y acumulación de capitales mundiales. El dominio logrado por el capital en regiones que le habían sido vedadas durante la segunda mitad del siglo XX, incluyendo la monumental reserva de fuerza de trabajo conquistada en China, imponen crecientemente la tendencia a precios internacionales en las manufacturas, pero el crecimiento del comercio mundial está concentrado entre los países del G7 y algunos otros estados “selectos”, como China, los NIC’s, India, Brasil y Sudáfrica. Las finanzas también han logrado un peso impresionante dentro de los negocios capitalistas, siendo el sector más “globalizado” de la economía a partir del uso privilegiado de los avances informáticos. Pero este crecimiento de los negocios especulativos del capital se explica porque es allí donde es más fácil encontrar beneficios extraordinarios, en detrimento de las dificultades que muestra la valorización capitalista en las ramas industriales tradicionales, producto del incremento de la “composición orgánica” del capital.

De ahí que para nadie que razone en los términos de Trotsky puede resultar una novedad la afirmación de los teóricos “globalizadores” sobre que “no hay soluciones locales a problemas globales”. Pero esto que es correcto en un sentido estratégico se transforma en su contrario si lo convertimos en un presupuesto. A diferencia de lo que opinan estos teóricos, considerar que una sociedad comunista no puede construirse en el terreno nacional, no significa que para avanzar en tal sentido podamos prescindir de la necesidad de realizar revoluciones sociales en el terreno nacional que se conviertan en verdaderas “trincheras” para los trabajadores y las masas explotadas a nivel mundial. Pese a la internacionalización de las fuerzas productivas, ¿cómo puede pensarse seriamente en que los trabajadores y las masas explotadas tomen el control y pongan los medios de producción, hoy más desarrollados y en poder de los grandes monopolios, al servicio de satisfacer las necesidades humanas sin quebrar el poder de los estados capitalistas? Para hacer esto seguimos necesitando, inevitablemente, de la conquista del poder político.

La insoportable unilateralidad de los teóricos “globalizantes”

Consideremos ahora lo que opinan sobre el mismo proceso autores representativos de las tesis que sostienen que la globalización o la mundialización han producido un verdadero cambio de época.

En ellos puede advertirse, en mayor o menor medida, la convicción que estamos frente a un capitalismo que ha logrado superar las contradicciones que lo cruzaron desde sus orígenes llevando “sus tendencias hasta el final”. Esto se daría tanto en el plano del proceso de trabajo (donde según la visión de Negri la hegemonía del “trabajo inmaterial” expresaría la realización de las tendencias señaladas por Marx hacia el pleno dominio del “trabajo abstracto”, que habría vuelto obsoleta la ley del valor) como en la autonomía lograda por el capital respecto de los estados nacionales, cuya existencia sería un simple remanente del pasado. El capitalismo habría sufrido mutaciones trascendentales, aunque aún no han surgido las formas políticas (o, si se quiere, de “regulación”) que las expresen. En esta situación, todo el pensamiento político que predominó en la “modernidad” ha perdido vigencia y debe ser desestimado.

Un ejemplo típico de estos análisis desde una perspectiva “reformista” es la que sostiene Zigmunt Bauman, uno de los sociólogos más destacados de la actualidad. En uno de sus últimos trabajos, La sociedad sitiada, insiste sobre las características que presenta la época de la “modernidad líquida” en la que vivimos, opuesta a la “modernidad sólida” característica de los siglos XIX y XX, que fue la analizada por la sociología clásica: “La actual soberanía política de los Estados no es más que una sombra de la multifacética autonomía política, económica, militar y cultural de los Estados de antaño, modelada según el patrón del Totale Staat. Hay poco que los Estados soberanos de hoy puedan hacer, y menos aún que sus gobiernos se atrevan a llevar a cabo, para contener las presiones del capital, las finanzas y el comercio (incluido el comercio cultural) de carácter globalizado. Si se vieran instados por sus sujetos a reafirmar sus propias normas de justicia y propiedad, los gobiernos en su mayor parte replicarían que nada pueden hacer al respecto sin ‘ahuyentar a los inversores’ y por ende atentar contra el PBN y el bienestar de la nación y todos sus miembros. Dirían que las reglas del juego que están obligados a jugar han sido dispuestas (y pueden ser revisadas a voluntad) por fuerzas sobre las que tienen una influencia mínima. ¿Cuáles fuerzas? Unas tan anónimas como los nombres tras los que se esconden: competencia, condiciones de comercio, mercados mundiales, inversores globales. Fuerzas sin residencia fija; extraterritoriales, a diferencia de los poderes eminentemente territoriales del Estado; y capaces de moverse libremente alrededor del planeta, en contraste con las agencias del Estado que, o bien para peor o bien para mejor, se mantienen irrevocablemente sujetas al suelo. Fuerzas cambiantes y huidizas, esquivas, difíciles de localizar e imposibles de atrapar”8. Esta situación llevaría a un interés decreciente de los individuos sobre sus temas comunes, cuestión que es apoyada y secundada por “un Estado que se muestra gustoso de ceder tantas de sus antiguas responsabilidades como le sea posible a intereses y preocupaciones privadas”. A la vez, el mismo Estado encuentra una creciente impotencia “para mantener el equilibrio de sus cuentas dentro de las propias fronteras o para imponer sus normas en cuanto a la protección, la seguridad colectiva, los principios éticos y los modelos de justicia que mitigarían la inseguridad y aliviarían la incertidumbrre que socava la confianza de los individuos en sí mismos, condición necesaria de toda participación sostenida en los asuntos públicos”. El resultado de estos procesos sería “el crecimiento de la brecha entre ‘lo público’ y ‘lo privado’, y la lenta pero inexorable desaparición del arte de la traducción recíproca entre los problemas privados y los asuntos públicos, la savia vital de toda política. Contra Aristóteles, pareciera que la noción del bien y el mal en su forma privatizada actual ya no suscita la idea de la ‘buena sociedad’ (o del mal social, para el caso); y cualquiera sea la esperanza de una bondad supraindividual que se conjure, difícilmente se le conferiría al Estado”. Insiste por ello en que “no hay soluciones locales para problemas globales” y que “una respuesta efectiva a la globalización sólo puede ser global. Y el destino de esa respuesta global depende del surgimiento y el arraigo de una escena política global (en tanto distinta a la ‘internacional’, o para ser más precisos, interestatal). Es esa escena lo que hoy en día falta, de modo notable. Los participantes globales existentes, por razones obvias, son particularmente reacios a construirla (…) Se necesitan fuerzas realmente nuevas para restablecer y vigorizar un foro de discusión verdaderamente global que se adecue a la era de la globalización; y esas fuerzas podrán ejercerse solamente pasando por sobre ambas clases de participantes”9.

El análisis de Bauman está realizado dentro de la tradición de lo que podríamos llamar la sociología crítica, con elementos de análisis que recuerdan al Wright Mills de La Imaginación Sociológica cuando señalaba el “malestar” del hombre contemporáneo de su tiempo por la impotencia para transformar sus “inquietudes personales” en “problemas públicos”. Pero si en los Estados Unidos de la “guerra fría” el pragmatismo ecléctico de Mills no le permitió ir más allá de las tesis “pesimistas” sobre las tendencias irreversibles a la “burocratización del mundo”, en Bauman contrastan sus agudas observaciones sobre distintos cambios en la experiencia vivida de nuestro tiempo con su adhesión a las tesis superficiales sobre la superación de las sociedades de clase, que no le permiten ir más allá de un planteo minimalista o una exhortación moral a la hora de pensar cómo enfrentar los grandes flagelos de nuestro tiempo. Contraste que, posiblemente, tiene su fuente en no considerar las sociedades en términos de “modos de producción”, como el marxismo, sino en pensar las relaciones sociales como algo que ocurre a partir de distintas “comunidades imaginadas” por los individuos, un poco en la forma en que lo hacían Durkheim y otros sociólogos no marxistas. De ahí que el término “capitalismo” sea casi un ausente en su trabajo.

Los razonamientos de Negri en Imperio y otros textos posteriores se ubican en esta misma sintonía de análisis en lo que hace a la existencia de un nuevo escenario epocal, aunque desde una posición que se reivindica “comunista” e incluso “revolucionaria”. Partiendo de las críticas recibidas y de reconocer el hecho que el libro que escribió junto a Michael Hardt “no se ocupa de algunas cuestiones hoy fundamentales: por un lado, la fuerte insistencia estadounidense sobre la unilateralidad de la acción imperial; por otro, el perfeccionamiento de los medios de control que se extienden hacia la guerra y que en ocasiones le son inherentes”10, Negri vuelve en un trabajo reciente sobre las “dos o tres tesis en las que se apoya la estructura del discurso desarrollado en Imperio”11. La primera tesis es que “no existe globalización sin regulación”. Justamente el Imperio sería la forma transitoria de regulación que encuentra la actual fase de globalización. La segunda tesis es que “la soberanía de los Estados-nación está en crisis. Crisis significa que la soberanía se transfiere del Estado-nación y se encamina hacia otra parte. El problema es definir hacia dónde; este conflicto sigue abierto. Por ello decimos que la soberanía imperial se encuentra en un ‘no lugar’ (…) el Estado-nación ya no tiene su centralidad sobre la cultura, sobre la lengua y la información, porque está continuamente atravesado por corrientes antagonistas y por múltiples entradas lingüísticas y culturales que le sustraen la posibilidad de tener una posición hegemónica y de dominar sobre el proceso cultural”. Señala por último “una tercer tesis fundamental del trabajo de Imperio” consistente en asumir que los fenómenos recién mencionados ocurren “dentro de la relación de capital: ésta es la pretensión científica fundamental de Imperio; y es evidente que aquí seguimos la estela de la enseñanza marxiana. Naturalmente, esta estrategia marxiana está subordinada a una experimentación nueva y creativa, y al sentido de la originalidad de las situaciones que analizamos. El conflicto de clase en el que estamos inmersos, las experiencias sentidas con respecto al poder, las prácticas de resistencia y de éxodo que vivimos, así como la actividad laboral que nos constituye, son, en efecto, distintos de los que Marx había experimentado. Sigue siendo fundamental el hecho de que es la lucha, la división social de la relación de capital, lo que constituye toda realidad política”12.

Por ello, a diferencia de Bauman, Negri insiste en que la conformación del Imperio va de la mano de (o, mejor dicho, es una respuesta a) la constitución de un nuevo sujeto antagonista, la multitud, que de Seattle a esta parte se ha expresado en la conformación del “movimiento de los movimientos”. Multitud cuya estrategia, según Negri, debería asumir que la situación, desde que fue formulado el planteo revolucionario de Lenin, “ha cambiado radicalmente; ya no existe una clase obrera que se lamente la ausencia de un proyecto de gestión de la industria y de la sociedad, ya sea gestión directa o mediatizada por el Estado. Y aunque este proyecto fuera reactualizable, no podría tener una carácter hegemónico sobre el proletariado y/o sobre la intelectualidad de masas, ni podría cercenar un poder capitalista desplazado hacia otros niveles (financieros, burocráticos, comunicativos, etcétera) de dominio. En el presente, pues, la decisión revolucionaria debe basarse en otro esquema constituyente que no coloque como preliminar un eje industrial y/o de desarrollo de la economía sino que, a través de aquella multitud en la que se configura la intelectualidad de masas, proponga el programa de una ciudad liberada en la cual la industria ceda ante las urgencias vitales, la sociedad ante la ciencia, y el trabajo ante la multitud. La decisión constituyente se convierte, aquí, en multitud”13.

En ambos autores podemos ver una matriz similar de error analítico: pensar fenómenos que se desarrollan en una sola dirección, moviéndose según una lógica homogénea y no desigual y combinada. De ahí las unilateralidades de sus posiciones, que hace que, aún partiendo de una serie de hechos ciertos, lleguen a conclusiones falaces.

Centrándonos en el análisis de Negri, los hechos reales de los que parte son:

a) que los grandes monopolios y corporaciones aumentaron enormemente su poder en los últimos treinta años, poniendo bajo su control directo áreas de la economía que en la posguerra estuvieron bajo el control estatal;

b) que conquistaron nuevos mercados territoriales y pusieron nuevas esferas de actividad humana bajo su dominio;

c) que las potencias dominantes tienden a buscar que el control económico que ejercen en áreas del mercado “global” se exprese en instituciones jurídicas y políticas supranacionales;

d) que estos dos fenómenos han llevado a un cierto debilitamiento de la “soberanía” de los estados nacionales, aunque en forma desigual según los casos que se consideren;

e) que los desarrollos científicos y técnicos agudizan la contradicción entre una producción crecientemente socializada y compleja con la imposición de una medida (“miserable”, al decir de Marx) que permita su valorización y su intercambio mercantil;

f) que la inmigración masiva en los países imperialistas está produciendo cambios importantes en su composición étnica, generando una crisis creciente de “integración” de la nueva fuerza de trabajo inmigrante, con el fortalecimiento de tendencias xenófobas en partes significativas, aunque aún minoritarias, de la población nativa;

g) que se impusieron nuevas condiciones de sojuzgamiento a la fuerza de trabajo a nivel mundial, bajo el doble látigo de la precarización y el desempleo;

h) que, especialmente en los países centrales, han crecido, en proporción a la industria, los asalariados en diversos sectores de las actividades catalogadas como “servicios” y que, más en general, los últimos treinta años registraron importantes cambios en la composición de la clase trabajadora;

i) que entre ellos se cuentan su feminización y el crecimiento en importancia de la fracción de la fuerza de trabajo “intelectualizada”;

j) que el desarrollo de los medios de comunicación de masas electrónicos, y su monopolio por las grandes potencias, tiende a una difusión inédita de los valores de la “cultura dominante”;

k) que ligados a los negocios de las grandes corporaciones y a la tecnocracia administrativa, académica y científica existen importantes sectores de las “élites” de los distintos países que viven en forma crecientemente “transnacionalizada”.

De estas premisas deduce una serie de conclusiones que lo llevan a afirmar que estamos frente a un verdadero “cambio epocal” que se caracterizaría por:

i) la libre movilidad absoluta del capital en todas sus áreas y la constitución de un capital “global” que dejaría como algo del pasado los conflictos interimperialistas que caracterizaron el siglo XX14;

ii) la desaparición de los estados nacionales y su reemplazo por formas “globales” de soberanía, que dejarían sin fundamentos la toma o conquista del poder del estado;

iii) una distribución también “global” de la riqueza y la pobreza, con lo que quedarían abolidas las distinciones entre naciones imperialistas y semicoloniales propias del imperialismo clásico;

iv) la hegemonía del “trabajo inmaterial” y la pérdida de peso de los asalariados, con lo cual la clase obrera no existe más o no tiene ya la posibilidad de jugar un papel hegemónico entre el conjunto de los sectores oprimidos por el capital;

v) ligado a lo anterior, el surgimiento de un nuevo sujeto resistente, la “multitud”, que sería expresión de una fuerza productiva dominada por el “general intellect”; un sujeto que ya no se definiría por la obligación de vender la fuerza de trabajo al capital y del lugar común que se ocupa en el proceso de producción, lo que dejaría sin sustento toda política clasista tanto en el terreno “nacional” como en el “global”.

Esta visión extrapolada y carente de todo límite que Negri presenta de fenómenos que, en la realidad, actúan sólo tendencialmente, y que lo hacen decir que el comunismo está “al alcance de la mano” y que para llegar a él no hace falta ninguna “transición”, constituyen un enorme embellecimiento de las posibilidades del capital para superar sus contradicciones. De ahí que leyendo a Negri se tiene frecuentemente la impresión de un capitalismo tan cambiado … que ha dejado de ser tal. Esta sobrestimación de la madurez de las “condiciones objetivas” opera a su vez como justificación de una práctica “subjetiva” consistente en aceptar la “miseria de lo posible”, una mera presión sobre los “poderes fácticos” existentes que caracteriza a las corrientes autonomistas a pesar de su retórica15.

La ausencia de “equilibrio capitalista”

Contrastemos estas posiciones, tratando de transformar el “álgebra” de Trotsky en formulaciones aritméticas que nos permitan señalar las características del “marco estratégico” que se ha ido conformando en los últimos años. En trabajos anteriores hemos señalado que el concepto de Trotsky de “equilibrio capitalista” analiza la dinámica del sistema combinando la situación de la economía, de los conflictos y antagonismos interestatales y la lucha de clases16. De esta forma, evitábamos caer en análisis mecanicistas de distinto tipo17 para definir si los tiempos se hacían más convulsivos o no, buscando a su vez en forma “leninista” tratar de captar los “eslabones débiles” para el desarrollo del proceso revolucionario. Aplicando este método a la actualidad, lo cierto es que desde que fuera roto el relativo equilibrio18 del capitalismo en los centros imperialistas por la acción de la lucha de clases a fines de los ’60 y en la economía con la crisis de 1973-75, la economía mundial no ha logrado más que estabilizaciones parciales y precarias. Más allá de lo que sostengan los defensores de las tesis acerca de que el capitalismo es capaz de superar sus propias contradicciones, es un hecho que desde principios de los ‘70 el capitalismo mundial vive una “crisis de acumulación” que no ha logrado superar. A pesar de la brutal ofensiva descargada sobre los trabajadores, de los avances científicos y tecnológicos y de la conquista de nuevos mercados y nuevas áreas bajo su dominio (como el mercado chino), el crecimiento promedio de la economía es muy inferior al de los años del “boom”. Comparando el crecimiento promedio en las cuatro principales economías capitalistas en dos series promedio (1960-73 y 1980-94) podemos ver la disminución en el ritmo del crecimiento capitalista claramente en el Cuadro 119:

Cuadro 1

PAÍS PROMEDIO PIB 1960-73 PROMEDIO PIB 1980-94
EE.UU. 3,96 2,32
Japón 9,68 3,95
Alemania 4,38 1,94
Francia 5,41 1,89

En su trabajo The boom and the bubble, Robert Brenner plantea una visión similar, dando cuenta del dinamismo económico declinante que presenta la economía mundial:

Cuadro 2

Dinamismo económico declinante (variación porcentual del promedio anual)

PBN 1960-69 1969-79 1979-90 1990-95 1995-2000 1990-2000
Estados Unidos 4,6 3,3 2,9 2,4 4,1 3,2
Japón 10,2 5,2 4,6 1,7 0,8 1,3
Alemania 4,4 3,6 2,2 2 1,7 1,9
Unión Europea 5,3 3,7 2,4 1,6 2,5 2
G-7 5,1 3,6 3 2,5 1,9 3,1

PBN per cápita

PBN 1960-69 1969-79 1979-90 1990-95 1995-2000 1990-2000
Estados Unidos 3,3 2,5 1,9 1,3 3,4 2,4
Japón 9 3,4 4 1,1 1,1 1,1
Alemania 3,5 2,8 1,9 7 1,6 4,3
G-7 3,8* 2,1** 1,9 1,2 2,5 1,8

* 1960-73 ** 1973-79

Fuente: Robert Brenner, The boom and the bubble, Verso, 2002.

Podemos ver aquí, que aunque en la segunda parte de los ’90 la economía norteamericana en particular mejoró su rendimiento -alimentando los desvaríos de la “nueva economía”-, el promedio del crecimiento de su PBN en la década no superó los índices de los ya magros rendimientos de los ’70. Y ni hablar si consideramos los índices de Japón, Alemania o el conjunto de la Unión Europea.

Según nuestro punto de vista, las dificultades para que el capitalismo mundial logre una nueva situación de “equilibrio” más o menos duradero se sustentan en las tendencias a la decadencia de la hegemonía estadounidense, cuyo liderazgo de “occidente” fue indisputado en los años del “boom” (cuando generaba un 40% del producto bruto mundial, contra un 25% en la actualidad) mientras hoy se ve crecientemente cuestionado por sus rivales europeos y asiáticos, más allá de la recuperación de posiciones y del espejismo de su “dominio ilimitado” que presentó la década de los ’90.

De ahí lo superficial de las afirmaciones de que existe un único capital “global” que habría transformado en algo del pasado las disputas interimperialistas. En realidad, ésta no es una discusión novedosa para el marxismo. Como señalamos, en su momento Kautsky y otros plantearon que la tendencia era hacia la conformación de un único “trust” mundial, dando lugar a un “ultraimperialismo”. Lenin combatió esta posición (y con él, Trotsky y Rosa Luxemburgo, aunque esta última desde otra explicación del funcionamiento del capitalismo y de la causa de sus crisis) no porque negase la dinámica del capital hacia la concentración y la centralización del poder monopólico, sino porque no creía que esta tendencia pudiese por un lado imponerse a la competencia implacable por los mercados de los distintos monopolios, para lo cual éstos requerían del auxilio de los distintos estados nacionales, y por otro a la resistencia del proletariado. Creer que el monopolio puede llevar a la superación de la competencia, o que porque el capital se mueve en una escala distinta a la del estado nacional puede prescindir de él, es sencillamente creer que el capitalismo ha conseguido “llevar sus tendencias hasta el final”.

Por el contrario, desde mediados de los ’70 tenemos una economía mundial dividida en tres grandes bloques imperialistas. La tendencia al surgimiento de bloques regionales es una política de las naciones dominantes para competir en mejores condiciones con sus rivales. David Harvey, cuyo trabajo más reciente es El nuevo imperialismo, ha sostenido que “la tentativa por parte de los Estados Unidos de controlar el petróleo de Oriente Medio … se volvió aún más importante ahora, y no tanto para proteger las fuentes de crudo norteamericanas, que son muy diversas, sino para controlar la economía global y la competencia por parte de otros bloques económicos: en primer lugar el Japón y China, que no tienen fuentes de crudo propias y dependen del petróleo de Oriente Medio, y hasta cierto punto también Europa (…) Tendríamos entonces tres bloques de poder: el Este asiático, los Estados Unidos y la Unión Europea, con una importante competición entre ellos. Esto nos llevaría a un imperialismo competitivo como el analizado por Lenin a comienzos del siglo XX, con la diferencia de que ahora sería entre bloques de poder, en lugar de ser entre países”20. Es que, aunque las fuerzas productivas se han internacionalizado, el capital no se ha “globalizado” homogéneamente, sino que se ha desarrollado en forma desigual y combinada. La gran mayoría de las “inversiones extranjeras directas” están concentradas en las naciones del G-7 y en un puñado de países, como China y otros del este y el sudeste asiático. En Latinoamérica, México, Brasil y Argentina fueron parte de este “club” en los ’90 hasta que la crisis provocó un cambio en el sentido de la flecha. La tendencia a la constitución de espacios económicos “globales” se ha dado conjuntamente con el surgimiento tanto de nuevos estados como de diferentes tipos de bloques regionales intermedios (como la Unión Europea, el NAFTA, la Apec o el Mercosur) mediante los cuales los poderes imperialistas buscan asegurarse un acceso privilegiado a los distintos mercados. Vemos actuar una dialéctica en la cual el mundo, a medida que se “mundializa”, se parte y se divide. Como ha señalado Bensaïd: “Lejos de crear un espacio político homogéneo, la ‘mundialización’ imperial acrecienta las desigualdades y refuerza las relaciones de dominación, llevando a una suerte de ‘balcanización del planeta’. En el mismo momento donde los Estados nacionales son señalados como algo del pasado, el Comité Olímpico Internacional cuenta con más y más miembros y banderas. Sólo Europa ha visto aparecer en diez años una docena de nuevos países y más de 15.000 kilómetros de nuevas fronteras (…) Pero más los estados se multiplican, más su soberanía reconocida aparece como formal. Detrás de estas ‘soberanías de fachada’ se instalan diversos estados fantoches, cortesanos o mendicantes, ‘presta nombre’ de potencias dominantes (…) Esta dialéctica de disolución por lo alto de viejos imperios destruidos por su propio poder y del despertar por debajo de aspiraciones nacionales frustradas, de formación de nuevos aglomerados regionales y de fragmentación de territorios existentes, está lejos de haberse agotado”21.

Podemos entonces entender que la política imperialista agresiva desarrollada por el gobierno de Bush y especialmente de su ala “neoconservadora” respondió no a la “locura” de los miembros de su administración o meramente a la búsqueda de negocios privados, sino a tratar de utilizar el terreno en el que Estados Unidos domina sin disputa, la fuerza militar, como factor de disciplinamiento político para recuperar parte de la hegemonía perdida. Es, si se quiere, una política voluntarista y facilista, pero que va a ser continuada en lo esencial por un eventual gobierno de Kerry, en mayor medida de lo que creen los que apoyan al candidato demócrata como “mal menor” frente a la actual administración republicana.

La opresión imperialista

La ausencia de la visión de que el capitalismo se desarrolla en forma “desigual y combinada”, ha llevado, por su parte, a uno de los desvaríos centrales de las tesis globalizadoras, aquel por el cual se considera perimida la opresión que las naciones imperialistas ejercen sobre las naciones oprimidas. Bajo el neoliberalismo hemos vivido una redistribución desigual del poder estatal. Ha aumentado el poder de las potencias imperialistas en detrimento de la fuerza de las naciones sojuzgadas, a partir del control que las primeras ejercen sobre los cinco monopolios de los que en la actualidad depende, según Samir Amin, el dominio mundial: el monopolio sobre las nuevas tecnologías; sobre el control de los flujos financieros; sobre el acceso a los recursos naturales del planeta; sobre los medios de comunicación y sobre las armas de destrucción masiva. Es cierto que la tendencia no ha sido homogénea entre los países que no pertenecen al selecto “club” del G-7: en medio del incremento de las disputas interimperialistas, estamos presenciando con el comienzo de siglo el fortalecimiento de una serie de potencias de peso regional, como Brasil, Sudáfrica o la India (y, con características peculiares, China). Pero, más allá de los intentos de resurrección senil de las burguesías semicoloniales, la dominación imperialista se mantiene incólume: entre 1982 y 1998 los países de la periferia capitalista han pagado en servicios de la deuda cuatro veces más de lo que debían, pese a lo cual ésta se ha multiplicado por cuatro en los últimos veinte años. Por año se desembolsan, desde el llamado “tercer mundo”, alrededor de 200.000 millones de dólares. ¿Cómo puede obviarse que esta monumental expoliación da bases renovadas a la lucha antimperialista considerando, por el contrario, que la “globalización” ha hecho desaparecer la opresión entre naciones? Esto no niega (¿quién podría hacerlo?) que al interior de los mismos países imperialistas existan millones de pobres y desempleados (en gran parte inmigrantes “indocumentados” o “sin papeles” que subsisten en forma completamente precaria en las metrópolis europeas y estadounidenses) y que haya aumentado, en ellos, la polarización social. Pero tomar estos hechos para borrar de un plumazo las diferencias entre naciones opresoras y oprimidas no es más que una posición falsamente internacionalista, donde perdería toda jerarquía, por ejemplo, la lucha por el fin del flagelo que significan las deudas externas de los países oprimidos, un punto tan agobiante que hasta la Iglesia Católica lo ha tomado demagógicamente como bandera para recuperar adeptos y mostrar una faceta “social” que compense el extremo conservadurismo cultural del papado de Juan Pablo II. Falso internacionalismo, decimos, porque ser internacionalista en un país imperialista es una posición que parte de asumir la condición opresora de la propia nación y el relativo privilegio que tienen los trabajadores en estos países con respecto a los trabajadores de los países oprimidos (¿no demostró Lenin acaso la existencia de una “aristocracia obrera” que daba base a la política reformista de la socialdemocracia de aquellos años?).

Pero no es sólo la dominación económica, sino una creciente política de intervencionismo militar lo que caracteriza al imperialismo de nuestros días, cuestión que va a contramano de lo que han afirmado los teóricos globalizadores. Sus tesis no permiten explicar las tendencias hacia la vuelta de políticas imperialistas y colonialistas que practican las potencias dominantes, donde las respuestas que reciben a su creciente expansión y apropiación de recursos (entre las que se cuentan el incremento de acciones terroristas brutales, como los atentados a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001) son justificadas por la supuesta existencia de estados “villanos” o estados “fracasados”, que según sus relaciones con Washington son sindicados alternativamente como promotores de algún “eje del mal”. Lo cierto es que el imperialismo es un fenómeno tan actual que, como Perry Anderson planteó correctamente en una reciente conferencia dada en La Habana, las tendencias a su exaltación se ven aún en los discursos públicos de los políticos y think tanks de las potencias dominantes: “¿Cómo se articula, entonces, esta nueva prepotencia norteamericana con las innovaciones ideológicas del neoliberalismo y del humanismo militar? En la forma -que hubiera sido impensable solamente algunos años atrás- de una rehabilitación plena y cándida del imperialismo, como un régimen político de alto valor, modernizante y civilizador. Fue el consejero de Blair en materias de seguridad nacional, Robert Cooper, una especie de mini-Kissinger de Downing Street, que inició esta transvaluación contemporánea del imperialismo, dando como ejemplo conmovedor el asalto de la OTAN contra Yugoslavia. Después el nieto de Lyndon Johnson, el jurista constitucional y estratega nuclear Philip Bobbit (coordinador de los servicios de espionaje en el Consejo Nacional de Seguridad de Clinton) con su libro enorme El Escudo de Aquiles, predijo la teorización más radical y ambiciosa de la nueva hegemonía norteamericana. Hoy, artículos, ensayos y libros, celebrando el Impero Americano -típicamente embellecidos por largas comparaciones con el Impero Romano y su papel civilizador- caen en cascadas de las imprentas en los EE.UU.

Se debe subrayar que esta euforia neoimperialista no es un exceso efímero de la derecha norteamericana; hay tanto demócratas como republicanos en el rango de sus próceres. Para cada Robert Kagan o Max Boot por un lado, hay un Philip Bobbitt o Michael Ignatieff por el otro. Sería un error grave ilusionarse que es solamente con Reagan o con los Bush que estas ideas han crecido; no, también Carter y Clinton, con sus Zbigniew Brzezinskis y Samuel Bergers al lado, han jugado un papel igualmente fundamental en su desarrollo”.

La crisis del “movimiento de los movimientos”

Pero las tesis de Imperio sufrieron un rápido desgaste no sólo porque el cambio en la política exterior estadounidense bajo la presidencia de Bush (y especialmente desde el 11 de septiembre) planteó una vuelta a una política imperialista “clásica”, dejando sin sustento o al menos obligando a reformular drásticamente sus principales aseveraciones22, sino también por los límites mostrados por el llamado “movimiento de los movimientos”, al que Negri identificó como encarnación visible de la “multitud”. Al revés de sus ilusiones, Génova no fue un punto de preparación para una ofensiva mayor sino un punto límite a partir del cual el “movimiento altermundialista”, como se denominó desde entonces, comenzó, al menos en esta etapa, un período de declive23. Es cierto, luego se reconvirtió como movimiento antiguerra, pero a pesar de las impresionantes movilizaciones no consiguió evitar la ocupación de Irak y la mayoría de sus mentores pasó a defender la “política del mal menor”, siendo base del refortalecimiento electoral de la socialdemocracia en España y Francia, y activando en la campaña electoral de Kerry en EE.UU. A su vez, el PT brasileño, impulsor del Foro Social Mundial en Porto Alegre, llegó a la presidencia con Lula, pero para actuar, lejos de todo cambio, como un “ortodoxo” alumno del FMI. El propio Paolo Virno debió reconocer, en parte, la impotencia del “movimiento de los movimientos” para afectar la “acumulación capitalista”, en un reciente reportaje: “El movimiento global, de Seattle en adelante, se parece a una pila que funciona a medias: acumula sin pausa energía, pero no sabe cómo ni dónde descargarla. Se está frente a una asombrosa acumulación, la cual no tiene correlato, por el momento, en inversiones adecuadas. Es como estar ante un nuevo dispositivo tecnológico, potente y refinado, pero del cual se ignoran sus instrucciones de uso. La dimensión simbólico-mediática ha sido, al mismo tiempo, un conjunto de ocasiones propicias y de límites. Por un lado, ha garantizado la acumulación de energía; por el otro, ha impedido, o diferido al infinito, su aplicación. Todo activista es consciente de ello: el movimiento global no logra aún incidir -entiendo incidir a partir de la imagen de un ácido corrosivo- sobre la actual acumulación capitalista. El movimiento no ha puesto en juego un conjunto de formas de lucha capaces de convertir en potencia política subversiva la condición del trabajo precario, intermitente, atípico (…) ¿de dónde nace la dificultad? ¿Por qué la tasa de ganancia e, incluso, el funcionamiento de los poderes constituidos no han sido afectados en forma significativa después de tres años de desorden bajo el cielo? (…) Se equivoca quien desconfíe de la carga ética del movimiento, reprochándole descuidar la lucha de clases contra la explotación. Pero se equivoca también, por motivos especulares, quien se complace de esta carga ética considerando que ella deja fuera de juego categorías como “explotación” y “lucha de clases”. En ambos casos se deja escapar la cuestión decisiva: el nexo polémico entre la instancia de la “buena vida” (encarnada en Génova y Porto Alegre) y la vida puesta a trabajar (eje de la empresa posfordista)”24.

Secundariamente, también los resultados más inmediatos del proceso abierto en Argentina con las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 fueron un golpe contra Imperio. ¿Qué más parecido a la multitud en acción que lo acontecido en ese caluroso y movido verano en Buenos Aires, con la deliberación de las asambleas populares en las plazas de la Capital y el camino al fin hallado hacia su unidad que parecía mostrar la confluencia “del piquete y la cacerola”? ¿Cómo no ver aquí, con todo lo progresivo que mostraron las “jornadas revolucionarias”, sin embargo, un ejemplo emblemático de los límites que tiene el culto a la “espontaneidad” de los autonomistas y el hándicap que significó para la burguesía la ausencia de sectores significativos de la clase obrera de la industria y los servicios articulando la acción de masas? ¿Cómo no relacionar la negativa a pensar en términos de “clase” con el derrotero de conciliación con el estado seguido bajo el gobierno de Kirchner por la mayor parte de los autonomistas de esos días?

La crisis estratégica del “movimiento de los movimientos” se plantea en dos planos. Uno tiene que ver con la propia definición de que la época del imperialismo habría sido superada por la del dominio de las instituciones “globales” y por la pérdida de peso y/o desaparición de los estados nacionales, con lo que perdería sentido toda estrategia vinculada a la toma o conquista del poder. El otro se relaciona con la concepción de cómo lograr articular a la diversa “subjetividad resistente”.

Sobre el primer aspecto, las mismas acciones desarrolladas por el movimiento contra la guerra imperialista en Irak mostraron cómo una estrategia internacionalista sólo puede desarrollarse en combinación con el enfrentamiento, en el terreno “nacional” de los gobiernos y los estados. En el marco de la división de las potencias imperialistas dominantes, era imposible luchar seriamente contra la guerra sin atacar a los gobiernos nacionales, que eran los que decidían sobre el envío o no de sus ejércitos. El movimiento antiguerra tuvo como aspecto progresivo combinar la acción internacionalista común (como las movilizaciones del 15 de febrero y el 15 de marzo de 2003) con la denuncia y la lucha contra los gobiernos “locales”. Pero no logró superar las ilusiones en que una solución podría venir de la mano del “mal menor” de los gobiernos imperialistas opuestos a las formas que adquiría la intervención liderada por Estados Unidos. Por ello, a pesar de la masividad conquistada, el movimiento antiguerra estuvo imbuido de ilusiones pacifistas, con la enorme debilidad de actuar en forma de “multitud” y no con los métodos propios de la clase obrera, como la huelga general, los únicos que hubiesen podido frenar la maquinaria de guerra de los distintos gobiernos y llevar a su caída por obra de la acción directa de masas. Otro ejemplo de esto lo estamos viendo en Latinoamérica, donde la situación es, desde este punto de vista, más avanzada, con la trascendencia que tiene la legitimidad lograda por las movilizaciones populares que no sólo han derrotado planes privatizadores, sino que han derrocado a gobiernos que habían surgido del sufragio universal, como vimos en Ecuador, Perú, Argentina y Bolivia. Es cierto que, en todos los casos, estos levantamientos no se transformaron en revoluciones abiertas y que la burguesía de los distintos países logró gobiernos de recambio. Pero son acontecimientos que hubiesen parecido impensados en la década del ’90, cuando la región era sinónimo del triunfo de las políticas privatizadoras del “consenso de Washington”. ¿Dirán acaso nuestro globalizadores que las masas que en la Plaza Murillo o en Plaza de Mayo obligaron a la huida de sus gobernantes equivocaron el objetivo?

En cuanto al segundo aspecto, ante todo tenemos que despejar aquí también la visión vulgar que se presenta sobre la concepción marxista acerca de la centralidad política de la clase obrera. Los autonomistas siguen a los posmodernos en señalar esta perspectiva como “reduccionista” y que negaría la potencialidad de acción de los “nuevos movimientos sociales”. Pero esta crítica parte de una amalgama consistente en transformar esta centralidad (que deviene de la misma caracterización de la sociedad en que vivimos como “modo de producción capitalista”) en sinónimo de política “obrerista” o “economicista”, dejando de lado que justamente uno de los problemas centrales para la teoría política marxista fue la articulación de la alianza social revolucionaria para enfrentar al poder dominante: ni más ni menos que el problema de cómo la clase obrera podía devenir “hegemónica” respecto del conjunto de las clases y sectores oprimidos y explotados, cuestión ampliamente debatida por el marxismo ruso y planteada por la III Internacional antes de su stalinización. Para Trotsky, la centralidad de la clase obrera en la alianza social revolucionaria, no fue nunca sinónimo de “obrerismo”. Por el contrario, la posibilidad “herética” contenida en la “primera ley de la revolución permanente” de que la clase obrera llegase al poder en un país atrasado antes que en uno avanzado, dependía de su capacidad de conquistar la hegemonía sobre el conjunto de las masas oprimidas, empezando por los campesinos, levantando las demandas que hacían al conjunto de la “nación oprimida”. El mismo Trotsky no limitó su perspectiva a lograr la “alianza obrera y campesina” sino que la extendió a la lucha de las naciones oprimidas, defendiendo, por ejemplo, el derecho de la población afroamericana en los Estados Unidos a tener su propio estado en la región que quisieran; o el derecho de Ucrania a su independencia frente a la opresión nacional “gran rusa” ejercida por el stalinismo, desarrollando en estos razonamientos lo que Lenin había formulado en su polémica respecto a la “cuestión nacional” frente a Rosa Luxemburgo. Y en la propia Unión Soviética su lucha contra el stalinismo y la burocratización del estado obrero tuvo entre sus puntos centrales la crítica de la opresión a la mujer y la juventud y la denuncia del ahogo de la producción artística y cultural que provocaba el despotismo burocrático, como sabe cualquiera que haya leído ese extraordinario trabajo que es La Revolución Traicionada, los artículos publicados en Problemas de la vida cotidiana o los que integran Literatura y revolución.

Es decir que las afirmaciones sobre que los “nuevos movimientos sociales” plantearían una impugnación del marxismo debido a que hay demandas que no se subsumen en la reivindicación de clase es un planteo que sólo cuestiona a quien tenga una posición “sindicalista” u “obrerista” primitiva -o sea, es buscarse un enemigo fácil- y no a quienes nos apoyamos en los desarrollos de Trotsky. Resaltar hoy la “centralidad obrera” no es el producto de ningún “esencialismo”, sino del análisis concreto del desarrollo histórico, que en el modo de producción capitalista ha generado una clase cuyo lugar en las relaciones de producción le dan una potencialidad revolucionaria con la que no cuenta ningún otro grupo social. No es tampoco el desconocimiento del peso que las reivindicaciones de género, ecológicas o nacionales tienen en la lucha anticapitalista, sino plantear que es una “utopía reaccionaria” creer que estas pueden resolverse progresivamente sin terminar con la explotación capitalista. ¿O acaso no es el desprecio ecológico y las dificultades para imponer a la utilización de los recursos naturales los criterios “miserables” de la ley del valor una de las manifestaciones más crudas de la irracionalidad capitalista? A su vez, ya la experiencia de los últimos años ha mostrado que cuando estos movimientos actúan por fuera de una perspectiva de alianza con la clase trabajadora en la lucha anticapitalista, sus demandas pueden ser absorbidas por el capital para ganar legitimidad, un capital que utiliza la política de la “diferencia” para reinar más homogéneamente en el terreno de la producción… y conseguir que de “eso no se hable” porque sería “puro esencialismo”. Así como la economía capitalista mundial no es un mero agregado de partes nacionales, tampoco un proyecto de emancipación social puede surgir del mero agregado de demandas particulares. Si los diferentes problemas que han puesto sobre el tapete los “nuevos movimientos sociales” no encuentran un articulador en un proyecto de transformación social global serán, a su manera, tomados por el capital; es decir, transformados en fuente de inspiración para nuevos negocios capitalistas. ¿Qué otra fuerza existe con el potencial social de la clase trabajadora para articular al conjunto de las clases subalternas en ese proyecto de transformación social global para el cual no hay mejor nombre que el de comunismo?

Los cambios en la composición de la clase obrera y nuestra apuesta estratégica

Pero, ¿no está la clase obrera misma en proceso de extinción? Sin duda, junto con la tesis de la desaparición de los estados nacionales, las que versan sobre el “fin del trabajo” y, por ende, el “fin de la clase obrera” han sido uno de los mitos más difundidos del fin de siglo25. En artículos anteriores de esta revista hemos discutido ampliamente contra estas tesis26. Señalábamos que lo que vivíamos no era el fin, sino una reconfiguración de la situación de la clase obrera, caracterizada por el aumento de la precarización, feminización, extensión social y geográfica y “dualización” en la situación de los asalariados. Decíamos también que la supuesta “hegemonía del trabajo inmaterial” en la que basa Negri su idea de multitud es una construcción basada en la amalgama de procesos muy diversos de los cuales, decir que todos quedan comprendidos por la definición del “general intellect” y que expresan el dominio del “capitalismo cognitivo”27 es forzar tanto la realidad como los conceptos.

En realidad lo que hacen las tesis del “fin del trabajo” es ocultar que el crecimiento de la precarización del empleo no significa que el capital haya prescindido del trabajo asalariado, sino que ha combinado la aplicación de políticas “flexibilizadoras” que avanzan sobre las conquistas logradas por los trabajadores en el siglo XX, con la “intelectualización” de una fracción de la fuerza de trabajo. De ahí que muchos de los que apoyan estas tesis tiendan a amalgamar el hecho que los nuevos puestos de trabajo que se crean son “precarios” y “flexibles” (cuestión cierta) con la afirmación de que no “hay más trabajo” (cuestión falsa)28.

A su vez, esta tendencia a la precarización se ve acompañada por altos índices de desempleo a nivel mundial, aunque con una evolución desigual según los países y regiones que consideremos. Un reciente informe de la Organización Internacional del Trabajo, Tendencias mundiales del empleo – 2004, da cuenta de la magnitud del fenómeno:

“En 2003 no mejoró el empleo en el mundo, a pesar de que volvió el crecimiento económico después de dos años de declive (cuadro 1). El desempleo total progresó ligeramente, pese al 3,2 por ciento de crecimiento del PNB en el mundo y a un modesto aumento del comercio después de un año 2002 flojo (un 3 por ciento en 2003, en comparación con un 2,5 por ciento en 2002 (WTO, 2003).

Una estimación de la OIT, según la cual en 2003 había 185,9 millones de desempleados en busca de trabajo, pone de manifiesto un ligero incremento, en comparación con la estimación revisada de 185,4 millones de desempleados (cuadro 1 y Tendencias mundiales del empleo, 2003), y es el nivel más alto conocido hasta la fecha. El aumento mayor correspondió a los jóvenes, y la tasa de desempleo juvenil en el mundo llegó a ser del 14,4 por ciento, o sea, dos veces más que el 6,2 por ciento de la tasa mundial de desempleo. Aunque el número de mujeres desempleadas en el mundo menguó ligerísimamente entre 2002 y 2003, las mujeres suelen figurar entre las categorías más afectadas por el desempleo.

Cuadro 3

El desempleo en el mundo, en 1993, 1998 y 2000-2003 (en millones)

1993 1998 2000 2001 2002 2003
Total 141 170 174 177 185 186
Hombres 82,3 98,5 101 103 108 108
Mujeres 58,2 71,9 73,4 74,3 77,9 77,8

Fuente: OIT, modelo de Tendencias mundiales del empleo 2003.

Paralelamente al empeoramiento de la situación del empleo en el mundo, creció de tamaño la economía informal en las regiones en desarrollo de poco aumento del PNB. Los trabajadores de la economía informal corren peligro de convertirse fácilmente en trabajadores pobres con un salario insuficiente para cubrir las necesidades propias y familiares (un dólar o menos al día), sobre todo en las economías donde no hay un amplio sistema de seguro de desempleo u otras formas de protección social. La OIT estima que a fines de 2003 el número de trabajadores pobres viviendo con un dólar o menos al día era de unos 550 millones, esto es, el mismo que en 2002. De persistir ese inmovilismo, será imposible alcanzar el Objetivo de Desarrollo de las Naciones Unidas para el Milenio consistente en reducir a la mitad la pobreza en el mundo de hoy al 2015”.

Sin embargo, es falso concluir, de la existencia del desempleo de masas que estemos frente a la extinción del trabajo asalariado, sino que la fuerte desocupación se da en el marco de un crecimiento numérico de la población asalariada a nivel mundial. Si comparamos la cantidad de población ocupada en 1980/82 con la existente en el promedio de los años 2000/02, los datos son concluyentes a la hora de mostrar la falsedad de la desaparición del empleo29. Consideremos una serie de veintiocho países, catorce de los cuales son ubicados en las estadísticas como “altamente industrializados” y catorce como “países en desarrollo”:

Cuadro 4

PAÍS OCUPADOS 1980-82 OCUPADOS 2000-02 DIFERENCIA DIFERENCIA en %
Holanda 5.017.000 7.879.000 2.862.000 57,05
Irlanda 1.137.000 1.706.000 569.000 50,04
Australia 6.351.000 9.161.000 2.810.000 44,25
EE.UU. 99.742.000 136.770.000 37.028.000 37,12
España 11.536.000 15.770.000 4.234.000 36,7
Canadá 11.071.000 15.133.000 4.062.000 36,39
Portugal 3.929.000 5.046.000 1.117.000 28,43
G. Bretaña 24.200.000 27.989.000 3.789.000 15,66
Japón 55.850.000 63.960.000 8.110.000 14,52
Francia 21.387.000 24.174.000 2.787.000 13,03
Dinamarca 2.404.000 2.692.000 288.000 11,98
Italia 20.324.000 21.262.000 938.000 4,62
Finlandia 2.343.000 2.349.000 6.000 0,26
Suecia 4.225.000 4.214.000 -11.000 -0,26
Venezuela 4.788.000 9.308.000 4.520.000 94,4
Malasia 5.035.000 9.459.000 4.424.000 87,9
México 21.393.000 38.620.000 17.227.000 80,5
Egipto 9.953.000 17.380.000 7.427.000 74,6
Chile 3.157.000 5.464.000 2.307.000 73,1
China 437.937.000 729.500.000 291.563.000 66,6
Indonesia 54.678.000 90.764.000 36.086.000 66
Filipinas 17.859.000 28.930.000 11.071.000 62
Brasil 46.696.000 75.458.000 28.762.000 61,6
Tailandia 21.670.000 33.243.000 11.573.000 53,4
Sud Corea 14.028.000 21.433.000 7.405.000 52,8
Pakistán 25.096.000 36.847.000 11.751.000 46,8
Taiwán 6.677.000 9.437.000 2.760.000 41,3
Argentina 10.285.000 12.738.000 2.453.000 23,9

Incluso si medimos la relación entre aumento de la ocupación y el crecimiento de la población, también vemos un crecimiento del empleo en la mayoría de los países. Los datos de las fuentes mencionadas muestran que, de catorce países catalogados como “altamente industrializados”, sólo dos (Suecia y Finlandia) muestran porcentajes negativos30. Lo mismo sucede entre los “países en desarrollo” considerados en la muestra: sólo dos (Argentina y Pakistán) entre catorce31 arrojan cifras negativas. Aunque es cierto que estas cifras no nos hablan de la “calidad” de estos trabajos -que son en su mayoría precarios- e indican sólo una realidad parcial -ya que hay países donde la fuerza de trabajo empleada ha disminuido mostrando tendencias diferentes a la de los países considerados en la muestra- lo cierto es que si el fin de la relación salarial fuese una tendencia estructural del capitalismo contemporáneo debería verificarse en los países dominantes en la economía mundial, cuestión que no sucede como hemos demostrado.

Chris Harman, por su parte, ha calculado el tamaño de la clase trabajadora empleada a nivel mundial, en alrededor de 700 millones de personas, con aproximadamente un tercio de estos en la industria y el resto en los servicios, señalando incluso que “el tamaño total de la clase obrera es considerablemente mayor que esta cifra. La clase también incluye a los que dependen del ingreso que proviene del trabajo asalariado de los parientes o de los ahorros y pensiones que resultan del trabajo asalariado pasado -es decir, esposas no empleadas, niños y personas mayores retiradas. Si se agregan esas categorías, la cifra total de trabajadores a nivel mundial llega a estar entre 1500 y 2000 millones. Cualquiera que crea que le hemos dicho ‘adiós’ a esta clase no está viviendo en el mundo real”32. Basta recordar que el proletariado ruso estaba compuesto por sólo 10 millones de personas sobre una población total de 150 millones y comparar esto con las cifras recién señaladas para que las habladurías sobre que la “clase obrera ya no tiene el peso social de los tiempos de Marx” se vengan abajo.

Demostrar que la desaparición del trabajo asalariado no es un fenómeno estructural del capitalismo contemporáneo no es, sin embargo, más que un primer paso a la hora de señalar la actualidad que tiene el análisis marxista que señala la centralidad de la clase obrera para la lucha anticapitalista. El reconocimiento de su existencia como “clase en sí” simplemente indica que el potencial de su fuerza social para atacar el poder capitalista no sólo sigue siendo insuperado sino que se ha ampliado enormemente.

Pero la monumental fuerza social de que dispone hoy la clase obrera no logra expresarse en toda su magnitud, sin embargo, cuando los trabajadores no se reconocen como clase y actúan como “clase para sí”, cuestión que no es un proceso automático ni mecánico, sino que está mediado por las experiencias realizadas por los trabajadores en su lucha contra la explotación capitalista, tanto en el terreno económico como en el político.

En general, quienes sostienen las tesis sobre el “fin del trabajo” las contraponen a una visión vulgar acerca del análisis marxista de la clase obrera, como si ésta hubiese sido considerada como un todo homogéneo e indiferenciado, cuya unidad política sería expresión mecánica de su situación común en el proceso productivo. No era ésta sin embargo la forma en que se planteaban la cuestión los grandes clásicos marxistas. Para no abundar, veamos lo que decía Trotsky en un ilustrativo texto publicado a mediados de los años ’20 bajo el título No sólo de política vive el hombre:

“El proletariado encarna una unidad social poderosa que en período de lucha revolucionaria aguda se despliega de modo pleno para conseguir los objetivos de la clase en su totalidad. Pero en el interior de esta unidad hay una diversidad extraordinaria, diría incluso que una disparidad nada despreciable. Entre el pastor ignorante y analfabeto y el mecánico especializado hay un gran número de niveles de culturas y de calificaciones y de adaptación a la vida diaria. Cada capa, cada gremio, cada grupo está compuesto en última instancia de seres vivos de edad y temperamento distintos, cada uno de los cuales posee un pasado diferente. Si tal diversidad no existiera, el trabajo del Partido Comunista para la unificación y educación del proletariado sería muy sencillo. Sin embargo, ¡qué difícil es esa tarea, como vemos en Europa occidental! Podría decirse que cuanto más rica es la historia de un país, y por tanto la historia de su clase obrera; cuanto más educación, tradición y capacidad adquiere, más antiguos grupos contiene y más difícil es constituirla en unidad revolucionaria. Nuestro proletariado es muy pobre, tanto en historia como en tradición. Esto es lo que ha hecho más fácil su preparación revolucionaria para la conmoción de Octubre, no hay duda alguna al respecto; es también lo que ha dificultado más su trabajo de edificación tras Octubre. Salvo la capa superior, nuestros obreros carecen indistintamente de las capacidades y los conocimientos culturales más elementales (para la limpieza, la facultad de leer y escribir, la puntualidad, etc.). A lo largo de un largo período, el obrero europeo ha ido adquiriendo esas facultades en el marco del orden burgués: por eso, a través de sus capas superiores, se halla estrechamente ligado al régimen burgués, a su democracia, a la prensa capitalista y demás ventajas. Nuestra atrasada burguesía, por el contrario, no tenía apenas nada que ofrecer en ese sentido, y el proletariado ruso ha podido romper más fácilmente con el régimen burgués y derrocarlo. Por el mismo motivo, la mayor parte de nuestro proletariado se ve obligada a conseguir y reunir las capacidades culturales elementales solamente hoy, es decir, sobre la base del Estado obrero ya socialista. La historia nada nos da gratuitamente: la rebaja que nos otorga en un campo -en el de la política- se cobra en otro -en el de la cultura-. De igual modo que le fue fácil -por supuesto, relativamente fácil- la conmoción revolucionaria al proletariado ruso, le resulta difícil la edificación socialista”.

Recurrir a esta dialéctica que señala Trotsky nos ayuda a comprender algunas de las contradicciones que presentan las transformaciones ocurridas en los años recientes en la situación de la clase trabajadora, donde se entrecruzan tendencias a la homogeneidad y a la fragmentación. Donde la ampliación del peso social de los asalariados ha venido acompañada de un crecimiento en su seno de los valores e ilusiones reformistas propios de los sectores de la pequeñoburguesía que se han proletarizado en condiciones de ofensiva capitalista. Donde la clase trabajadora a nivel mundial tiende a ser más culta e informada políticamente pero, por sus diversas experiencias, historia y cultura presenta los problemas para su unidad revolucionaria que Trotsky señalaba entonces como propios “de Occidente”33, es decir, de las sociedades capitalistas más avanzadas; y a la vez esto se combina con la pauperización y la degradación en las condiciones de vida de amplios sectores. Donde fracciones del proletariado, ayer preponderantes, hoy ocupan un lugar marginal y otros, antes inexistentes, hoy dan muestras de nueva combatividad. Tampoco hoy la historia va a darnos “nada gratuitamente”.

Desde esta misma lógica podemos intentar dar cuenta también de los cambios operados en lo que hemos llamado la “subjetividad” del proletariado. Durante el “mundo de Yalta”, ésta presentó la paradoja de ser muy amplia y extendida pero contenida por monumentales burocracias reformistas que fueron progresivamente limando las mejores tradiciones revolucionarias de la clase obrera. Si los trabajadores obtuvieron, a la salida de la Segunda Guerra Mundial, enormes conquistas que iban desde la expropiación de los capitalistas en estados que abarcaban un tercio del globo hasta enormes sindicatos y una mejora en sus condiciones de vida, lo hicieron al precio de dar nuevo crédito a las direcciones stalinistas y/o socialdemócratas. Los procesos revolucionarios de la década del ’70 pusieron en cuestión la hegemonía del reformismo, con la radicalización de amplias franjas de la vanguardia obrera y juvenil. Pero estos procesos fueron derrotados o contenidos gracias al auxilio que prestaron a los regímenes burgueses los PS y los PC (y en el mundo semicolonial las direcciones nacionalistas burguesas y pequeñoburguesas). A comienzos de la década siguiente, el imperialismo pudo recomponer fuerzas y lanzar su contraofensiva sobre una clase obrera que retrocedió ante el verdadero vacío generado por la complicidad y/o capitulación de las direcciones reformistas, frente a lo cual las corrientes que se reivincaban del marxismo revolucionario no fueron alternativa34. Esto llevó, no sólo a la pérdida de conquistas materiales, sino al predominio de la idea de que todo intento revolucionario inevitablemente terminaría en derrota.

Por ello la implosión de la burocracia stalinista -y el debilitamiento y/o superestructuralización más general de las burocracias sindicales- no se expresó mecánicamente en una recomposición revolucionaria por izquierda sino que dio lugar a un proceso de recuperación lento y muy tortuoso.

Con el nuevo siglo, los tiempos parecen estar cambiando. Aunque el movimiento “altermundialista”, por la estrategia dominante en su seno y por su composición social, fue impotente para derrotar la política imperialista, sí ha jugado un rol muy importante, de Seattle en adelante, en deslegitimar el orden existente y preparar una vuelta a escena de la clase trabajadora. Luego de las derrotas y el retroceso provocado por el neoliberalismo, hemos tenido recientemente -aunque aún pequeñas- manifestaciones prácticas de que los trabajadores están recuperando algunas de sus mejores tradiciones de clase, tras un primer despertar a mediados de la década de los ’90, cuando la gran huelga general de 25 días de los trabajadores de los servicios públicos en Francia en noviembre/diciembre de 1995 no sólo introdujo la experiencia de lo que Negri llamó “huelga metropolitana”, sino que fue la base de un giro ideológico a izquierda en sectores de la intelectualidad.

En el período más cercano, hemos visto el renovado papel jugado por los mineros y la Central Obrera Boliviana en las movilizaciones y acciones que terminaron con el gobierno de Sánchez de Losada en octubre de 2003, con un protagonismo que no tenían desde la derrota de 1985. Estas acciones han continuado el ejemplo internacional que significó la ocupación de fábricas y su puesta a producir por parte de los obreros en Argentina, con Zanon y Brukman como emblemas (con impacto y trascendencia internacional, como lo expresa la película La Toma de Avi Lewis y Naomi Klein), y son parte de una serie mayor de huelgas ejemplares protagonizadas por sectores del proletariado europeo, como la de los postal workers de Gran Bretaña o los trabajadores del transporte en Italia, que han recuperado el método de la huelga “salvaje”, donde las bases superaron las trabas impuestas por las direcciones sindicales para salir decididamente a la lucha y lograron triunfos resonantes. Y, aunque en este caso fueron derrotados, también se cuenta lo hecho por los trabajadores de las empresas públicas de energía EDF y GDF en Francia, que realizaron las llamadas “acciones Robin Hood”35, cortando el servicio eléctrico en los barrios ricos y los símbolos del poder capitalista y reestableciendo la luz a aquellas familias pobres a los que la empresa se las había cortado por falta de pago. Son todavía hechos minoritarios, pero que tienen un enorme simbolismo para mostrar lo que puede hacer la clase obrera cuando, al menos en parte, transforma su “potencia” en “acto”.

Ya hemos planteado que la clase trabajadora, tanto por el lugar que ocupa en el modo de producción capitalista como por su propia historia revolucionaria, es la única que cuenta con la potencialidad de dirigir al conjunto de las masas oprimidas contra el poder capitalista dominante. Ningún grupo o movimiento social conquistó siquiera una pequeña parte de lo que la clase obrera fue capaz de realizar en sus más de 150 años de historia. Si logra recuperar confianza en sus propias fuerzas, incluso su poder social es superior a aquél con el que contó el siglo pasado, en los primeros intentos de llevar a la práctica lo que en Marx era un proyecto estratégico.

Pero para postularse nuevamente como “clase hegemónica”, la clase trabajadora mundial necesita un nuevo programa y una nueva ideología. Esto no surgirá de dejar de lado, en bloque, lo acontecido en más de 150 años de historia y empezar de cero, como pretenden Negri y otros. No sólo sigue habiendo conquistas que defender sino que hay una monumental experiencia revolucionaria acumulada que sólo un necio puede pretender tirar por la borda. He aquí de dónde surge la actualidad de la lucha por la reconstrucción de la IV Internacional.

El imposible retorno a Keynes y Roosevelt

Confrontando con las falsas afirmaciones de los autores “globalizantes” hemos desarrollado, apoyándonos en Trotsky, aspectos centrales del nuevo marco estratégico que se ha ido conformando en el último período. Pero entre las ideas predominantes no están sólo las que plantean que la vuelta atrás en la intervención estatal en la economía es un “dato irreversible”, sino también aquellas que se preocupan por las consecuencias, para la estabilidad del régimen dominante, que tiene la crisis del “compromiso keynesiano” que ha provocado el neoliberalismo. Richard Rorty, por ejemplo, ha señalado que “las democracias occidentales han creado sistemas de seguridad social, con el objeto de limitar las consecuencias del desarrollo económico. El problema actual consiste en el hecho de que, a nivel global, falta el equivalente de un gobierno nacional que se preocupe del bienestar de la humanidad. Hubiese sido mejor si la globalización de la economía se hubiera llevado a cabo inmediatamente después de la creación de una federación mundial con capacidad para crear un Welfare State global, es decir, un gobierno supranacional que, de algún modo, pudiese garantizar un cierto nivel de justicia entre las naciones y, en el interior de cada una de ellas, entre ricos y pobres (…) si la sociedad de capitales continúa considerando al planeta como un puro mercado de trabajo, tarde o temprano la clase trabajadora de las viejas democracias se encontrará con salarios tan bajos que necesariamente derrumbarán de manera dramática su actual nivel de vida. Por lo tanto, en el caso de que no se lleve a cabo una política distinta, se corre el riesgo de provocar una revolución social que podría poner en peligro las viejas democracias”36.

Pero quienes así piensan no comprenden mejor la dinámica del capitalismo que los autores que antes cuestionamos. Por un lado, “olvidan” el detalle que el welfare state fue un privilegio que pudieron darse las naciones más poderosas del planeta a partir de la dominación imperialista ejercida sobre el mundo semicolonial37. Todo el llamado de Rorty a combatir el neoliberalismo con una vuelta al viejo reformismo se apoya en ignorar el carácter imperialista de las “democracias occidentales”. De ahí que combine sus aspiraciones a un “estado de bienestar” mundial con el reclamo a la “izquierda cultural” estadounidense para dejar de lado los debates de la “agenda global” y disputar a la derecha populista el sentido de la “nación”: “La izquierda cultural parece convencida de que la nación-Estado es algo obsoleto y que, por lo tanto, no tiene sentido intentar reanimar la política nacional. El problema de esta idea es que en un futuro previsible, el gobierno de nuestra nación será la única instancia capaz de modificar realmente el índice de egoísmo y sadismo infligidos a los estadounidenses. (…) El hábito actual que tiene la izquierda -el de adoptar una perspectiva alejada y mirar, más allá de la nacionalidad, hacia la política global- es tan inútil como aquello a lo que ha sustituido (…) Cuando le damos vueltas a estas cosas nos damos cuenta que una de las transformaciones esenciales que tiene que atravesar la izquierda cultural es deshacerse de ese antinacionalismo semiconsciente que se ha conservado desde la indignación de los años sesenta. Es hora de que esta izquierda deje de imaginar conceptos todavía más abstractos y abusivos para nombrar ‘el sistema’ y que empiece a intentar construir imágenes inspiradoras de su país. Sólo haciendo eso empezará a crear alianzas con la gente que está fuera del mundo académico, y especialmente con los sindicatos. Fuera del mundo académico, los estadounidenses siguen sintiéndose patrióticos. Todavía se quieren sentir parte de una nación que se pueda hacer con el control de su destino y convertirse en un lugar mejor”38.

Como puede verse, lo que Rorty propone no va más allá de exigir a la “izquierda cultural” que presione a los demócratas para que retomen algo del discurso redistribucionista con el que Roosevelt ganó apoyo entre los trabajadores para la política de expansión del imperialismo norteamericano. Pero, formulada en los términos de disputa por los valores de la nación, la apelación de Rorty no puede más que jugar un papel regresivo, no sólo por la idealización de las políticas que favorecieron el desarrollo imperialista de EE.UU., sino porque hoy son la base en la que se apoyan políticas de tipo proteccionistas que atacan los intereses de los países oprimidos y que se justifican en nombre de la defensa de los intereses de los trabajadores, como ocurre con el caso de los subsidios agrícolas en Estados Unidos y la Unión Europea o en las demandas contra el mantenimiento de relaciones comerciales con China por parte de varios sindicatos estadounidenses. Es que, en los países imperialistas, toda política nacionalista lleva a los trabajadores a colocarse detrás de los intereses de sus monopolios “nacionales” contra otros “extranjeros” o, simplemente, a servir de base para la competencia entre grupos de capitalistas con intereses parcialmente divergentes. Sin cuestionar el poder de los capitalistas que ejercen “poder global” del país propio, sin atacar decisivamente sus intereses, se cae inevitablemente en una política que enfrenta a los trabajadores de los países dominantes con los de los países pobres. Sólo desde una perspectiva consecuentemente internacionalista puede evitarse que los trabajadores sean presa de la demagogia de los populistas de derecha. Lo cual implica no solamente la oposición más intransigente y el derrotismo frente a todas y cada una de las incursiones imperialistas del propio estado, sino una actitud de defensa del derecho incondicional de ciudadanía para todo trabajador inmigrante. Toma así completa actualidad el planteo que Marx hacía a los trabajadores británicos sobre la necesidad de apoyar a los independentistas irlandeses: “ninguna clase que apoye la opresión de otro pueblo podrá ser realmente libre”.

Pero no es sólo esto. Lo cierto es que la decadencia del “estado de bienestar” no es un fenómeno circunstancial sino expresión de la imposibilidad, aún en los estados imperialistas, de mantener el “compromiso keynesiano” al cual, valiéndose de sus privilegios de naciones dominantes, la burguesía recurrió en occidente para hacer frente al fortalecimiento de la URSS, a la vez que facilitar un tipo de acumulación capitalista “extensivo” favorecido por las necesidades de reconstrucción económica de posguerra. A su manera, el “estado benefactor”, impulsando la intervención estatal sobre la economía y los servicios gratuitos de salud, educación y empresas de servicios públicos, implicó un cierto homenaje hecho por el capitalismo al socialismo, a la manera en como Lenin decía del correo (y del monopolio más en general), aunque también aquí mostró la incapacidad capitalista para llevar sus tendencias hasta el final. En sus momentos “dorados” hasta incluyó una exaltación de las virtudes de la planificación estatal. Sin embargo, estos recursos fueron puestos en juego para preservar el dominio de los grandes monopolios capitalistas, no para confrontarlos. Y, cuando llegó a un cierto límite y cambió la relación de fuerzas, se trastocó el sentido de la flecha y la exaltación de las virtudes del “mercado” en contra de las “ineficientes burocracias estatales” pasó a orientar el discurso dominante, provocando la crisis de las teorías que previeron la “burocratización del mundo” producto de las presuntas tendencias a la racionalización inscriptas en la “dialéctica de la ilustración” y que fueron incapaces de prever que la dinámica que tomaría la ofensiva capitalista sería la opuesta, la de una “remercantilización” generalizada de las relaciones sociales.

La “crisis fiscal” de los estados que tanto se discutió a finales de los ’70 expresó que el relativo equilibrio de la posguerra no podía ser sostenido. Fracasado el intento de romperlo “por izquierda”, con el “ensayo general” revolucionario de los ’70, vino la ofensiva “neoliberal”, con el objetivo de mitigar la tendencia a la caída de la tasa de ganancia no sólo ampliando la explotación de los trabajadores de las naciones periféricas, sino avanzando sobre las concesiones que el capital había sido obligado a realizar a la clase trabajadora de los países centrales. Es en este sentido que son meras ilusiones las de quienes opinan que los monopolios capitalistas estarán dispuestos a volver atrás de lo que conquistaron en estas últimas décadas pacíficamente. No es un dato menor el que uno de los “secretos” que permitió al capital norteamericano reposicionarse mejor que sus competidores europeos y japoneses en la década de los ’90 haya sido la mayor domesticación de su fuerza de trabajo conseguida en los ’80, una de las más “flexibilizadas” y que ha perdido más cantidad de conquistas. Y si no ha avanzado más en esta dirección, se debe a que EE.UU. ha mantenido en parte sus posiciones sostenidas en el dominio ejercido por el dólar en el mercado financiero, lo que le ha permitido el privilegio de endeudarse a niveles superiores a los “latinoamericanos”, pero sin las consecuencias que esto implica a las naciones de nuestra región.

La defensa de las conquistas que los trabajadores asocian con el “estado benefactor”, como el acceso gratuito a la educación y la salud pública, los sistemas jubilatorios o los límites al despotismo capitalista consagrados en distintas “leyes” y “convenios” laborales, estará condenada a la derrota si es realizada en la perspectiva de “renovar el compromiso keynesiano”. Se trata, más bien, de desarrollar una estrategia que permita llevar a la conclusión que el único estado realmente “benefactor” para los trabajadores será aquél en el cual la burguesía sea expropiada y la clase trabajadora ejercite directamente el poder, como transición hacia la sociedad sin clases. Es, contra lo que dicen los críticos del marxismo, una perspectiva no sólo deseable sino realista, al menos mucho más que la que propugnan los globalizadores o las viudas de Lord Keynes.

Mendigando un lugar en el “nuevo orden”

Una versión latinoamericana de un pensamiento del tipo mencionado es el de los intelectuales desarrollistas o neodesarrollistas, que históricamente se referenciaron intelectualmente en la CEPAL. Después que la aplicación de las políticas del “consenso de Washingon” llevaron a Latinoamérica a una nueva década perdida, las ideas “neodesarrollistas” han vuelto a ganar cierto predicamento. Tomemos como ejemplo a uno de sus principales exponentes, el octogenario sociólogo y cientista político brasileño Helio Jaguaribe, quien fuera uno de los arquitectos de la política “desarrollista” de Juscelino Kubitschev entre 1956 y 1961. Jaguaribe viene insistiendo en que una alianza estratégica entre Brasil y Argentina es la punta del ovillo para que, primero en el Mercosur y luego en toda América del Sur, se constituya como uno de los polos relativamente autónomos en el sistema internacional de estados. Según Jaguaribe, hoy nos encontramos en una situación de “unimultipolaridad” estadounidense (el concepto está tomado del politólogo conservador Samuel Huntington), ya que si por un lado el poder norteamericano es inigualable en aspectos claves, por otro, diversas razones externas e internas le impiden actuar como un imperio en el sentido que lo hacía Roma en la Antigüedad o aún Gran Bretaña en el siglo XIX. Según su apreciación, el sistema mundial vive, desde la caída de la Unión Soviética, un momento de transición en el que hay dos tendencias en conflicto en relación a cómo podrá evolucionar en las próximas décadas. Una hacia una Pax Americana; otra, hacia un sistema multipolar, con la Unión Europea, Japón, China, Rusia, Irán, India y, eventualmente, Sudamérica, como aquéllos que podrían conformar junto a Estados Unidos un “directorio político” del mundo.

Jaguaribe ha señalado que tras lo que llama la “tercera oleada globalizadora del capitalismo” hubo un claro aumento de la desigualdad a nivel mundial:

“El brillante economista chileno Osvaldo Sunkel observó que las globalizaciones, inversamente de lo que pregona el neoliberalismo, acentúan enormemente las asimetrías. India y China, demuestra Sunkel, sufrieron con la primera globalización, y la relación entre Europa y Asia, que era de 1 a 1, pasó a ser de 2 a 1 a favor de los europeos. Después, la Revolución Industrial agredió las relaciones entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado llevando esa diferencia de 10 a 1. Ahora, si uno mide los ingresos per cápita de los países ricos y los pobres, esa brecha es de 60 a 1. Entonces es mentira que la globalización es buena para todos, ya que para algunos es pésima”39. Así, “hoy, con una globalización severamente agravada por el unilateralismo de Estados Unidos, el mundo se está dividiendo en cuatro niveles diferentes. 1. Nivel supremo. Supremacía absoluta (o casi) de EE.UU. 2. Nivel de elevada autodeterminación. Allí se encuentran sólo la Unión Europea y Japón. 3. Nivel que yo llamaría de resistencia. Ahí están China, India y Rusia, que tienen capacidad de limitar la interferencia de la globalización en su propio territorio. O sea tienen autodeterminación interna y muy limitada autodeterminación externa. 4. Nivel de dependencia. El resto de los países.”40

Los países del nivel 4 se encuentran en la situación de no ser otra cosa que espacios geográficos para la explotación por parte de las grandes transnacionales. Brasil estaría situado al medio, entre el tercer y cuarto niveles. Justamente, de la capacidad de establecer un acuerdo estratégico con Argentina depende su posibilidad de “saltar” en la escala mundial de países: “En el actual proceso de globalización y unilateralismo, ni Argentina ni Brasil están en condiciones de resistirse, aisladamente, a ser absorbidos por el sistema imperial norteamericano. Si se consolida una alianza estratégica -y no sólo retórica- primero a nivel Mercosur y luego a nivel de Sudamérica para la formación de un poder económico, tecnológico y cultural (no un poder militar) podemos elevarnos del nivel de dependencia al de resistencia”41.

De ahí su oposición al ALCA (aunque en los últimos tiempos deja más abierto que sea conveniente incorporarse al mismo si pueden imponerse ciertas condiciones): “Para países como la Argentina y Brasil, el ALCA representaría un catastrófico retroceso a la condición que esos países ostentaban hasta 1930, de productores de materias primas y artículos agropecuarios no elaborados e importadores de bienes y servicios con mayor tenor tecnológico (…) La Argentina y Brasil, al cierre del siglo XX, no tienen ninguna alternativa histórica a no ser la de consolidar y expandir el Mercosur y tratar de instituir, mediante acuerdo con el Pacto Andino, un Sistema Sudamericano de Cooperación Económica y Política”42.

Pero todos sus llamados a la “integración latinoamericana” no van más allá de permitirle a la burguesía brasileña mendigar un lugar dentro de las naciones dominantes en un futuro “directorio mundial”. Pero aún para este objetivo menor, que bastardea la aspiración a la unidad económica y política del subcontinente, las ilusiones que deposita Jaguaribe en las burguesías locales y en sus representantes políticos no tienen correlato con la realidad de sus acciones. Estas ya mostraron su fracaso cuando las condiciones fueron mucho más favorables para ellas, entre las décadas del ’30 y el ’60 del siglo XX. Allí, la crisis mundial y las rivalidades entre las potencias dominantes favorecieron el desarrollo de los llamados “populismos latinoamericanos”, en los que sectores de las burguesías locales se apoyaban en las masas obreras y/o campesinas para resistir la presión imperialista y negociar mejores condiciones para su sumisión. Pero todos los movimientos que vieron la luz haciendo gala de antimperialismo y que hicieron distintas concesiones a las masas para ganar su apoyo terminaron reciclándose como privatizadores e impulsores entusiastas de las políticas neoliberales, ya sea el peronismo en Argentina con Menem, el Movimiento Nacionalista Revolucionario en Bolivia con Sánchez de Losada, el PRI mexicano con Salinas de Gortari y Zedillo o la propia elite brasileña que sustentó al gobierno de Fernando Henrique Cardoso (al que acompañó Jaguaribe como ministro durante su primer mandato), uno de los más “entreguistas” de los últimos tiempos. El ciclo de los nacionalismos burgueses, lejos de la “soberanía económica”, dejó como resultado un dominio mucho mayor por parte del capital transnacional de las economías de la región (en el caso de Brasil, el mismo Jaguaribe señala que un 47% de las principales 500 empresas son imperialistas) y el peso agobiante y estrangulador de la deuda externa, amén del control de múltiples recursos estratégicos en manos imperialistas, como los casos emblemáticos del petróleo y las empresas de servicios públicos privatizadas en Argentina43. La idea de que puede avanzarse en superar el atraso y la dependencia sin atacar las posiciones conquistadas por el capital imperialista y sus socios locales en las últimas décadas no resiste el menor análisis; la de que puede afectarse ese interés “pacíficamente”, sin encontrar casi resistencia, es de tal ingenuidad que Jaguaribe parece no haber aprendido nada del siglo que acaba de terminar: sus propuestas para superar la crisis brasileña no van más allá de propiciar una baja en las tasas de interés y emitir un bono con el cual financiar obra pública forzando “el ahorro interno” de la élite dominante… Meras elaboraciones distraccionistas, en un país que tiene 53 millones de pobres -un 34% de la población- de los cuales 22 millones, un 14% del total, son indigentes, cuyos niveles de desigualdad interna sólo son superados en el conjunto de 92 países considerados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) por Sudáfrica y Malawi.

Un destacado alumno de Jaguaribe, Luis Bresser Pereira, en un trabajo donde reseña los tres momentos de su obra44, destaca que si de algo ha pecado el hoy decano emérito del Instituto de Estudos Politicos e Sociais de Río de Janeiro, es de “exceso de optimismo” ante cada nueva etapa que se abría en Brasil. Pero no es éste un problema de carácter, sino que es una lógica que deviene de depositar la confianza una y otra vez defraudada45 en los representantes políticos de una clase que durante todo el siglo XX dio pruebas más que suficientes de su completa incapacidad para sacar a Latinoamérica de la espiral de la dependencia y el subdesarrollo.

Pero, ¿y Chávez? Situado a la izquierda de todo lo que plantea Jaguaribe y con el inestimable auxilio que ha recibido por el aumento del precio del barril del petróleo a casi U$S 50, su proyecto “bolivariano” se asemeja a la retórica de los primeros gobiernos peronistas, pero con una relación comercial muchísimo más estrecha con EE.UU. y sin apoyarse en la clase obrera como “columna vertebral”, sino en las fuerzas armadas y en las masas pauperizadas que se han visto beneficiadas con la ayuda estatal. Una versión atemperada de lo que Trotsky llamaba gobiernos bonartistas sui generis de izquierda46. Lo cierto es que en cuatro años de gobierno, más allá de la “onda chavista” provocada por el triunfo del NO en el reféndum revocatorio, las transformaciones sociales ocurridas en Venezuela han sido mucho menores que las realizadas por Cárdenas en México o por el propio Perón en Argentina. Y no por ausencia de participación de las masas, que han sostenido a Chávez contra los distintos embates de la oligarquía. Después de que la movilización popular derrotara en las calles el golpe fallido de abril de 2002 y el lock out patronal de 2003, y tras la derrota electoral de los “escuálidos” en el referéndum, la política imperialista parece apostar a la estabilidad del gobierno chavista, cuyo discurso se ha vuelto crecientemente conciliador hacia “el empresariado” nativo y extranjero. Aunque su gobierno, a diferencia de los del resto de la región, tenga un discurso con sesgos “antimperialistas”, paga respetuosamente la deuda pública venezolana, que llega aproximadamente al 40% de su PBI, y sus planteos sobre la “unidad latinoamericana” apenas varían de la perspectiva de constituir un bloque comercial común que favorezca la situación de los capitalistas nativos que impulsan Kirchner o Lula. Como en el resto del continente, sólo si la clase obrera venezolana avanza en su independencia política y toma la dirección de la lucha antimperialista podrá terminarse con la dependencia y el atraso.

Poco antes de su asesinato en México a manos de un sicario de Stalin, Trotsky recordaba la perspectiva estratégica planteada por la naciente IV Internacional para América Latina: “Sud y Centro América sólo podrán romper con el atraso y la esclavitud uniendo a todos sus estados en una poderosa federación. Pero no será la retrasada burguesía sudamericana, esa sucursal del imperialismo extranjero, la llamada a resolver esta tarea, sino el joven proletariado sudamericano, quien dirigirá a las masas oprimidas. La consigna que presidirá la lucha contra la violencia y las intrigas del imperialismo mundial y contra la sangrienta explotación de las camarillas compradoras nativas será, por lo tanto: Por los Estados Unidos Socialistas de Sud y Centro América”47. Después de más de medio siglo, esta perspectiva es esencialmente actual. Sólo que nuestro proletariado ya no es joven sino que ha acumulado una gran experiencia política y de lucha. Hoy se está recuperando de distintas derrotas, como es el caso que mencionamos de los mineros bolivianos, el sector que protagonizó la revolución de 1952, fue organizador de la Asamblea Popular de 1971 y de la derrotada ocupación de La Paz en 1985.

Nuestra América Latina es mucho más urbana de la que conoció Trotsky, pero a la vez, en los últimos años, ha vuelto a mostrar el potencial revolucionario de su campesinado, donde el reclamo histórico por la tierra se ha expresado muchas veces en demandas de derechos y autonomía cultural para los pueblos originarios. Aquí están los sectores que la clase obrera debe hegemonizar para impulsar la alianza revolucionaria que permita revertir la decadencia.

Al revés de lo que piensan Jaguaribe y otros como él48, la esperanza latinoamericana está en que los millones de trabajadores de nuestra región no depositen esta vez la confianza en que sus padecimientos serán superados de la mano de los explotadores nativos. Tenía razón Liborio Justo cuando sostenía: “No se equivocan quienes creen que la liberación e integración de la América Latina depende, ante todo, de la conjunción y entendimiento argentino-brasileña … porque los dos países están destinados, mediante la alianza de su proletariado, a ser la vanguardia en la lucha por el socialismo en el continente”49. Pero para que esta perspectiva se concrete, nuestras clases obreras deben conquistar su independencia política, condición para poder “acaudillar” verdaderamente al conjunto de las masas oprimidas en la lucha contra la dominación imperialista. En el mismo sentido en que para Engels la clase obrera era la digna heredera de lo mejor que había dado la filosofía clásica alemana, nuestra clase obrera latinoamericana lo es de las aspiraciones a la unidad del subcontinente que plantearon los independentistas de hace dos siglos.

Los intelectuales orgánicos de la “Europa del capital”

Concluyamos el análisis de la tipología que realizamos sobre las corrientes de ideas dominantes en la intelectualidad, considerando a quienes pretenden situarse en una “tercera vía” de las dos primeras tendencias analizadas. Entre ellos sobresale un variado arco de intelectuales europeos que coinciden en presentar a la Unión Europea como prototipo de la tendencia a la conformación de “estados posnacionales”. Es una posición que plantea, por ejemplo, el teórico de la “sociedad de riesgo”50, Ulrich Beck51, que ha sostenido la necesidad de poner en pie un “euro militar”. Es también lo que expresaron en un muy difundido documento conjunto publicado durante la guerra de Irak, Europa: en defensa de una política exterior común, Jürgen Habermas -el defensor de la tesis de la “modernidad como proyecto inacabado”- y Jacques Derrida -el referente principal del posestructuralismo deconstruccionista.

Ante la división en las filas imperialistas que mostró la guerra, el proyecto imperialista de la Unión Europea fue presentado por sus “intelectuales orgánicos” como el único capaz de frenar el “unilateralismo” norteamericano, a partir de los “valores” diferentes que portaría el estado único europeo. Su propia historia particular, habiendo sufrido dos guerras mundiales libradas preponderantemente en territorio propio, es lo que permitiría a las principales potencias europeas plantarse como centro organizador de un nuevo tipo de poder internacional, opuesto al encarnado por la política bushista. Como dice el texto mencionado: “Cada una de las grandes naciones europeas ha vivido una época dorada de desarrollo de poder imperial y, lo que es importante en el contexto nuestro, también tuvieron que digerir la experiencia de la pérdida de un imperio. Esta experiencia de decadencia se une en muchos casos a la pérdida de imperios coloniales. Con la distancia creciente entre poder imperial e historia colonial, las potencias europeas tienen ahora la oportunidad de lograr también una distancia reflexiva de sí mismas. Así pudieron aprender a entenderse a sí mismas en el papel discutible de los vencedores desde la perspectiva de los derrotados, al hacérseles responsables como vencedoras de la violencia de una modernización impuesta y causante de desarraigo. Puede que esto fuera lo que ha fomentado el abandono del eurocentrismo y dado un nuevo impulso a la esperanza kantiana de una política interior mundial”.

“Esperanza” que Kant, el gran filósofo de Köenisberg había planteado en 1784, en su libro Idea de una historia universal en sentido cosmopolita, donde auguraba el surgimiento de una “unificación perfecta de la especie humana a través de la ciudadanía común”. Eso sería, según Kant, el cumplimiento del “supremo designio de la Naturaleza”: ya que el planeta que habitamos es una esfera, es imposible aumentar la propia distancia sin cancelarla en último término; la superficie del planeta en que vivimos no permite una “dispersión infinita”, y a fin de cuentas todos tendremos que aprender a ser buenos vecinos por el simple hecho de que no tenemos otro sitio adonde ir. La superficie de la tierra es nuestra propiedad común, ninguno de nosotros tiene más “derecho” a ocuparla que cualquier otro miembro de la especie humana. Así, al final, en el momento en que los límites de la dispersión se hayan hecho sentir, no habría para Kant otra opción que vivir juntos y ayudarnos mutuamente.

Pero los siglos siguientes mostraron que la burguesía, lejos de sacar a la humanidad de las guerras y llevarla por el camino del “progreso” con el que soñaban los filósofos de la Ilustración, dio lugar a un orden social donde las inigualadas conquistas en el terreno de la ciencia y la tecnología se vieron acompañadas por horrores superiores a todo lo que la humanidad había conocido previamente, de Verdún a Auschwitz y a Nagasaki e Hiroshima, sin olvidar las repetidas masacres coloniales de las potencias imperialistas, de la India a Argelia y Vietnam. Particularmente el siglo XX, el siglo que nació con el capitalismo ya en su fase imperialista, fue pródigo en acontecimientos de este tipo. ¿Predice el surgimiento de la Unión Europea, que ya nuclea a 25 países, un cambio de esta dinámica? ¿Es Europa la apuesta posible frente al imperialismo puro y duro de Estados Unidos? Nada de esto sugieren los hechos. En primer lugar, la Unión Europea se ha desarrollado fogoneada por las mismas necesidades de la competencia interimperialista. Fue para hacer frente a la competencia estadounidense que Francia y Alemania prefirieron poner en segundo plano sus reticencias comunes y actuar como un “eje duro” de la UE, aún con muchas contradicciones. Así fueron avanzando hacia la situación actual, donde el hecho más importante ha sido la existencia de una moneda y un Banco Central común y, más recientemente, su ampliación hacia los países del este y centro de Europa. Aunque los avances han sido grandes en relación a los precedentes históricos, la UE no constituye un “estado posnacional”, sino que es un acuerdo supraestatal, limitado, fundamentalmente, a actuar como “mercado común”, con el cual los capitalistas europeos buscan superar a su manera la contradicción entre la “economía y la nación”52 que, como decía Trotsky, es la tendencia básica del capitalismo en la época imperialista.

Pero la guerra de Irak, con la división entre la “vieja” y la “nueva” Europa, mostró la imposibilidad de la UE de tener esto que reclamaban Derrida y Habermas: una política exterior común o la posibilidad de avanzar en la transformación de los ejércitos nacionales en una fuerza europea de defensa con un comando común, el “euro militar” que reclama Beck. Lo cierto es que aún si especuláramos con que esto se materialice, no tendríamos de qué alegrarnos. Sería expresión de un crecimiento de los antagonismos interimperialistas y no el paso hacia un gobierno mundial “multipolar” que expresase la “esperanza kantiana” como auguran los intelectuales orgánicos de la “Europa del capital”. La lógica de poner freno a un militarismo imperialista con otro, sólo puede llevar, como lo hizo en el siglo XX, a nuevas catástrofes.

Además lo que estos teóricos encubren es que los criterios fijados en los tratados sobre los que ha avanzado la Unión Europea acompañaron la ofensiva “neoliberal”, al punto que el proyecto de Constitución Europea sobre el que deben pronunciarse en los próximos dos años los distintos países miembros, da rango constitucional a estos principios al plantear que: “Los estados miembros de la Unión deben actuar de acuerdo con el principio de una economía de mercado abierta con libre competencia”. En estos años, las restricciones establecidas en el Tratado de Maastricht y en el Pacto por la Estabilidad y el Empleo, que entre otras cuestiones limita el défict que pueden tener los distintos estados a un 3% del PBI, fueron utilizadas como excusas por los distintos gobiernos para justificar las políticas privatizadoras y los planes de “flexibilización” laboral contra los trabajadores, mostrando el carácter profundamente antiobrero de la UE.

El futuro de la UE como polo de poder imperialista está abierto, con dos sectores centrales en tensión en su seno, uno más “atlantista”, que apunta a continuar la alianza subordinada a EE.UU. que se dio durante la “guerra fría”, y otro que podríamos llamar “europeísta”, que empuja hacia una política imperialista más autónoma. Si Gran Bretaña expresa más claramente la primera tendencia y Francia y Alemania la segunda, todos los países se ven cruzados internamente por la tensión de cómo ubicarse frente a la aún potencia dominante53.

El apoyo a la Unión Europea actual es el apoyo a la “Europa del capital”, por lo que la reivindicación de sus supuestos “valores democráticos” sólo puede ser obra de ingenuos incurables o del más crudo cinismo. ¿O no son tropas europeas las que ocupan actualmente Afganistán junto a los “unilaterales” norteamericanos? ¿O no es, acaso, la “democrática” Francia la que acompaña a Estados Unidos en Haití y la que tiene tropas en gran parte del continente africano?

“Los Estados Unidos Socialistas de Europa”: he aquí la perspectiva estratégica para oponer tanto a quienes utilizan la justa a aspiración de unir los disintos países en un solo estado europeo para favorecer el interés de los monopolios, como a quienes se oponen al proceso en curso desde la reaccionaria defensa de la soberanía de su respectiva nación imperialista. Es a la clase trabajadora a la que le corresponde en el nuevo siglo retomar esta perspectiva de lucha. Es ella la que puede materializar lo que tiene de perdurable la ilusión kantiana de superar el estadio de las guerras entre naciones, cuestión hoy indisolublemente ligada a la socialización de los medios de producción y a terminar con toda forma de imperialismo.

El marxismo revolucionario del siglo XXI

Volvamos entonces nuevamente a Trotsky. En este extenso artículo hemos intentado demostrar cómo al no considerar que el capitalismo es incapaz de llevar ninguna de sus tendencias hasta el final y que se desarrolla en forma desigual y combinada, las distintas corrientes de ideas que predominan en el pensamiento contemporáneo son incapaces, no ya de dar una salida a los grandes problemas que hoy enfrenta la humanidad, sino de hacer un diagnóstico medianamente certero. A su vez, en polémica con las afirmaciones de distintos autores, hemos ido trazando huellas que nos permitan conformar el nuevo marco estratégico al que debemos enfrentarnos.

Precisamente, de la actualidad que mantienen los presupuestos con los que Trotsky analizó la dinámica del capitalismo surge la vigencia que tienen la teoría de la revolución permanente y el programa transicional. Aunque su aritmética ha variado de los tiempos en que fueran escritos originalmente (en algunos casos desarrollando fenómenos que en aquellos tiempos se expresaban embrionariamente), el álgebra que plantean se sostiene en sus aspectos esenciales.

No obstante el proceso de internacionalización del capital vivido en los últimos años, toda estrategia que se proponga ir “más allá del capital” no puede prescindir de la lucha por el derrocamiento revolucionario del poder del estado burgués y su reemplazo por un estado basado en el armamento del pueblo y en consejos obreros, donde los trabajadores ejerzan la democracia directa, planificando la economía e imponiendo su voluntad a la minoría de explotadores a la vez que defendiéndose de la inevitable agresión externa. En suma, ejerciendo la “dictadura del proletariado”, como desarrollamos en el otro artículo que integra este dossier. Sin embargo, la clase trabajadora, que en el período neoliberal ha aumentado su poder social a la vez que fue fragmentada y puesta a la defensiva, no podrá jugar el papel de articulador del conjunto de las clases subalternas si no es capaz de lograr su propia unidad y sostener audazmente las demandas democráticas de toda la “nación oprimida” en los países sojuzgados, y si, más en general, no es capaz de proponer una alternativa frente las distintas formas de opresión y a las verdaderas “crisis civilizatorias” (como la ecológica) a las que ha llevado el dominio capitalista.

Lejos de considerar que con la conquista del poder la tarea está resuelta “en sus nueve décimas partes” (como sostenía Stalin), afirmamos que las revoluciones socialistas del siglo XXI también se enfrentarán, no sólo a un período de extensión de la revolución en el tereno internacional, sino a lo que para Trotsky era el carácter permanente de la revolución socialista “como tal”. Un proceso en el cual a lo largo “de un período de duración indefinida y de una lucha interna constante, van transformándose todas las relaciones sociales (…) Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio”54.

Al igual que en el siglo anterior, este proceso estará indefectiblemente condicionado no sólo por los avances de la revolución en el terreno internacional, sino por la situación más general de la sociedad donde la revolución se produzca, por la combinación entre “adelanto” y “atraso” existente en la misma. Obviamente, contar con los medios técnicos y científicos actuales desarrollados por el capitalismo facilitaría enormemente la tarea en relación a lo que tuvieron que enfrentar quienes hace poco menos de un siglo se atrevieron a “tomar el cielo por asalto”.

Los desarrollos científicos y técnicos existentes abren, para la humanidad, un potencial inmenso, a la vez que su dominio por parte del capital los transforman en un verdadero “riesgo” para nuestra existencia, multiplicando incluso su potencial de afectar la supervivencia de la especie toda.

Pocos meses antes del estallido de la segunda guerra mundial, Trotsky decía: “El capitalismo tiene el doble mérito histórico de haber elevado la técnica a un alto nivel y de haber ligado a todas las partes del mundo con lazos económicos. De ese modo ha proporcionado los prerrequisitos materiales para la utilización sistemática de todos los recursos de nuestro planeta. Sin embargo, el capitalismo no se halla en situación de cumplir esa tarea urgente. El núcleo de su expansión sigue siendo el Estado nacional con sus fronteras, sus aduanas y sus ejércitos. No obstante, las fuerzas productivas han superado hace tiempo los límites del Estado nacional, transformando, en consecuencia, lo que era antes un factor histórico progresivo en una restricción insoportable. Las guerras imperialistas no son sino explosiones de las fuerzas productivas contra las fronteras del Estado que han llegado a ser demasiado estrechas para ellas”55. Si esto era una realidad a fines de los años ’30, ¿qué decir en nuestros días?

Frente a los desafíos de nuestro tiempo, la perspectiva fijada entonces por Trotsky sigue dando cuenta del horizonte revolucionario de nuestra época:“Las reformas parciales y los remiendos para nada servirán. La evolución histórica ha llegado a una de sus estapas decisivas, en la que únicamente la intervención directa de las masas es capaz de barrer los obstáculos reaccionarios y de asentar las bases de un nuevo régimen. La abolición de la propiedad privada de los medios de producción es la primera condición para la economía planificada, es decir, para la introducción de la razón en la esfera de las relaciones humanas, primero en una escala nacional y, finalmente, en una escala mundial (…) Con el ejemplo y la ayuda de las naciones adelantadas, las naciones atrasadas serán también arrastradas por la corriente del socialismo (…) La humanidad liberada llegará a su cima más alta”56. Bien lejos del posibilismo de las teorías dominantes, es tras esta amplitud de objetivos que debe desarrollarse el marxismo revolucionario en el siglo XXI.

* * *

En el exilio político al que fue confinado en San Casciano a partir de 1512, cuando el restaurado poder de los Médici se instaló sobre las ruinas de la república florentina, Maquiavelo acostumbraba pasarse tardes enteras en su estudio dialogando con los grandes clásicos de la antigüedad sobre cómo responder a los desafíos de los nuevos tiempos. En ese contexto forjó las obras que le darían trascendencia histórica y lo harían precursor de la teoría política moderna.

Bajo el reinado “neoliberal”, los marxistas revolucionarios vivimos un peculiar “exilio” político. Asistimos a nuestra condena de “superados por la historia”, formulada por los ocupantes temporarios de los lugares de legitimación en el “campo” intelectual. Hace unos años ya que venimos saliendo de aquella situación. Los tiempos se van haciendo “preparatorios”. No sólo el capitalismo se encuentra deslegitimado, sino que una nueva generación que se puso en movimiento viene de hacer la experiencia con quienes se planteaban como “alternativas”. El movimiento obrero empieza a mostrar síntomas de reanimamiento. Hoy, al igual que entonces, ¿con quién dialogar si no es con Trotsky (y con Lenin, con Rosa, con Gramsci…) a la hora de pensar la perspectiva de la revolución en el siglo XXI?


Notas:

1 Perry Anderson en Consideraciones sobre el marxismo occidental depositaba, justamente en el marxismo que se referenciaba en la herencia de Trotsky, la posibilidad de recrear la teoría revolucionaria en el sentido de los grandes clásicos, a partir de los procesos revolucionarios abiertos en 1968. Diez años después, en Tras las huellas del materialismo histórico, explicaba que desde su óptica la revolución portuguesa de 1974-75 había sido la oportunidad perdida por la IV Internacional. A partir de aquí el derrotero político de Anderson, quien siempre fue más un seguidor de las tesis de Isaac Deutscher que de las de Trotsky, se desplazó hacia posiciones crecientemente escépticas, impactado por el avance de las políticas neoliberales en los ’80 y los ‘90.

2 Llama la atención en la obra de Toni Negri y otros teóricos presuntamente “renovadores” de la obra de Marx, la ausencia de todo diálogo con Trotsky. No puede explicarse esto meramente por el hecho que en la tradición de la izquierda italiana Trotsky haya sido negado a partir de la enorme hegemonía intelectual del Partido Comunista Italiano, otrora el más grande partido comunista de occidente. A pesar de su declarado anti-stalinismo, nunca el “operaísmo” incorporó a Trotsky dentro de su sistema conceptual. Sin embargo, Negri pasó más de una década en Francia, país donde el trotskismo tiene un importante peso político e intelectuales de relevancia se reivindican de tal tradición, sin que el pensamiento de Trotsky haya influenciado su obra. Lo cierto es que Trotsky es, para todo pensador que como él se reclama “antidialéctico”, una presencia muy incómoda.

3 Al respecto de las posiciones de Trotsky y los trotskistas frente al conflicto iniciado en 1939 puede consultarse la muy completa compilación de escritos Guerra y revolución. Una visión alternativa de la Segunda Guerra Mundial, editados recientemente por el CEIP León Trotsky de Argentina.

4 León Trotsky, El marxismo y nuestra época, 26 de febrero de 1939, en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, Ediciones CEIP “León Trotsky”, Buenos Aires, 1999, págs. 182 y 183. Trotsky sigue aquí un razonamiento similar al de Lenin cuando en El imperialismo, fase superior del capitalismo, discute contra las tesis de Kautsky del “ultraimperialismo”. Según Lenin, era cierto que las tendencias de la economía capitalista empujaban hacia un “único trust mundial”. Pero, a su vez, esta tendencia se contraponía con otras que hacían imposible la materialización de esta perspectiva.

5 Op. cit. Y continuaba el razonamiento:“Desde la cumbre de una prosperidad sin precedentes, la economía de Estados Unidos fue lanzada al abismo de una postración monstruosa. Nadie podía haber concebido en la época de Marx convulsiones de tal magnitud. La renta nacional de Estados Unidos se había elevado por primera vez en 1920 a 69 mil millones de dólares para caer al año siguiente a 50 mil millones de dólares (un descenso del 27%). Como consecuencia de la prosperidad de los años siguientes, la renta nacional se elevó de nuevo, en 1929, a su punto máximo de 81 mil millones de dólares, para descender en 1932 a 40 mil millones de dólares, es decir, ¡a menos de la mitad! Durante los nueve años de 1930 a 1938 se perdieron aproximadamente 43 millones de años de trabajo humano y 133 mil millones de dólares de la renta nacional, teniendo en cuenta el trabajo y la renta de 1929. Si todo esto no es anarquía, ¿cuál puede ser el significado de esta palabra?”.

6 León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, Sarpe, Madrid, 1985, pág. 33.

7 León Trotsky, La revolución permanente, en La teoría de la revolución permanente (Comp.), CEIP, Buenos Aires, 2000, pág. 402.

8 Zigmunt Bauman, La sociedad sitiada, Fondo de Cultura Económica de Argentina, Buenos Aires, 2004, pág. 92.

9 Op. cit., pág. 31.

10 Antonio Negri, Guías. Cinco lecciones en torno a Imperio, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2004, pag. 13.

11 En este libro Negri recoge una tipología original de su compañero de ideas Michael Hardt para construir una tipología de los posicionamientos teóricos acerca del par “globalización/democracia”:“En dicho esquema, y para ordenar las diversificadas posiciones surgidas al respecto, se elige una clasificación cuádruple: una primer división entre quienes defienden que la globalización refuerza y desarrolla la democracia y quienes, por el contrario, sotienen que la bloquea o inhibe. Esta primera división es, por así decirlo, multiplicada por dos: ambas concepciones, optimista y pesimista, pueden considerarse desde la ‘derecha’ o desde la ‘izquierda’”. Surgen así cuatro puntos de vista:

1) La posición socialdemócrata clásica, cuya formulación más clara sería la formulada por Paul Hirst y Grahame Thompson. Ella sostiene que “la globalización es un mito si excluye al Estado-nación; la globalización adquiere poder únicamente a partir del desarrollo del Estado-nación (…) una política democrática sólo puede llevarse a cabo en el ámbito del Estado-nación. Esta posición comprende otra, asimismo de origen socialdemócrata, que sostiene: el declive de la soberanía nacional debilita o elimina las protecciones que habían sido construídas con anterioridad en el Estado-nación en beneficio de la sociedad contra las pretensiones capitalistas… He aquí pues, la tesis que podría denominarse ‘globalización contra democracia’ vista desde la izquierda”.

2) La posición del cosmopolitismo liberal, en particular las tesis desarrolladas por Richard Falk, David Held y Ulrich Beck. Ellos sostienen que “la democracia es compatible con la globalización. La globalización permite la extensión de los derechos humanos a todos los países, y el mestizaje cultural puede promover el entendimiento humano y la armonía no sólo de las transacciones, sino también de las costumbres. La aldea global se puede convertir en una sociedad civil global, atravesada por una gobernanza cosmopolita u organizaca en un Estado transnacional. Esta es una versión de la izquierda, liberal y humanista, de la tesis según la cual la globalización ayuda a la democracia. La sociedad global se concibe así en términos optimistas como un proceso que puede conducir a formas de gobierno mundial”.

3) La posición de la democracia capitalista. “La globalización del capital, sostiene, por ejemplo, Thomas Friedman, es de por sí la globalización de la democracia. Esta posición ha sido llevada al extremo, hasta posiciones caricaturescas, por Francis Fukuyama, quien ha afirmado que el american way of life, esto es, la hegemonía de EE.UU., constituía en sí mismo el triunfo de la democracia global, y con ello el fin de la historia”.

4) La posición del conservadurismo tradicionalista. “Finalmente, la posición pesimista de la relación globalización/democracia desde el punto de vista de la derecha. Son particularmente interesantes al respecto las argumentaciones de John Gray, que sostiene, en primer lugar, que la falta de control del Estado-nación conduce a la anaquía y a la inestabilidad globales, y, en segundo lugar, que la expansión global de american way of life no puede sino ofender las identidades nacionales y aplastar la autodeterminación de los pueblos, provocando con ello las consiguientes inestabilidades. Con esta posición pesimista … se combina la tesis agresiva de Samuel Huntington, que propone el ‘choque de civilizaciones’ como solución a la dificultad de expandir la democracia en la globalización -el análisis es prescriptivo y belicoso”.

Frente a estas posiciones, aun concediendo valor a cada una de ellas, Negri afirma la diferencia del enfoque sostenido en Imperio: “Cada una de las posiciones mencionadas toma el problema de la formación del orden global, por así decirlo, por la conclusión: se trata, bien al contrario, de atender al proceso de la globalización (y en su interior la relación con la democracia) visto desde la perspectiva de las dinámicas que lo producen. La variante metodológica de Imperio, respecto de las posiciones arriba descritas, consiste en considerar el proceso de globalización no tanto en su representación final cuanto en sus dinámicas. Dinámicas éstas esencialmente determinadas por los conflictos que se originan dentro del desarrollo capitalista”. Sin embargo, son justamente los errores metodológicos para comprender estas dinámicas lo que está en la base de las conclusiones más equivocadas de Imperio.

12 Ídem, pág. 19.

13 Ídem, pág. 176.

14 Es cierto que bajo el gobierno de Bush parece haber pasado el momento de esplendor que tuvo esta tesis durante los dos gobiernos de Clinton, cuando el interés imperialista estadounidense buscaba cubrirse con la legitimidad de las Naciones Unidas o la OTAN y el crecimiento de la economía norteamericana daba base a los desvaríos sobre la “nueva economía” y la capacidad del capitalismo para evitar las crisis y, aún, los ciclos económicos. Pero, en manera alguna, hay que dar estos argumentos por superados: bastaría que Kerry llegue a la presidencia y le imprima un tono más “multilateral” a la política exterior norteamericana, o que el débil crecimiento de la economía mundial se mantenga un par de años para que nuevamente posiciones por el estilo sean elevadas al sitial de verdades sacrosantas.

15 Véase sino la posición de Negri frente a los gobiernos de Lula y Kirchner y se advertirá cómo el teórico del “poder constituyente” termina a los pies de los representantes del “poder constituído”:“Mi juicio sobre la política del gobierno de Lula es absolutamente positivo. Es evidente que los problemas de Brasil – y más generalmente los de América Latina, son enormes, y que en algunos meses no se podrán resolver. Pero es también evidente que la única manera de resolverlos es buscar una solución al nivel global. En estos países, la revolución no es posible: No fue posible en la Unión Soviética, entonces en América latina… Sería completamente estúpido imaginar un futuro revolucionario para países como Brasil o Argentina. Yo estoy muy disgustado con ciertas capas de la izquierda local que no han comprendido en absoluto lo que procura hacer Lula, lo que procura hacer Kirchner. Tenemos la impresión de que perdieron toda facultad crítica. ¡Comprender la decisión del gobierno argentino de no pagar la deuda, he aquí lo qué es importante! Comprender que esto no habría sido posible sin el apoyo del gobierno brasileño. Comprender que para bloquear Cancún, es decir un proyecto imperial violento e injusto, había que obtener la alianza de la India y de China – y es a través de Lula que esto fue posible” (Entrevista publicada en la revista Le Passant Ordinaire N ° 48, abril/junio de 2004)

16 Ver la Introducción de Paula Bach a la compilación de trabajos de Trotsky con el título Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, CEIP, Buenos Aires, 1999. También el artículo de Christian Castillo La crisis y la curva de desarrollo capitalista, en Estrategia Internacional Nº 7.

17 Entre otros, los análisis preñados de economicismo catastrofista característicos del Partido Obrero de Argentina.

18 Decimos “relativo” porque la estabilidad y el fuerte crecimiento económico en los centros imperialistas se vio acompañada por una inédita actividad revolucionaria en el mundo colonial y semicolonial (que fueron bajo Yalta los verdaderos “eslabones débiles” de la revolución mundial) y por el hecho que, tras la revolución china y la expropiación de la burguesía en los países del “glacis”, un tercio del mapa mundial quedó vedado a la explotación directa del capital.

19 Los datos están tomados de: Samanta Paladino y Marco Vivarelli, The employment intensity of economic growth in the G-7 countries, en International Labour Review 136:2, 1997.

20 David Harvey, Los nuevos rostros del imperialismo, entrevista publicada en Revista Herramienta nº 26, julio de 2004.

21 Daniel Bensaïd, Le sourire du Spectre. Nouvel esprit du communisme, Éditions Michalon, París, 2000 (traducción propia).

22 Paolo Virno ha debido reconocer recientemente: “Si identificamos la nueva figura de la soberanía mundial con los años de Clinton, llamándola ‘Imperio’, nos arriesgamos a enmudecer cuando entra en escena Bush. Pienso que sólo ahora, con la guerra de Irak, comienza el verdadero ‘después-del-Muro’, es decir, la verdadera, larga redefinición de las formas políticas. Sólo ahora comienza una ‘fase constituyente’. Terrible, ciertamente, pero con vías abiertas, aunque sólo sea porque en ella actúa el movimiento de movimientos”, en Página 12, 18-07-04.

23 Con las obvias diferencias del caso, ¿no será históricamente el papel jugado por los “anticapitalistas” de nuestros días similar al de los populistas rusos, que después del período de reacción mundial que siguió a la derrota de la Comuna de París, allanaron el camino para la maduración del movimiento obrero revolucionario que protagonizó las revoluciones de 1905 y 1917? ¿No será su presencia el anticipo de la vuelta a escena del único sujeto que puede darle una perspectiva por la positiva, la socialización general de los medios de producción y la planificación democrática de la economía a nivel mundial, a lo que hasta hoy ha sido “resistencia anticapitalista”?

24 Paolo Virno, Página 12, 18-07-04.

25 En Brasil, estas ideas son planteadas por Francisco de Oliveira, fundador del PT y primer intelectual de reconocimiento nacional que rompió públicamente con este partido después de la llegada de Lula al gobierno federal. Actualmente se encuentra en el PSOL, partido fundado recientemente por los parlamentarios que fueron expulsados del PT en 2003 por votar contra la reforma de las jubilaciones de Lula. En julio de 2003, en un artículo titulado “Ornitorrinco”, expresión con la cual caracteriza a Brasil, F. de Oliveira afirma: “Dominada por la Tercera Revolución Industrial, o molecular-digital, en combinación con el movimiento de mundialización del capital, la productividad del trabajo da un salto en dirección a la plenitud del trabajo abstracto (…) Aquí, se funden la plusvalía absoluta y relativa: en la forma absoluta, el trabajo informal no produce más que una reposición constante, por producto, de lo que sería el salario; y el capital usa al trabajador solamente cuando lo necesita; en la forma relativa, es el avance de la productividad del trabajo en los sectores hard de la acumulación molecular digital que permite la utilización del trabajo informal. (…) Aterrizando en la periferia, el efecto de este espantoso aumento de la productividad del trabajo, de este trabajo abstracto virtual, no puede ser menos que devastador. (…) Entroncado con la llamada reestructuración productiva, se asiste a lo que Castel llama ‘desafiliación’, es decir, la deconstrucción de la relación salarial, que se da en todos los niveles y sectores. Tercerización, precarización, flexibilización, desempleo (…): grupos de jóvenes en los cruces de calle vendiendo cualquier cosa, entregando propaganda de departamentos nuevos, lavando vidrios de coches, vendedores ambulantes por todos los lugares (…) Sorprendámonos teóricamente: se trata del trabajo abstracto virtual. (…) Las fuerzas del trabajo yo no tienen ‘fuerza’ social, erosionada por la reestructuración productiva y por el trabajo abstracto-virtual, ni ‘fuerza’ política, ya que difícilmente tales cambios en la base técnico material de la producción dejarían de repercutir en la formación de clase”.

26 Ver Juan Chingo y Julio Sorel, ¿Crisis del trabajo o crisis del capitalismo? en Estrategia Internacional Nº 10, y Christian Castillo, ¿Comunismo sin transición?, en Estrategia Internacional Nº 17.

27 Una buena crítica de estas tesis puede encontrarse en Michel Husson, ¿Hemos entrado al capitalismo cognitivo?, publicada en español en la Revista Lucha de Clases Nº 2/3, abril de 2004.

28 Esto puede observarse, por ejemplo, en los análisis que plantea Ulrich Beck, quien realiza la falacia de identificar crecimiento de la precarización del empleo con “extinción del trabajo asalariado”. En su texto “Políticas alternativas a la sociedad del trabajo” reconoce que “cuando uno observa cuáles son las formas de trabajo que surgen en aquellos ámbitos donde más avanzados están la tecnología de la información y el trabajo intelectual, en mi opinión, el rasgo más importante consiste en que en todo el mundo, el mayor índice de crecimiento del empleo aslariado consiste en ocupaciones en condiciones precarias, en trabajo flexibilizado. Asistimos a un proceso en el que el trabajo normado es reemplazado por trabajo sin normar (…) tanto en términos contractuales como espaciales y temporales, el trabajo no normado sustituye al trabajo normado (…) el significado de este desarrollo…es profundamente ambivalente. No sólo concierne a los trabajos poco calificados, sino también a los empleos de alta calificación (…) Quiero resumir mi diagnóstico: el trabajo pierde importancia y es fragmentado; el conocimiento y el capital cobran mayor importancia”. Pero sus “respuestas” no van más allá de una serie de lugares comunes, incluso cuando intercambia con total liviandad el presupuesto de que el trabajo asalariado “se precariza” con el de que el trabajo asalariado “desaparece”. “Ampliar la educación”; “transformar la falta de trabajo asalariado en una nueva oportunidad liberadora” ; “transformar la carencia de trabajo asalariado en bienestar que se mida en tiempo y en una mayor soberanía para el individuo (a partir de) desvincular el ingreso básico y las seguridades básicas al estatus de ciudadano y ya no al del trabajador”; “derecho al trabajo discontinuo”; “participación del trabajo en las ganancias del capital”; o el “modelo” con que Beck se “identifica particularmente”: “la promoción del tercer sector de la sociedad civil”, no es más que otra variante de lo propuesto por Jeremy Rifkin en El fin del trabajo. Veamos en qué consiste esta última maravilla: “La propuesta consiste en desarrollar centros autoorganizados en los que las personas hagan lo que realmente quieran hacer; se ponen a su disposición los recursos básicos necesarios provistos por los municipios y las provincias, pero también por auspicios corporativos. A nivel municipal se discuten cuáles son las verdaderas prioridades a resolver con el trabajo ciudadano; entre las actividades también pueden incluirse temas políticos”. Es decir: la “imaginación” de uno de los sociólogos estrella del momento no va más allá de pensar “salidas” que son meros sustentos “progresistas” para la transferencia de funciones estatales a la “sociedad civil”, es decir, un apoyo encubierto a la política neoliberal de “reducción de los déficits estatales”.

29 Datos tomados de Labour Force Statistics 1982-2002 (OCDE 2003), citados por Mauricio Rojas, Mitos del Milenio. El fin del trabajo y los nuevos profetas del Apocalipsis, Timbro, Buenos Aires, marzo 2004. Aunque el texto es un panegírico del neoliberalismo lleno de interpretaciones falaces, brinda datos importantes para desmentir ciertas afirmaciones a la moda.

30 Los otros países considerados en la muestra son: Holanda, Irlanda, España, Portugal, Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Dinamarca, Australia, Japón, Francia e Italia, agrupados en orden decreciente según los pocentajes de la variación porcentual de la relación entre empleo y población comparando los años 1980/82 y 2000/02.

31 Los otros doce países son: China, Chile, Corea del Sur, México, Venezuela, Indonesia, Brasil, Tailandia, Taiwan, Egipto, Malasia y Filipinas, ordenados según el mismo criterio empleado en la nota anterior.

32 Chris Harman, The workers of the world, en International Socialism Nº 96, 2002. Del total de empleados asalariados que existen a nivel mundial están descontados los sectores de la burguesía que reciben salarios corporativos y los sectores de la “nueva clase media” que obtiene pagos superiores al valor que crea a cambio de ayudar a controlar a la masa de trabajadores, sectores que en conjunto suman alrededor de un 10% del total de asalariados. El trabajo de Harman toma como fuente el estudio de Deon Filmer “Estimating the World at Work”, informe para el Banco Mundial, Informe del Desarrollo Mundial 1995. El trabajo está disponible en el sitio web del Banco Mundial, http://monarch.worldbank.org/pub/decweb/WorkingPapers/WPS1400series/wps1488

33 Nótese lo similar de la problemática planteada en este texto por Trotsky con las reflexiones más habitualmente citadas de Gramsci sobre las diferencias entre las condiciones estratégicas de la revolución proletaria en el atrasado “Oriente” ruso y el más avanzado “Occidente”. Sobre la relación entre ambos autores puede verse Emilio Albamonte y Manolo Romano, Trotsky y Gramsci: convergencias y divergencias, y Revolución permanente y guerra de posiciones: la teoría de la revolución en Trotsky y Gramsci, en Estrategia Internacional Nº 19, enero de 2003.

34 En otros trabajos hemos señalado que a pesar de haberse situado a la izquierda de los grandes aparatos reformistas, las corrientes trotskistas no supieron resistir una situación a contracorriente y la IV Internacional terminó dispersándose en una serie de tendencias centristas, que mantuvieron sólo débiles y episódicos hilos de continuidad con la herencia dejada por Trotsky.

35 Ver artículo en esta misma revista.

36 Gianni Vattimo, Charles Taylor, Richard Rorty, Diálogo sobre la globalización.

37 Ya decía Trotsky acerca del New Deal, al antecesor de las políticas del welfare, en el citado texto El marxismo y nuestra época: “La política del New Deal, que trata de salvar a la democracia imperialista por medio de regalos a la aristocracia obrera y campesina sólo es accesible en su gran amplitud a las naciones verdaderamente ricas, y en tal sentido es una política norteamericana por excelencia (…) Pero ni siquiera esa nación puede seguir viviendo indefinidamente a expensas de las generaciones anteriores. La política del New Deal, con sus resultados ficticios y su aumento real de la deuda nacional, tiene que culminar necesariamente en una feroz reacción capitalista y en una explosión devastadora del imperialismo”.

38 Richard Rorty, Forjar nuestro país. El pensamiento de izquierdas en los Estados Unidos del siglo XX, Editorial Paidós Ibérica, Barcelona, 1999, págs. 89 y 90.

39 Helio Jaguaribe, Argentina y Brasil ante la tercera ola globalizadora, diario Clarín,

40 Ídem.

41 Ídem.

42 Helio Jaguaribe, Argentina y Brasil ante sus alternativas históricas, en Aldo Ferrer y Helio Jaguaribe, Argentina y Brasil en la globalización. ¿Mercosur o ALCA?, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2001, págs. 97 y 98.

43 Jaguaribe, que se esmera en buscar buenos argumentos económicos para justificar la conveniencia de la integración regional en el Mercosur frente al ingreso al ALCA, omite decir que desde la vigencia de aquél la dominación imperialista sobre la región aumentó y no disminuyó. Concebido esencialmente como un mercado de escala para atraer las inversiones multinacionales, el Mercosur cumplió con creces ese papel durante la primer mitad de los noventa, cuando atrajo gran parte de las “inversiones extranjeras directas” que fueron hacia la periferia capitalista -los famosos “mercados emergentes”- hasta que la crisis del tequila inició una serie de crisis que las economías de la región han sufrido en forma heterogénea. Después del pico de divergencias entre Brasil y Argentina, cuando la devaluación brasileña en enero del ’99 iba en el sentido opuesto a la mantención de la convertibilidad por parte de Argentina, el Mercosur pareció cobrar nueva fuerza después de la devaluación del peso. Sin embargo, esto no ha significado hasta el momento ningún cambio de cualidad en el intercambio económico entre ambos países, aunque sí una intervención más coordinada de los gobiernos de Kirchner y Lula en el terreno de la política internacional, incluido los foros de comercio mundial. Esto no significa, sin embargo, que esa mayor coordinación sea necesariamente más autónoma de los intereses estadounidenses, como lo expresa la vergonzosa participación de tropas brasileñas y argentinas en la ocupación de Haití, aliviando el esfuerzo militar norteamericano y legitimando el verdadero golpe de Estado implementado desde el Pentágono contra Aristide. Más bien es una forma de lograr un lugar como socio menor dentro del orden estadounidense en América Latina, un socio que abunda en actos y gestos para mostrarse “responsable”. A tal punto que el mismo Jaguaribe (que brega en Brasil por una alianza socialdemócrata entre el PT de Lula y el PSDB de Cardoso, del que fue fundador) se lamenta hoy por la “ortodoxia” fondomonetarista que muestra el gobierno del otrora sindicalista metalúrgico del ABC.

44 Luiz Carlos Bresser Pereira, Os três momentos de Hélio Jaguaribe, en Alberto Venâncio Filho, Israel Klabin e Vicente Barreto, orgs. Estudos em Homenagem a Hélio Jaguaribe, São Paulo, Editora Paz e Terra, 2000.

45 Recordemos si no que en 2001, en el texto antes citado, señalaba que pese a la crisis que vivía Argentina poseía una serie de ventajas, entre las que se incluían llegar “al final del siglo XX como la mejor educada sociedad latinoamericana, con un alto nivel de civilidad, magnífica dotación de recursos naturales y humanos, disponiendo, con Buenos Aires, de la mejor ciudad de la región, y teniendo una importante capacitación en industrias livianas y finas …, un buen sistema interno de comunicaciones y de transporte y, con Fernando de la Rúa, un gobierno serio y profundamente responsable” (Op. Cit., pág. 91).

46 En La industria nacionalizada y la administración obrera, Trotsky escribía analizando el gobierno de Cárdenas: “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política (del gobierno mexicano, N. del R.) se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y de las compañías petroleras. Estas medidas se encuadran enteramente en los marcos del capitalismo de estado. Sin embargo, en un país semicolonial, el capitalismo de estado se halla bajo la gran presión del capital privado extranjero y de sus gobiernos, y no puede mantenerse sin el apoyo activo de los trabajadores. Eso es lo que explica por qué, sin dejar que el poder real escape de sus manos, (el gobierno mexicano) trata de darles a las organizaciones obreras una considerable parte de responsabilidad en la marcha de la producción de las ramas nacionalizadas de la industria” en León Trotsky, Escritos Latinoamericanos, CEIP “León Trotsky” ediciones, Buenos Aires, 2º edición, 2000.

47 León Trotsky, El futuro de América Latina, mayo 1940, en Escritos Latinoamericanos, CEIP “León Trotsky Ediciones, Buenos Aires, 2000, pág. 168.

48 Un ejemplo serían en el plano argentino los promotores del “Plan Fénix”.

49 Liborio Justo, Argentina y Brasil en la integración continental, Buenos Aires, 1983.

50 Beck considera que el “riesgo” -que ha ido transformándose en un concepto “fetiche” desde su utilización original a mediados de los ’80, a mano para responder frente a fenómenos muy dispares- es un componente de lo que llama la “segunda modernidad”, la cual surge a partir de “una serie de procesos que pueden ser entendidos como una radicalización de la modernización”. Resumidamente se caracteriza porque “nos las tenemos que ver con la globalización, la individualización, la merma del trabajo asalariado y las crisis ecológicas al mismo tiempo y no sabemos cómo enfrentar todos estos desafíos” (Ulrich Beck, Políticas alternativas a la sociedad del trabajo, en Presente y futuro del Estado de Bienestar: el debate europeo, Miño y Dávila Editores y SIEMPRO, Buenos Aires, 2001, pág. 14 y 15). En el plano de la individualización, implica que en la sociedad de riesgo los individuos eligen libremente, pero esto lejos de ser satisfactorio resulta incluso más frustrante: hay que tomar decisiones constantemente acerca de materias que afectan de modo fundamental las vidas de todo el mundo, pero sin contar con una base adecuada de conocimiento. Es la frustración que deviene de tratar de dar “salidas biográficas a contradicciones sistémicas”.

Lo que Beck denomina “segunda Ilustración” se opone a la meta de la “primera”. Si para esta última el objetivo era crear una sociedad en la cual las decisiones fundamentales perdieran su carácter irracional y se basaran por completo en una comprensión racional del estado de cosas existente, la “segunda Ilustración” impone a cada sujeto de la sociedad la carga de tomar decisiones cruciales, que podrían afectar aún nuestra supervivencia, en el marco de una inevitable incertidumbre acerca de los resultados que podrán obtenerse; incertidumbre radical cuyo ocultamiento sería la función principal de los equipos gubernamentales de “expertos”. Zizek resume bien esta situación paradójica: “lejos de que la experimentemos como liberadora, esta compulsión a decidir libremente es para nosotros un juego obsceno que provoca angustia, una especie de inversión irónica de la predestinación: soy considerado responsable por decisiones que me veo obligado a tomar sin un conocimiento adecuado de la situación. La libertad de decisión de la que disfruta en la sociedad de riesgo no es la libertad de alguien que puede escoger libremente su destino, sino la libertad angustiante de alguien constantemente obligado a tomar decisiones sin conocer las consecuencias” ( Slavoj Zizek, El espinoso sujeto, Paidós, Buenos Aires, 2001, página 359). Zizek va en un sentido correcto cuando señala que si uno analiza las tesis de Beck atentamente puede concluir que estas están formuladas bajo el modelo del uso incontrolado de la ciencia y de la técnica bajo las condiciones del capitalismo: “El caso paradigmático del ‘riesgo’… es el de la nueva invención científico-tecnológica aplicada por una empresa privada sin que medie el debate y el control público y democrático adecuado, suscitando de tal modo el espectro de consecuencias imprevistas y catastróficas en el largo plazo. No obstante, ¿no arraiga este tipo de riesgo en el hecho de que la lógica del mercado y el lucro está impulsando a las empresas de propiedad privada a seguir su camino y utilizar las innovaciones científicas y tecnológicas (o simplemente aumentar su producción) sin tomar realmente en cuenta los efectos en el largo plazo sobre el ambiente, y también sobre la salud de la humanidad? (…) la conclusión que hay que extraer, ¿no es que en la actual situación global, en la cual las empresas privadas no alcanzadas por el control político público están tomando decisiones que pueden afectarnos a todos, incluso al punto de amenazar nuestra superviviencia, la única solución consiste en una especie de socialización directa del proceso productivo? ¿No es la única solución avanzar hacia una sociedad en la cual las decisiones globales sobre las orientaciones fundamentales acerca del desarrollo y el empleo de la capacidad productiva estén de algún modo en las manos de todo el colectivo de las personas afectadas por esas decisiones?” Al no señalar nada de esto los teóricos de la sociedad de riesgo no hacen otra cosa que abstenerse “de cuestionar los principios básicos de la lógica anómica de las relaciones de mercado y el capitalismo global”. Sin embargo, a la hora de pensar cómo llegar hacia una “socialización directa del proceso productivo”, Zizek (un intelectual caracterizado por el eclecticismo teórico y fuertes oscilaciones políticas) no dice, como era de esperar en quien acepta muchos de los prespuestos de los teóricos posmodernos sobre la pérdida de peso estructural del proletariado, más que balbuceos.

51 Si bien Toni Negri opina que las posiciones de Beck pueden ser emblocadas con aquéllas que desde un “cosmopolitismo liberal” simplemente ven que la “globalización beneficia la democracia”, creemos que más bien sus tesis combinan aspectos de los dos tipos antes considerados. Como los “globalizadores”, opina que han sucedido cambios trascendentales que han dejado atrás la “modernidad clásica”. Pero es forzar las cosas señalar que su visión de la “segunda modernidad” es simplemente celebratoria. Es más bien ambigua, ora “optimista” por las posibilidades que abre, ora “pesimista” por los peligros que acarrea. Y además Beck no cree que puede prescindirse de los estados y la política sino que se coloca entre los que alientan la formación de “estados posnacionales”, con la Unión Europea como modelo a desarrollar.

52 León Trotsky, El nacionalismo y la economía, en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, op. cit., pág. 138.

53 Esta imposibilidad de la UE de actuar como un bloque imperialista unificado es un factor que lentifica en parte la decadencia estadounidense en la escena internacional, permitiéndole más margen de maniobra, si lo comparamos con la situación de las décadas del ’20 y el ’30 del siglo pasado, cuando los Estados Unidos en ascenso desafiaban a una Europa estancada.

54 León Trotsky, La revolución permanente, op. cit., pág. 418.

55 León Trotsky, El marxismo y nuestra época, op. cit., págs. 196 y 197.

56 Ídem.

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